“LA PUERTA DEL CIELO” UNA PELICULA A RECUPERAR

En el Hollywood de los años 70, se había afianzado un sistema de producción en el que primaban los autores por encima de los productores. Era la época en la que realizadores como Coppola con “Apocalipsis Now”, Hal Ashby con “Shampoo” o Robert Altman con “Nashville” y “Popeye”, se excedían en los presupuestos sin importarles la relación coste-beneficio. “No molesten con facturas, el director está creando” era la frase que flotaba en el aire de la Meca del Cine antes de los 80.
No es casualidad que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca en el 81 para que todo cambiara.
Las productoras necesitaban recobrar el control de las películas quitándoselo a los directores-estrella que les estaban llevando a la ruina, bueno tampoco a la ruina, pero no producían los beneficios que el capital quería obtener y de paso tocaban temas comprometidos que al capital no le gustaba.

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Los padres de United Artists: Fairbanks, Pickford, Chaplin y Griffith

Una de las principales productoras era United Artists. Su origen se encontraba en la época anterior al sonoro, había sido fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W.Griffith con la intención de plantar cara a los grandes estudios de Hollywood. El camino de esta productora, un camino de éxito ya que era una de las principales desde la Edad de Oro del cine, se truncó violentamente con la película que comentamos aquí: “La puerta del cielo” de Michael Cimino. Se trata de una película que resultó ser muy cara, aunque nada comparado con las de años posteriores, no obstante el fracaso fue de tal magnitud que llevó a la ruina a la United Artists. Todo se confabuló en contra de ella, su coste, la baja recaudación, las críticas demoledoras a pesar de que se trata de un film excelente.

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Cimino era un director joven que había dado en el clavo con una película del año 78: “El cazador” con éxito de crítica y con grandes recaudaciones.
“La puerta del cielo” por el contrario naufragó, por las circunstancias comentadas pero probablemente también porque su fracaso le iba de perlas a la industria del cine, en general, e incluso a la sociedad norteamericana. Durante los años 60 y gran parte de los 70, el cine, aupado por las revoluciones culturales hippies le dio la manija a un grupo de directores que apostaban por el Arte en mayúscula, cuando el arte y la taquilla iban de la mano. Fue quizás la última época en la que el cine era arte. A partir de “La puerta del cielo” y su naufragio, los productores tuvieron las manos libres para la infantilización cinematográfica que todavía nos inunda.

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El director Michael Cimino y el protagonista masculino Kris Kristoferson

“La puerta del cielo” muestra la cara sucia del sueño americano tomando como argumento principal la plasmación en la pantalla de un oscuro episodio histórico de exterminio de emigrantes por parte de los grupos aposentados con el consentimiento de las instituciones. Se trataba de un argumento arriesgado que Hollywood no hubiera demonizado sólo un par de años antes, pero los ochenta ya había llegado y como hemos dicho, Reagan a punto de aparecer y con él un cambio considerable en la sociedad.

La película tenía todos los ingredientes para ser lo que es en realidad, una magnífica película que nació en un momento equivocado. La realización es exuberante pero excelente igual que las interpretaciones, la música, la fotografía, la decoración. Planos llenos de figurantes, lentas y largas secuencias construidas sobre música y bailes, cine en estado puro que se convierte en fracaso por razones que no son cinematográficas.

“La puerta del cielo” fue la última y mejor gran película desmitificadora de un estilo de cine que ya no existe. Es importante recuperarla. Si no la habéis visto no os la perdáis.

Estas dos secuencias musicales, sin palabras, están filmadas espléndidamente y dan una idea de la calidad lírica de las imágenes de Cimino.

