VACACIONES EN BUENA COMPAÑIA

Llegó el verano, el tiempo libre, las vacaciones y la posibilidad de renovados encuentros con esas amistades que siempre esperan nuestra llegada en algún rincón de esta tierra. Hablo de la oportunidad de compartir un tiempo con ellas, de dilatarlo junto a una jarra de cerveza, o perdidos en la agobiante muchedumbre que llena la playa o ¿Porqué no? bajo la tranquilidad de una sombreada arboleda en el parque de una ciudad huida de habitantes. En cualquier caso, sea donde sea, una buena ocasión para, desprendidos de obligaciones, repartir con aquellos, que siempre esperan nuestra llegada, unas horas a las que el azaroso ritmo de nuestras ocupaciones durante el resto del año y el estorbo de las horas laborables estrechan de manera alarmante. Me refiero a una cita pausada, dilatada y sin urgencia, con Cortázar, Borges, García Márquez, Faulkner, Dostoievski, Carpentier, Saramago, Lobo Antunes, a la oportunidad inigualable de descubrir nuevos autores, escritores de moda o bien de abultada carrera pero apenas frecuentados, como Blasco Ibáñez y sus “Cuatro jinetes del Apocalipsis”. Hablo de ese lado íntimo y personal de cada uno de nosotros preñado de sombras y luces al que siempre acompaña la ocasión de iniciar una nueva aventura, un viaje del que nunca se regresa siendo ya el mismo. Hablo de los libros.    

Enrique

Siete relatos, siete palabras i Guillermo

De nuevo en este mismo lugar. Con la silenciosa agilidad de un leopardo, el péndulo endemoniado regresa una y otra vez. Subido a él paso por el punto en que ya estuve. Así, repito la ceremonia que, ahora, por no resignarme, trato de imaginar diferente. La revisto de payaso, de ángel, de cactus, de pajarera o de espiga de trigo dorado, la engalano de confeti, con un arte de prestidigitador  inagotable, confiando en que ese movimiento letal que ascendió, se convierta en único e irrepetible. Eso, o dejarme caer. Y en esa esperanza sigo, mientras el muelle, implacable, lo hace oscilar con una rapidez cada vez menor a medida que la tensión del fleje se agota. Solo que hoy algo ha cambiado. En mi caminar por Lanzarote, en el recuerdo de Guillermo, piso la lava sólida que atravesamos años atrás. El viento fuerte me empuja a sujetarme, como nos obligaba entonces. Y por un instante se, que esta lava ya nos es la misma lava, ni yo soy ya el que fui. Y que nada se repite.

Enrique

Concursos y el ego

Lector enfurecido

Con mayor o menor cadencia, llevo presentándome a concursos literarios desde hace años. Con exactitud, desde el verano del noventa y cinco. Y el último el mes pasado, El folio en blanco, de los hermanos Posadas, Carmen y Gervasio. A excepción de una vez que gané en el concurso de mi pueblo y otra que quedé finalista en otro  que organizaba mi querida escuela de Narrativa (vayan ustedes a saber de quién fue el mérito) me he especializado en la corriente perdedora del sistema. Y eso que me los curro. Da igual que sea libre o cuál sea el tema, como si me dijeran que debo encadenar siete palabras tan absurdas como leopardo, ascendió, jaula, trigo, ángel, pajarera y cactus. Yo me pongo y me lo tomo a conciencia, las ordeno alfabéticamente ángelascendiócactusjaulapajareratrigo, me disfrazo de leopardo y las devoro hasta que deglutidas, ese cuento (porque siempre me presento a concursos cuentistas, si uno va a perder, al menos que sea corto) salga vestido para ganar el concurso en cuestión. Mi orgullo herido, mi vanidad ultrajada, al menos, dejan a salvo mi ego, que sigue convencido de que el cuento, mi cuento, era de premio, y que los concursos no se ganan por la calidad, sino porque uno conoce al alcalde del pueblo, porque le cae bien al director de la escuela, o porque el vencedor o vencedora se acuesta con el presidente o presidenta (póngalo uno en el orden que quiera) del concurso en cuestión (no conjugo en pretérito porque entonces seguro que no se gana el concurso ni en sueños, aunque sí que lo podría conjugar en futuro deseo). Desde mi humilde experiencia, tan solo un consejo, uno solo, por favor, por favor, no leer el cuento ganador. Yo acabo de cometer por enésima vez ese error leyendo el cuento ganador  de mi último intento: ‘La monedad “C V”’ de una tal Begoña Bolaños (espero que el apellido sea cierto y no una plural gracia para esconderlo, aunque lo de la doble “B” y “Ñ” hiede que no veas).

Lo que es incuestionable es que yo, GUILLERMO, acabo de pecar de soberbia de nuevo.

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Siete relatos con seis palabras y Guillermo

Ana Pujols

Vendrán leopardos de dientes grises y no los verás

Llegarán blandiendo cactus como testículos hirientes

y por sus fauces vomitarán trigo y gritarán: ¿queréis pan?

 

Yo, que no profano mi poza en mi nido vacío

Que ahuyento las horas y mando callarle el grito al último ángel caído

Yo, que en mi boca dejada persigo el rastro de tu beso mordido

Vendran leopardos y tú no estarás, te habrás ido

 

(ascendió desde Barcelona el Prat y buen vueling, a mi no me pareció bonito)

 

No te preocupes si me viste temblar bajo el granizo

Que de esta pajarera mía echo el cerrojo y ahora mismo hallo cobijo

bajo aquella bouganvilla que recién te robo de prestado, ¿has visto?

No te preocupes, amor, son solo leopardos de dientes grises

Y a esos yo, a esos los veo venir yo de largo y los finiquito

 

Ahora cómprate ese dichoso billete y vuelve

 

Ana