‘A proposito de Majorana’ de Javier Argüello

A propositio de Majorana

Hoy, día de Sant Jordi, se impone un post literario. Y qué mejor que recomendar una lectura. En este caso, la última realizada.

“A propósito de Majorana” es un libro curioso. Por una parte, es una novela clásica, perfecta, con toques de novela negra, de viaje y hasta me atrevería a decir que de redención; por otra, es un tratado sobre física cuántica para principiantes. Y digo para principiantes porque es entendible, como lo es una conversación entre dos amigos sobre la cubierta de un velero, dentro de lo incomprensible que es el destino de la vida (o las vidas).

Javier Argüello, el autor, logra esta cuadratura casi imposible gracias a la figura de Ettore Majorana, un físico excepcional, avanzado a su tiempo, que desapareció misteriosamente frente a Nápoles el 28 de marzo de 1938. Ernesto Aguiar, un periodista argentino en tránsito a ninguna parte, pero afincado en Barcelona, recibe el encargo de su redactor jefe para que investigue aquella desaparición. Aguiar aprovecha esta circunstancia para huir de su vida, de su trabajo, y del vértigo que le supone la inminente boda con Ana. Para huir de sí mismo. Huye en un velero con el gringo Ross, un amigo de la infancia también sin rumbo que encuentra en el puerto de Barcelona. En el viaje hacia Nápoles, hacia el misterio Majorana, bajo las estrellas del Mediterráneo, Ernesto y el gringo buscan comprender el sentido de la existencia, de las existencias, de ese “déjà vu” que siempre nos intriga, como si viviésemos infinitas vidas. Y en Nápoles, un personaje más de esta historia, Ernesto conocerá a Valeria mientras intenta resolver los porqués del final de Majorana con la ayuda del comisario Espósito.

He disfrutado con cada una de las 335 páginas del libro. Y he tenido la sensación de que, en el fondo, también hablaba un poco de mí, de ti, de nuestro viaje para saber quiénes somos.

A propósito de Majorana se ha publicado en Literatura Random House, 2015

Y felicitar a por aquí a una de las blogueras de este “Lilylahijadelencargado”, que tuvo el acierto de nacer un 23 de abril. Felicidades, Ana!!!

IDA

IDA ha ganado el óscar a película extranjera de este año. Film a contracorriente y hermosísimo. A contracorriente porque es en blanco y negro, de planos fijos, de espacios vacíos, de encuadres naturales y bellos. Y pausada, contemplativa. Un tempo al que nuestra sociedad ya no está acostumbrada. Que nadie confunda esto con lentitud. Es una obra de arte para degustar en silencio, paladeando, saboreando cada segundo (no es larga, 88 minutos). Merece que nos abstraigamos de todo lo que nos rodea, que le demos espacio. La protagonista es una joven huérfana, solo ha conocido el convento donde está a punto de tomar los hábitos. Son los años sesenta y va a iniciar un viaje al descubrimiento de sus raíces. La mirada hipnótica, inocente y limpia de su protagonista es esencial (un personaje dentro del propio personaje), tanto como los paisajes del frío invierno.  El blanco y negro de los fotogramas realza cada pequeño detalle. La luz y la sombra comparten protagonismo, como la propia historia, oscura y luminosa a la vez. La música, austera, de un tocadiscos, un cántico religioso o una orquesta de verbenas, sin banda sonora, de Bach y Jazz (Coltrane, creo), también subraya ese deseo de atemporalidad, o mejor dicho, eternidad. Pero la historia que subyace, la que nos cuenta su director, Pawel Pawlikowski, polaco, es la de todas las cicatrices que han recorrido Europa en el siglo XX. Es una reflexión sobre el perdón, sobre la superación, sobre lo difícil que es que las heridas dejen de supurar, que bajo la costra desaparezca el pus y que cuando caiga no deje mella. Porque ese es el problema del ser humano, que posee una memoria enfermiza para el dolor propio y la afrenta heredada, tanto que es capaz de impregnar absurdamente a generaciones y generaciones.