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HÔTEL DE LA GARE

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Para Julio Mateo, los jueves siempre habían sido especiales. En jueves nació, en jueves se casó, y el día que su mujer le dejó por un pediatra también era jueves. En verano, todos los días, después de comer, tenía la costumbre de dormir una ligera siesta. Aquel jueves de finales de septiembre, pocos minutos después de quedarse dormido, el ruido impertinente del timbre de la calle le despertó. Se levantó maldiciendo y, a través del visor, la sonrisa del cartero le saludó desde el otro lado de la puerta. Llevaba un paquete para él.
Julio Mateo buscó en el exterior del envoltorio un remitente que no encontró. Por el franqueo, dedujo que estaba expedido desde algún lugar de Francia que no pudo identificar. El paquete era del tamaño de un disco compacto. Todavía somnoliento, lo abrió con unas pequeñas tijeras. No había carta ni nota alguna, sólo una cinta de Super 8 protegida por una funda de plástico de color anaranjado. Sentado en su sillón, un tanto perplejo, trató de ver al trasluz el contenido de la película. No lo consiguió, los fotogramas eran demasiado pequeños para su vista. Con gesto de fastidio, dejó la cinta sobre la mesita de centro y se arrellanó, sin poder conciliar de nuevo el sueño. La cinta misteriosa le mantuvo atento y lo suficientemente preocupado como para no pensar en nada más. Al poco, se levantó decidido a visionar la enigmática película.
Sacó del fondo del armario el antiguo proyector, colocó el carrete en el rotor y lo conectó. No se molestó en sacar de su escondite la pantalla, la pared del salón era blanca y serviría para la ocasión.
Había algo en la película que le fascinó de inmediato. No tenía sonido y durante los cinco minutos que duró su proyección sólo pudo ver a un hombre, de espaldas a la cámara, caminando por las calles desiertas de una ciudad que le era desconocida. El caminante, vestido con un chaquetón azul oscuro de los llamados de marinero, le era vagamente familiar. Andaba lentamente, sin enseñar el rostro nunca, y por mucho que Julio Mateo intentaba descubrir algo que le permitiera identificar el lugar o el tiempo en que se había hecho la filmación, no lo consiguió. Sólo al final de la proyección se podía ver un rótulo en grandes letras azules, en la parte superior de la fachada de un edificio, al cual parecía dirigirse directamente el caminante. En él se leía con claridad “Hôtel de la Gare”. El imponente edificio, con aspecto de balneario de estilo art nouveau, tenía forma angular con fachada en dos avenidas. En la parte frontal, en cada uno de los pisos, destacaba un balcón ornamentado, ventanas y balcones rectangulares llenaban las dos fachadas y en el tejado negro, buhardillas con persianas en el frontal. Tres escalones salvaban el desnivel desde la calle, hasta llegar a una puerta giratoria de cristal esmerilado y marco oscuro que constituía la entrada principal. Cuando el desconocido llegó al tercer y último de los escalones, la cinta se terminó con un chasquido. Unos segundos antes, se había vuelto mirando fijamente al objetivo que le filmaba. Sus ojos, en primer plano, fueron lo último que se vio de la película. La pared se puso intensamente blanca. La proyección había terminado y Julio Mateo quedó literalmente aplastado en el fondo de su sillón. Aquellos ojos eran los suyos.

A la semana siguiente, primer jueves de octubre, Julio Mateo regresaba a su casa lentamente, disfrutando de las primeras sombras de la noche. Al llegar a la altura de la catedral reparó en las luces mortecinas del Mercado de Anticuarios y, tras un momento de duda, cruzó la calle para internarse por entre los tenderetes. Había poco público y en los altavoces sonaba la voz en sordina de Georges Brassens cantando Les copains d’abord. A pesar de los avisos que prohibían tocar los objetos, cogió alguno, siempre con respeto, para mirarlo más de cerca. Un libro de comunión nacarado, que le trajo a la memoria un domingo de primavera en la iglesia de los maristas, o una fina boquilla de marfil, que llevó su imaginación a una boquita pintada de un carmín muy intenso. Sus ojos vagaban por encima de los objetos expuestos cuando se quedaron inmóviles sobre uno de ellos y ya no vieron nada más. Apoyada en un candelabro de siete brazos, una fotografía enmarcada en escayola dorada le mostraba un edificio que él conocía muy bien. Las grandes letras azules con las palabras “Hôtel de la Gare” y la oscura puerta giratoria eran inconfundibles. Brassens había terminado de cantar su canción y sonaba la voz peculiar de Aznavour. Compró el cuadro sin discutir el precio. Sin mirar nada más se fue a su casa.

Aquella noche tomó la decisión de hacer un corto viaje a Lyon. Al desmontar el marco había podido leer, al pie de la ampliación, que correspondía a una fotografía tomada en 1935 en el “Hôtel de la Gare” de ésa ciudad. Estaba casi seguro de no haber estado jamás en Lyon, pero recordaba un viaje, diez años atrás por el sur de Francia con Cristina, una buena amiga de la época en que ambos eran estudiantes en la Facultad de Derecho. La llamó para confirmarlo y Cristina, cuya memoria era excelente, le explicó el itinerario exacto. Estuvieron en Avignon e hicieron una escapada a Nice y Marseille, pero a Lyon no, a Lyon no llegaron.
El miércoles siguiente, a las nueve en punto de la mañana, Julio Mateo subía al talgo de París en la estación de Sants. Pasaban diez minutos de las cinco de la tarde cuando bajó del tren en el andén de Lyon Perrache. Julio se encaminó al Hôtel Berlioz, a cuatrocientos metros de la estación. Allí tenía reservada una habitación hasta el sábado. Iba solo. Había intentado convencer a Cristina de que lo acompañara, pero ella no podía. Una enfermedad de su madre la obligaba a permanecer en Barcelona.
Al día siguiente, jueves, Julio se dirigió a la Oficina de Turismo con la intención de averiguar algo acerca del Hôtel de la Gare. Una chica muy amable, en castellano, le informó de que, en la actualidad, no había, en Lyon ni en los alrededores, ningún hotel llamado así. Julio le pidió la dirección de la Biblioteca Municipal y se dirigió hacia allí. Estaba seguro de obtener la información necesaria acerca del desaparecido hotel. Efectivamente, pudo averiguar que el Hôtel de la Gare había sido un lujoso establecimiento inaugurado a principios de siglo. Estaba situado en la calle principal del centro histórico de la ciudad, el cours Charlemagne, muy cerca del lugar donde el Saône y el Rhone mezclan sus aguas. Julio se dirigió hacia aquel lugar con la impresión de estar llegando al final del camino. Lo reconoció de inmediato. La escalera con los tres peldaños, la puerta giratoria, la fachada pintada exactamente del mismo color con el que aparecía en la película, blanco y beige. Aparentemente, la única diferencia estaba en el gran letrero que coronaba la entrada. En lugar de “Hôtel de la Gare”, en las grandes letras azules se podía leer “Hôpital Gériatrique du Rhone”. Subió la escalera con lentitud y miró hacia atrás, justo antes de desaparecer en el torbellino de la puerta giratoria.

Albert

 

AQUÍ SE DAN…

A veces pasear por Barcelona  sube la moral.

No tanto por lo que hay ni por  lo que ves, sino por las posibilidades infinitas de poder conseguir cualquier cosa.

Y es que ayer encontré algo que me encantó de entrada, pero luego pensé: no sé si quiero. No, no de cualquiera. Pero, en el fondo,  quizás esté bien así porque sí, así sin más. ¿Por qué no arriesgarme?  ¿Y si me gusta?

No entré, no me atreví, pero me han quedado ganas de probar. Sí, lo he decidido, hoy vuelvo.

Ya os lo explicaré.

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EL PRIMERO

Lo puedo tocar. Lo miro. Lo huelo.

No pesa mucho. Es suave. Negro, brillante.

Tiene el dibujo de un ojo en el centro.

Sigo sus contornos angulados con el dedo.

 

Es tan nuevo… Es un recién nacido que empieza a respirar.

Lo sostengo en una mano. Lo acuno en mi pecho. Lo beso.

Le hago una foto para cerciorarme de que no es una ilusión.

No. Es su primera vez y la mía también.

 

¡Qué extraña magia hace que los pensamientos se transformen en símbolos blancos y negros!