Cosas que uno no hace para crear un personaje literario

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Ayer, 30 de diciembre, Gustavo Iglesias, en “Hoy Empieza Todo” de Radio 3, aprovechando las efemérides que se cumplirán en el 2015, nos regaló “Gloria” de Patti Smith, del 75 (mejor no hago cálculos). Y me pregunté lo que debía ser de Gera, Teo y Héctor entonces, los tres personajes masculinos de “Lucía y Venus” . Tendrían 15 o 16 años, ya se conocían (esto se apunta en la novela) y, seguramente, comenzaban a vivir con intensidad los aires de libertad que traía la muerte de Franco. Con toda probabilidad, en esos años, se moldeó una parte importante de su personalidad, y algo tuvo que ver toda la música que entró de golpe y el cine y la literatura y los cómics. Tres décadas largas de censura consumidas en tan solo tres años, los que fueron del 76 al 78. ¿Alguien se imagina abrir un cerebro tierno y batir con el túrmix todo aquello para luego cerrar y tirar la llave? “¡La pucha!”, como diría Mafalda. Un día, charlando con mi primo Fernando, que en esto de escribir me lleva larga larguísima ventaja, comentábamos cómo se crea un personaje, y él, que es organizado y estructurado, me decía que, entre otras estrategias,  escribe una biografía de lo sucedido a cada uno de ellos antes de que comience su historia literaria, la que se va a escribir. Es más, hasta les inventa un árbol genealógico para estructurar las influencias de padres, hermanos, hijos, parientes, amigos y conocidos, si fuera el caso. Yo no lo hago, pero sí que lo pienso, ¿por qué actúa así Teo?, por ejemplo. ¿Por haber descubierto “Gloria” en el 76 y haber rayado el disco de tanto escucharlo?, seguro que no. Pues ahí va que suena. Feliz 2015!!! Y perdonad que me haya puesto biográfico (perdón, nostálgico).

Obsolescencia

La Sanabresa

Hace poco, en viaje de trabajo, estuve comiendo en un restaurante de barrio y casero del que hice la foto que acompaña este texto, La Sanabresa. Está en la calle Amor de Dios de Madrid, cerca de Huertas. Todo, foto, nombre y calle, tiene un aire trasnochado. Lo mismo que pensaba yo, sentado con mi soledad, sobre algún aspecto de “Lucía y Venus” , el libro que voy a presentar en sociedad el 18 de diciembre después de tanto perseguirlo. La historia se mueve en un marco temporal casi actual, muy reciente, en los años precrisis, del 2003 al 2006, excepto un pequeño pasaje evocado por Lucía, el personaje principal, que transcurre en 1997, enmarcado por la presencia del cometa “Hale Bopp”. Entonces (adverbio de tiempo ‘pluscuampretérito’), entre las personas, se enviaban ‘sms’ (todavía no había llegado el “watsap”) y eso es lo que hace algún personaje de la historia para comunicarse. Y ahí, en La Sanabresa, sorbiendo una sopa de cocido sin peros que valgan, me preguntaba si  mi novela no estaría anticuada antes de publicarse (no sé por qué, pero me ha venido irremediablemente a la cabeza el título de una película de Andy García: “Cosas qué hacer en Denver cuando estás muerto”). ¿Estará muerta antes de nacer? ¿Cómo conseguir que una obra sea intemporal? Una de las escenas transcurre en un restaurante que antes estaba en El Born y ahora es un hotel de lujo con restaurante en la Avenida Tibidabo. El lector, si solo conoce el nuevo, ya no ubicará la acción en el lugar en que suceden los hechos novelados (reflexión espacio temporal a tener en cuenta). Todo lo que nos rodea es efímero, la rueda de la evolución cada vez engulle más rápidamente lo circunstancial: lugares, decorados, vestimentas, locuciones, instrumentos y aparatos nacen y mueren a la velocidad de la luz.

Creo que fue cuando el camarero del bigote sin par (hay que verlo para creerlo) me trajo el segundo, un filete de choto con patatas, que me hice la siguiente reflexión: Si uno escribe una novela histórica, cuanto más alejada esté en el tiempo, menos carga de obsolescencia sufre. ¿Quién va a caer en la cuenta si la túnica cruzada estaba de moda en tiempos de Julio Cesar o lo fue dos siglos más tarde cuando reinaba Adriano? Luego ¿Es mejor escribir sin referencias temporales reconocibles? Volviendo a La Sanabresa, la decoración está fuera de época, pero la sopa de cocido madrileño perdura.

¿Es la obsolescencia un sarampión que solo cura el tiempo? ¿Es un autor dueño de su obra una vez finalizada? Del vértigo a exponerse públicamente está claro que sí.

TRAGEDIA

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“La tragedia es una forma dramática cuyos personajes protagónicos se ven enfrentados de manera misteriosa, invencible e inevitable contra el destino o los dioses. Las tragedias acaban generalmente en la muerte o en la destrucción física, moral y económica del personaje principal”. Así define Wikipedia (la enciclopedia más a mano en vacaciones) el significado de tragedia.

Cada vez que leo esta definición, más claro veo que lo que voy a contar tiene todos los ingredientes de una tragedia griega, en este caso catalana. Si elimino la parte puramente literaria de la definición, ¿qué nos queda?: un personaje enfrentado de manera inevitable contra el destino que acaba en la destrucción moral.

En este verano lluvioso de lecturas, no ha habido ninguna historia más potente que esta que exprimen y retuercen diariamente los periódicos este agosto otoñal que nos ha tocado.