Que con sólo veintiocho de ellos puedan formarse palabras, ideas, historias y cuentos.

 

Desde que tú eres tú sé que ya no te tengo.

Desde que te di nombre y apellidos sólo espero que alguien se entregue a ti, que disfrute contigo tanto como yo lo hice cuando te escribí.

                                                                                       

EL OJO DE LA SERPIENTE

 

 

Sábado 23 de Abril en Barcelona.

Plaza Villa de Madrid esquina calle Canuda de 16 a 18 horas.

Taula de ACEC (Associació Col.legial d’ Escriptors de Catalunya)

SHERLOCK HOLMES: INVESTIGADOR DEL SIGLO XX

En 1887, la editorial británica Ward, Lock & Co. publicó en su revista Beeton’s Christmas Annual, una historia de misterio escrita por un autor escocés desconocido: Arthur Conan Doyle. La historia se llamaba “Un estudio en escarlata” y en ella aparecía un personaje que, con el tiempo, sería universal: Sherlock Holmes.
Un año más tarde, la misma editorial, la publicó en formato de novela cobrando el autor 25 libras esterlinas por todos los derechos.

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Arthur Conan Doyle era médico de carrera y aficionado a la escritura. Hasta la aparición de “Un estudio en escarlata” apenas tenía obra publicada. Como consecuencia del éxito popular de su personaje, decidió continuarlo escribiendo tres novelas más y cincuenta y seis narraciones cortas teniendo como protagonistas a Holmes y el Doctor Watson.

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Arthur Conan Doyle

 

 

Holmes es el arquetipo de investigador que utiliza preferentemente su inteligencia y su capacidad de observación y deducción para solucionar los complicados casos que se le presentan. Influyó decisivamente en la ficción detectivesca desarrollada a lo largo del siglo XX.

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Ilustración de la primera edición

 

 

 

 

 

 

 

 

El escritor creó a su personaje con unas características determinadas que le hicieron popular, muy querido por los lectores: excéntrico, misógino, excelente actor y también boxeador, toca un Stradivarius con maestría, experto químico y ligeramente cocainómano (cuando se aburre). El compañero de Holmes, el Dr. Watson, médico militar, es su contrapunto: racional, lógico y enamoradizo. Se da la circunstancia que Doyle le da el papel de cronista de la mayoría de las historias holmesianas, con la excepción de cuatro. Vemos a Holmes a través de Watson, es su punto de vista el que nos llega por lo que se trata de un personaje mediatizado por otro.

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Basil Rathbone, uno de los Holmes más populares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conan Doyle no solo escribió las aventuras de Holmes, su obra es extensa incluyendo temas de ciencia ficción, novela histórica, poesía y teatro. En relación con su personaje estrella se da la circunstancia de que, en pleno éxito, se encontró agobiado por el personaje y decidió acabar con él, en el relato “El problema final” describe su muerte a manos de su archienemigo, el doctor Moriarty. Fue tal la presión que tuvo que sufrir por parte de los adictos que, después de diez años de aguantar súplicas y amenazas, lo hizo reaparecer en el relato “La casa vacía”.

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Sherlock Holmes protagonista de un cómic

 

 

Sherlock Holmes nació en una revista de finales del siglo XIX pero se trata de un personaje completamente del siglo XX. Son incontables las versiones sobre él, en todos los medios audiovisuales: Cómics, Seriales de Radio y Televisión y por descontado películas. Es un personaje sumamente cinematográfico y, al igual que otros arquetipos literarios comentados en este blog, como Tarzán o Drácula tiene cuerda todavía.

La anguila de Montale

Habla Joseph Brodsky en “La marca del agua” del olor a algas heladas de su infancia a orillas del Báltico, el mismo hogar de la sinuosa sirena del poema de Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981). Y yo busco a la sirena y me encuentro con esta anguila.

La anguila, la sirena
de los mares fríos que deja el Báltico
para alcanzar nuestros mares,
nuestros estuarios, los ríos
que remonta profundamente, bajo corriente adversa,
de ramal en ramal
y luego de cabello en cabello,
siempre más adentro, siempre más hacia el corazón
de la piedra, filtrando
en acequias de fango, hasta que un día
una luz arrojada desde los castaños
enciende su serpenteo en charcos de agua muerta,
en las zanjas que bajan
de los saltos de los Apeninos a la Romaña;
la anguila, antorcha, fusta,
flecha de amor en la tierra
que solo nuestros barrancos o disecados
arroyitos pirenaicos reconducen
a paraísos de fecundación;
el alma verde que busca
vida donde solo
muerde la aridez y la desolación,
la centella que dice
todo comienza cuando todo parece
carbonizarse, rama seca sepultada;
el iris breve, gemelo
del que engastan tus pestañas
y haces brillar intacto en medio de los hijos
del hombre, inmersos en tu fango, ¿puedes tú
no creerla, hermana?

Y yo digo: la creo, Eugenio, la creo.

Ana

Yo habito con frenesí la luna

Leo acerca del silencio en este “Fin de Poema” de Juan Tallón. Dice que conviene tener cuidado, que el silencio es un vicio. “Si por cualquier motivo se acumula demasiado, acaba apoderándose de uno y ya nunca más es posible interrumpirlo”. Y se asoman Pavese y Piznarik y Anne Sexton y Ferrater, todos ellos suicidas, todo esto, en este “Fin de Poema”, en este día, que fue vivo y fue exultante. Habrá que dejar la lectura para otoño.

Ana

El realismo mágico (se escribe con ese de Lusía)