El personaje en cuestión, el protagonista principal de esta tragedia, tuvo una revelación de joven, subiendo una montaña: debería liderar la liberación de su pueblo oprimido (he aquí la parte mitológica, la intervención de los dioses que requiere toda tragedia). Para alcanzar la arcadia será capaz de los mayores sacrificios, la persecución, el encarcelamiento y el dolor, por eso es un héroe elegido, y la pérdida, incluso, de compañeros de viaje. Hasta que llegó su momento y comenzó a brillar como una estrella en el firmamento. Todo aquello que soñó estaba al alcance de sus manos. El esfuerzo se prometía hercúleo, pero estaba bien acompañado. Como en toda tragedia que se precie, a su lado tenía el sustento de una mujer y de unos mandamientos sólidos, los que los dioses le habían otorgado. Una mujer que también había tenido una revelación, ese hombre sería rey. Y lo fue. Pero esto que acabo de relatar solo es el primer acto.

El segundo, aunque pueda parecer tedioso, literariamente hablando, es donde se labra la tragedia. Donde confluyen todos los elementos para el desenlace final. Los triunfos, el ego, la devastación de los fieles que quizá cayeron en desgracia por indicar que el camino se torcía en algún lugar, que la solidez de los mandamientos se diluía. O la vanidad del que ya no quiere más sombra que la de su propio pedestal. Y de pronto, esas dos voces, la de su interior: y yo que he dado tanto, ¿no tengo derecho a parte de esa gloria material? Y la de ella, la de su mujer, la que ha sido su soporte, ¿por qué no creerla?: tu familia, tus hijos y yo, ¿qué tendremos cuando ya no estés? ¿No nos merecemos algo a cambio de habernos sacrificado todo por tu país? ¿Dónde estabas tú cada día, cada mañana, cada enfermedad, cada noche? El personaje trágico, ablandado por todas las comodidades de lo alcanzado, silenciadas las voces de los dioses entre tanto oropel, acepta. No sabemos si voluntariamente o inconscientemente, se enfunda la cinta de la justicia y decide volverse ciego al germen de la tragedia, a la traición de los seres más queridos.

El desenlace, el tercer acto, lo conocemos todos, trágico. Trágico para el personaje. Tan solo dos peros. Para que esta tragedia sea canónica, clásica, es preciso que la confesión sea voluntaria y que la inmolación, la renuncia a la gloria eterna en los libros de la Historia (con mayúscula), sea para salvar a los hijos, la mujer. La familia. Porque no hay patria más grande que esta. ¿Qué le queda al hombre cuando le han abandonado los dioses?

Concursos y el ego

Lector enfurecido

Con mayor o menor cadencia, llevo presentándome a concursos literarios desde hace años. Con exactitud, desde el verano del noventa y cinco. Y el último el mes pasado, El folio en blanco, de los hermanos Posadas, Carmen y Gervasio. A excepción de una vez que gané en el concurso de mi pueblo y otra que quedé finalista en otro  que organizaba mi querida escuela de Narrativa (vayan ustedes a saber de quién fue el mérito) me he especializado en la corriente perdedora del sistema. Y eso que me los curro. Da igual que sea libre o cuál sea el tema, como si me dijeran que debo encadenar siete palabras tan absurdas como leopardo, ascendió, jaula, trigo, ángel, pajarera y cactus. Yo me pongo y me lo tomo a conciencia, las ordeno alfabéticamente ángelascendiócactusjaulapajareratrigo, me disfrazo de leopardo y las devoro hasta que deglutidas, ese cuento (porque siempre me presento a concursos cuentistas, si uno va a perder, al menos que sea corto) salga vestido para ganar el concurso en cuestión. Mi orgullo herido, mi vanidad ultrajada, al menos, dejan a salvo mi ego, que sigue convencido de que el cuento, mi cuento, era de premio, y que los concursos no se ganan por la calidad, sino porque uno conoce al alcalde del pueblo, porque le cae bien al director de la escuela, o porque el vencedor o vencedora se acuesta con el presidente o presidenta (póngalo uno en el orden que quiera) del concurso en cuestión (no conjugo en pretérito porque entonces seguro que no se gana el concurso ni en sueños, aunque sí que lo podría conjugar en futuro deseo). Desde mi humilde experiencia, tan solo un consejo, uno solo, por favor, por favor, no leer el cuento ganador. Yo acabo de cometer por enésima vez ese error leyendo el cuento ganador  de mi último intento: ‘La monedad “C V”’ de una tal Begoña Bolaños (espero que el apellido sea cierto y no una plural gracia para esconderlo, aunque lo de la doble “B” y “Ñ” hiede que no veas).

Lo que es incuestionable es que yo, GUILLERMO, acabo de pecar de soberbia de nuevo.

Déjame entrar, Albert

solo-los-amantes

 

Con el permiso de, Albert, mi vecino más cinéfilo de este blog, vuelvo a entrar en esta bellísima y diferente película de vampiros. Only lovers left alive (Solo los amants sobreviven). Si alguien nos hace caso, por favor, en versión original.