Cuando yo tenía dies años, si me hubieran contado que había un duende, yo nunca lo hubiera creído, en cambio lo he visto. Lucía habla despacio mientras todavía mastica un nosequé de la comida. Papá y yo la escuchamos, sentados a la sobremesa. Éramos cuatro niños: mis dos primos, un amigo de ellos y yo. Cuatro, cuatro niños. Estábamos pastando un cabrito… ¿Cómo se llamaban?, interrumpo yo. Mi primo se llamaba Lorgio, se llamaba Victor, y el otro no me acuerdo qué se llamaba el amigo. Yo: la Lusía, dice con orgullo. Pasa que estábamos jugando. Había una casa (titubea, mastica) sin tejado, abandonada; era una casa derruida y estábamos jugando a las escondidas. Pasa que, entre nosotros, los jugadores, el que tenía que encontrar al escondido… Lucía corta el relato y exclama indignada: ¡nos echaban tierra! Y yo desía: oyes, ¿me has echado tierra tú? Y el otro desía: no, no he sido yo, pero a mí también me han echado. Y a los cuatro nos han echado tierra, pero nos hemos culpado a nosotros y, sin embargo, el duende ya estaba jugando con nosotros pero no nos dábamos cuenta. Cuando estuvimos más a la acampada, a este lado, más en una planisie más grande, de este lado había un horno para haser ladrillo, pero estaba también derruido. Entonses, de la puerta de ese horno de haser ladrillo, nos ha llamado un niño, así, de nuestro mismo tamaño. Llevaba la ropa blanca, hecha girones y con un sombrero. Solamente se le veía de aquí,  muestra Lucía, de las sejas pabajo, pero tenía color en la cara y labios rojos tenía. Era un niño pequeñito, así como nosotros, y sabía nuestros nombres. A mí me muestra una muñeca, de cabellos amarillos, y a mis primos y al otro niño les ha mostrado unos camionsitos, juguetes pa que nosotros vayamos. Pero, cuando quieres ir, te dan ganas de ir hasia allí porque con un imán te atrae, pero algo te sujeta, ¡RAS!, y no puedes moverte. Entonses yo pienso que el ángel de la guarda que tenemos nos sujeta, porque sabe que estamos en peligro. Entonses, mi otro primo, el mayor, dise: ese no es niño, ese es un diablo. Porque se ha dado cuenta, porque llevaba el sombrero así grande. Entonses, el otro, el pequeño, mi primo, le dise: ¡has crus! O sea, la señal de la crus, aclara Lucía. Y el otro no entendía (levanta la voz) ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, desía, y serraba los ojos el muy tonto (se ríe). Yo estoy mirando y desía también: ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, cuando el niño a empesado a creser, se ha hecho claro. No estábamos lejos, estaba como a veinte pasos de nosotros, veintisinco, treinta pasos (aumenta) de nosotros, ¿qué le pasa a ese niño? Entonses ha empesado a haserse delgado, angosto el cuerpo, y se ha hecho así, grande, y nosotros seguíamos viéndolo y el otro seguía adelgasando y adelgasando hasta formarse como un hilo y desapareser en el aire. En ese momento hemos gritado, un grito como “cuhéte” (así pronuncia Lucía la palabra cohete), y, ¿sabe qué hemos hecho? (mi padre escucha a Lucía con atención) Entre los cuatro, como estábamos pastando un cabrito, los cuatro hemos cogido la soga del cabrito (explica al borde de la risa) y hemos sacado el hierro que está ahí clavado, todo eso hemos sacado, y hemos corrido hasta la casa, con el cabrito. Y el cabrito, hemos visto que tenía sangrando las rodillas. ¡Es que al cabrito no le hemos dejado que corra!, exclama Lucía saltándole las lágrimas, porque le hemos arrastrado. Yo también río, Lucía continúa: Yo me he metido dentro de la cama, el amigo de mis primos, bajo la cama, mi otro primo, bajo, no, dentro la cama, corrige, y el otro tras la puerta. Llo-ran-do. Gritábamos de tal manera… Mi madre viene, y primero, antes de preguntar, me hase: ¡sas!, ¡sas!, ¡sas!, me pega en la cara. ¿Qué te han hecho?, ¿qué te han hecho? Ella pensó que me había hecho daño alguna persona, como soy niña, podían haberme hecho alguna cosa mala. Lo primero, me pega, y sin preguntar. El niño, extrañado, sale de debajo la cama y le dise a mi mamá: señora, no le pegues a tu hija, que hemos visto un diablo. Entonses, de ahí mis primos salen y le cuentan a mi mamá y mi mamá dise que no puede ser, diablo no hay. Ese día se ha pasado así, desde que me hayan pegado, dice bien rabiosa Lucía, llega mi papá del trabajo a comer, al mediodía, a la casa de mi abuela y yo le cuento a mi papá. Y mi papá le hiso mala cara a mi mamá porque me había pegado. Si le habían hecho alguna cosa, ¿por qué la has pegado?, no entiendo como a tu hija todavía la pegas, mi papá se enojó con mi mamá. Bueno, al día siguiente, con mi papá hemos ido. Era sábado al día siguiente. El día viernes, mi papá tenía que volver a su trabajo, así que mi papá se fue (justifica así Lucía que su padre no investigase el mismo día de los acontecimientos). Pero al día siguiente hemos ido a ver el sitio, donde estábamos jugando con los niños. Donde estábamos parados nosotros estaban nuestras huellas de los sapatos, porque días antes había llovido y el barro estaba húmedo y habíamos dejado nuestras marcas, y mi papá dise: ¿dónde fue, dónde han visto al niño? ¡Allí!, dice con convencimiento Lucía, eso es, con énfasis en el acentito de la “i”. Y hemos ido. La huella de un niño no hemos visto, y la huella, en ves de ser de un niño, era una huella, una pisada, pero de un pollo, de un pollo grandote. Era así, como una estrella, así (papá tose, calladito hasta ahora) como pisa la gallina, así de igualita era. ¿Y por qué, si era un niño?, ¿y por qué estaba la huella de un pie de pollo? Y mi papá resién nos dijo que sí, es verdad, han visto duende, no han visto diablo. Era el duende. Y cuando mi papá se sersioró qué había más pisadas allí donde estaba el poso derruido, en las cuatro esquinas, había habido agua, más o menos de esta altura, señala Lucía. Papá se remueve en su silla, incrédulo. A los cuatro nos metía de cabesa y nos ahogaba, nos mataba, el duende (¡uuuuummmhhh!, digo yo). Y nosostros hubiéramos aparesido allí como duende, también, porque el duende mata pa que le ayuden a seguir hasiendo la maldad. O para tener compañía, bromeo yo. Y papá, tímidamente, emite un suspirillo de risa como un yaseacabó. Eso me pasó, Don Joaquín, finiquita Lucía. Y yo digo: salgamos, que está bonita la tarde. Y salimos. Y nos vamos a la presentación del libro de un buen amigo. Pero esa ya es otra historia. De bombardeo y poca gente. De otro realismo.