No, no voy a hablar de la trama, ni de los personajes, ni de la noche, ni de la ambientación, ni de la música, ni de los espacios (esas dos ciudades contrapuestas y decadentes a la vez que son Detroit y Tanger, y esos universos que están muriendo), ni tan siquiera de la trama. Solo voy a hablar de los cabos sueltos.

El director y guionista (y este dato es importante resaltarlo), Jim Jarmush, otro ser de estética vampírica, juega con nosotros, los espectadores a dejar mil y un cabo suelto para que imaginemos, inventemos, juguemos a cómo atarlos. Un ejemplo es el diálogo entre Tom Hiddleston (Adam, el vampiro compositor) y Anton Yelchin (Ian, el proveedor de guitarras y bala de madera) a propósito del baño, que es más o menos así: ¿Puedo ir al baño? Le pide Ian a Adam. Sigue estropeado, dice Adam. Si quieres llamo a alguien para que te lo arregle, propone Ian sacando el móvil. ¡No! La voz de Adam suena como la que debe ser de un vampiro antes de morder. Ya la arreglaré yo. He estado ocupado y no he tenido tiempo. Adam cambia de nuevo a una voz amigable, humana (o como dicen los vampiros, de zombi). Si quieres, al salir puedes mear en el jardín, no me importa. Ian se va. Y nosotros, los espectadores, nos preguntamos, ¿qué hay en ese baño que nunca veremos?

Jim Jarmusch juega con nosotros y nosotros le dejamos que lo haga, porque esta es una historia de amantes que duermen de día y de mil historias más, como la que debió sucederles a Eve y Adam con Ava hace ya más de un siglo.

Albert, me pongo los guantes y salgo

Herencias

 

El fantasma de Canterville

Al perder a una hija, una madre, una esposa o un hijo, un padre, un esposo, además del dolor y el vacío, toca el saqueo. Se abren puertas que, a veces, no se sabía que hubiera. Aparecen dentro de una americana, en un cajón bajo la ropa interior, subrepticiamente, entre las páginas de un libro. Un archivo de ordenador, una tarjeta de memoria, un móvil esconde objetos, fotos, correos, recuerdos que no nos pertenecen pero que debemos desmantelar, descifrar, heredar y mantener o repudiar, destruir y maldecir. Aceptar o no aceptar. ¿Debemos suponer que si están ahí es porque quién se fue quería que lo encontráramos? Puede, o quizá no le dio tiempo a ordenar su adiós. Aun así, por algún motivo estaba esperando ser desenterrado. Voluntaria o involuntariamente, ese cuerpo ya ausente, como la tinta verde del fantasma de Canterville, todavía emite señales. Se resiste a abandonarnos definitivamente. ¿Y nosotros, los vivos? ¿Deseamos recoger ese testigo? ¿No es mejor quemar las cartas de nuestros padres sin leerlas? ¿Podremos?

Pero antes de hacerlo, piensa que cuando se mira a través del ojo de la cerradura de una puerta ajena nunca se ve el paisaje entero.

La liebre con ojos de ambar

Testamento vital

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Su vida se ha llenado de nombres comunes. Si yo saludo, hola, mamá, soy Gera. Ella contesta, hola, hijo. La niebla de la vejez borra lo propio. Nadie nos prepara para ello. El único aviso es esa terminación: ez, tan soez. Ya no se usa esbeltez para nombrar lo bello. Esta sociedad la esconde en residencias para la tercera edad (vaya eufemismo para lo innombrable). Solo vamos de visita y mirando al frente, no vaya a ser que nos descubramos, entre los rincones oscuros del futuro, en ese hombre arrastrando un andador con un camisón abierto por detrás que enseña un pañal impropio del que salen unas piernas casi muertas, solo un pellejo. Viejo (me gustaría escribir bien en catalán; “vell”, al menos, es un buen trampantojo) ¿Has visto qué sol hace hoy, mamá? Ay, sí, hijo.

Ya no recuerdo quién fue, no recuerdo en esos ojos perdidos a mi madre. Recorro el salón de mi infancia, escrutando las fotos, los cuadros para ver si la encuentro, pero ya no está, y estaba, lo juraría. Quizá la carcoma del olvido también me está destruyendo. Yo no quiero esto para mí, pero tampoco quiero ser Trintignant, ejercer violencia por amor, “Amour”. Haneke es implacable, y yo un sentimental. ¿Se puede elegir morir cuando ya no sabes ni su significado?  Desearía ser un elefante, intuir mi hora y dirigir mis pasos hacia un cementerio.

A veces sueño que descubren un coche tronado, abierto y abandonado en el aparcamiento todavía solitario del valle de Ordesa mientras amanece.