Ana (y Lucía)

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Don Joaquín y Lucía

EN RECUERDO DE MIGUEL HERNANDEZ

“La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.”
Así empiezan las famosas “Nanas de la cebolla”, el poema que Miguel Hernández Gilabert compuso para su esposa y su hijo desde la cárcel de Alicante donde moriría de tuberculosis con sólo 31 años.
Miguel Hernández considerado por Dámaso Alonso como el epígono de la Generación del 27 (aunque no era la suya desde el punto de vista histórico) fue el Poeta del Pueblo.
Autodidacta, leía los clásicos mientras cuidaba las cabras del rebaño familiar: Góngora en primer lugar, pero también Lope de Vega, Calderón o Garcilaso eran sus maestros e inspiradores.
Creador de un conjunto de poemas impresionante en poco tiempo y en una época extremadamente convulsa, su obra pervive en los libros publicados en plena Guerra Civil: “Cancionero y Romancero de ausencias”, “Viento del Pueblo” o “El rayo que no cesa” entre otras.

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Uno de sus poemarios

(Fragmento de ¿Recuerdas aquel cuello…?, 1935)

“Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.
Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.”

Los temas amorosos y los de talante surrealista dieron paso a temas mucho más comprometidos con el pueblo que sufría la contienda en aquellos años. Miguel era la voz de los desheredados no limitándose a coger un lápiz y un papel sino también el fusil.

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Miguel en el frente

 

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Miguel con su esposa Josefina Manresa

(Canción última , 1938)

“Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.”

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En Orihuela se conserva la casa donde vivió con su familia y es un lugar de peregrinación poética. En ella se conservan recuerdos y fotografías familiares. Es una casa típica de Orihuela, de una sola planta con un pequeño huerto en la parte trasera. En ella creció Miguel y es especialmente emotiva la higuera que todavía existe y en la que él se apoyaba y escribía sus primeros poemas.

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La higuera

 

Serrat versionó en 1972 uno de los más estremecedores poemas de Miguel: “El niño yuntero, 1937”

 

XAVIER GOSE: ILUSTRADOR ENTRE EL “ART NOUVEAU” Y EL “ART DÉCO”

Pasar un rato en la exposición que el Museo d’Art Nacional de Catalunya ha organizado en torno a la obra de Xavier Gosé es como sumergirse en el ambiente mundano de principios de siglo, en los años anteriores a la Gran Guerra. Es como deambular entre la gente guapa que poblaba las ciudades cosmopolitas europeas en aquellos años. Artistas, modelos, alta costura, Gosé nos lleva de la mano y nos enseña como era la vida en los círculos de poder poco antes de quedar truncada por la violencia de las armas.

Xavier Gosé volvió de París para morir en su país. Él, como otros de su entorno, pensaba que el conflicto que se avecinaba no sería ni muy largo ni muy duro. La historia ha demostrado que se equivocaba, pero él no lo pudo constatar. Falleció en Lleida en 1915, en casa de su madre, tenía solo 39 años y nos dejó, con lo que salía de sus manos y de su corazón, un legado magnifico de esta época mítica: fin de siécle. Durante los primeros años del siglo XX, en Europa se vivía como en el siglo anterior y con una explosión artística muy importante. Gosé lo vivió de primera mano y lo plasmó en su obra. Después ya nada sería igual aunque él no lo pudo ver.

Esta es una pequeña muestra de su obra.

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Icult Exposicion de la obra de Xavier Gose en el MNAC      LE MANTEAU BLEU

 

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