NO SABEN QUE HEMOS MUERTO

Hace poco cayó en mis manos una foto, en la que aparecía el tendido de sol de la plaza de toros del pueblo de mis abuelos. Era en blanco y negro y había sido tomada hacía más de cincuenta años. Entre la multitud, muchos conocidos. Allí estaba mi tía Ángel, su marido, el abuelo y unos vecinos que ya eran mayores cuando yo marché a la ciudad. Sentí nostalgia. Pensé que a ellos les pasaría lo mismo. Que segarían ahí, en el pueblo, Y que al acabar la corrida, se acercarían a tomar unas copas al bar de plaza, que hablarían del tiempo, de lo rápido que pasa , y también de los que nos fuimos, esperando vernos llegar algún día. Eso sí, algún día.

Enrique

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LA VIDA SECRETA DE WALTER MITTY – JAMES THURNER

En el camino sin dirección concreta, a la espera de encontrarse con lugares nunca antes pisados, uno anota referencias, observa señales, pistas que encuentra a su paso, hasta que da con ese lugar que reconoce, un refugio donde permanecer un tiempo, y quedarse allí a la espera de salir de nuevo, de volver a recorrer el camino que le permitirá descubrir un espacio nuevo donde descansar por otro corto periodo de tiempo.

Este lugar que os presento, es el de los cuentos de James Thurner, un lugar donde el alma se relaja, se abandona al humor, a la ironía, a la fantasía y al abandono de la” rígida y anodina cotidianeidad de lo que convenimos en llamar una vida normal”

Buen provecho

Enrique

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GENIAL – ATREVIDO – IMAGINATIVO – DELIRANTE

Los adjetivo del encabezado son para Ambrose Bierce, décimo de trece hermanos, nacido en un asentamiento puritano calvinista en el condado de Meigs, Ohio. Educado con severidad  y “jarabe de palo”, a los diecinueve participa en la Guerra Civil con el ejercito Federal, del que sale desencantado de los horrores, las carnicerías y la sinrazón de la guerra, que serán el fundamento de muchos de sus mejores relatos y en los que subyace la idea de que no hay nada heroico “en una empresa que elige a su victimas de manera caprichos y tiende a poner sobre un pedestal a los personajes menos indicados”. Perdida la fe en el género humano, define al hombre en su “Diccionario del Diablo” como: “Una especie animal tan sumida en la ensimismada contemplación de lo que piensa que es que, a menudo, se olvida de plantearse lo que evidentemente debería ser”, y a la humanidad como: “El primero y mas espantoso de todos los desastres”. Periodista, azote de políticos corruptos y dictadores, escritos de numerosos cuentos, en estos “CUENTOS NEGROS”  la irrealidad se lleva a su extremo mas genial y delirante, la estructura social se vuelve irreconocible y lo imposible aparece con una naturalidad imprevista. Para disfrutar de buena lectura y pasar un buen rato. Puede que no a todos agrade, pero a mi me ha encantado y deseo compartirlo con todos vosotros.

Enrique

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VACACIONES EN BUENA COMPAÑIA

Llegó el verano, el tiempo libre, las vacaciones y la posibilidad de renovados encuentros con esas amistades que siempre esperan nuestra llegada en algún rincón de esta tierra. Hablo de la oportunidad de compartir un tiempo con ellas, de dilatarlo junto a una jarra de cerveza, o perdidos en la agobiante muchedumbre que llena la playa o ¿Porqué no? bajo la tranquilidad de una sombreada arboleda en el parque de una ciudad huida de habitantes. En cualquier caso, sea donde sea, una buena ocasión para, desprendidos de obligaciones, repartir con aquellos, que siempre esperan nuestra llegada, unas horas a las que el azaroso ritmo de nuestras ocupaciones durante el resto del año y el estorbo de las horas laborables estrechan de manera alarmante. Me refiero a una cita pausada, dilatada y sin urgencia, con Cortázar, Borges, García Márquez, Faulkner, Dostoievski, Carpentier, Saramago, Lobo Antunes, a la oportunidad inigualable de descubrir nuevos autores, escritores de moda o bien de abultada carrera pero apenas frecuentados, como Blasco Ibáñez y sus “Cuatro jinetes del Apocalipsis”. Hablo de ese lado íntimo y personal de cada uno de nosotros preñado de sombras y luces al que siempre acompaña la ocasión de iniciar una nueva aventura, un viaje del que nunca se regresa siendo ya el mismo. Hablo de los libros.    

Enrique

PODA DE DESAYUNO

De nuevo es el escandaloso tubo de escape del autobús quien me despierta; observo como los empleados suben al vehículo de la empresa con signos de inevitable conformidad. Rápidamente echo una ojeada al reloj situado en lo alto de la torre de la iglesia y mi presentimiento se confirma: es ya muy tarde. Con precipitación recojo lo poco que tengo y corro tratando de llegar a tiempo. Cuando alcanzo la fila, el último de los que la formaban está a punto de marchar, con desaliento escucho el roce del cazo en el fondo de la perola al rebañarla. Es el segundo día que me sucede lo mismo, dos mañanas consecutivas sin desayunar. ¡Maldita sea!, el ayuntamiento ha iniciado la poda en la arboleda donde paso las noches y los pájaros cantores que me despertaban temprano se han mudado a otro lugar.     

Enrique  

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Siete relatos, siete palabras i Guillermo

De nuevo en este mismo lugar. Con la silenciosa agilidad de un leopardo, el péndulo endemoniado regresa una y otra vez. Subido a él paso por el punto en que ya estuve. Así, repito la ceremonia que, ahora, por no resignarme, trato de imaginar diferente. La revisto de payaso, de ángel, de cactus, de pajarera o de espiga de trigo dorado, la engalano de confeti, con un arte de prestidigitador  inagotable, confiando en que ese movimiento letal que ascendió, se convierta en único e irrepetible. Eso, o dejarme caer. Y en esa esperanza sigo, mientras el muelle, implacable, lo hace oscilar con una rapidez cada vez menor a medida que la tensión del fleje se agota. Solo que hoy algo ha cambiado. En mi caminar por Lanzarote, en el recuerdo de Guillermo, piso la lava sólida que atravesamos años atrás. El viento fuerte me empuja a sujetarme, como nos obligaba entonces. Y por un instante se, que esta lava ya nos es la misma lava, ni yo soy ya el que fui. Y que nada se repite.

Enrique

DUDA RAZONABLE

Las cosas no siempre son blancas o negras, están llenas de matices. Y son eso matices los que, en ocasiones, nos crean un sentimiento de incertidumbre, de no saber qué hacer. Este es mi caso. Os lo comentaré, quizás podáis orientarme.  

 

Los que conocen a Rosa, saben bien como es, activa, siempre de aquí para allá, vamos, que no para nunca. Claro que es así, un poco porque su trabajo se lo exige, está continuamente de reuniones, consultando la actualidad, tomando medidas para confeccionar los modelos que ha de presentar la próxima temporada en la pasarela, atendiendo los detalles caprichosos de esos divos y divas que más tarde lucirán sus diseños, “Que si no puedo con este color” “Que si has de bajar la temperatura” “Que si con este jaleo no puedo ni concentrarme”, en fin todo un mundo que no le deja tiempo ni para ella misma. Y luego los compromisos, casi cada semana ha de asistir a uno de esos programas de moda en los que la entrevistan.

Por cierto que hoy está en uno de ellos. Os cuento esto estirado en el suelo del dormitorio, en batín, tratando de sintonizar la emisora en cuyo programa sale hoy. Pero…. un momento… creo que ya lo tengo. Si aquí está, ahora lo escucho. “Están ustedes sintonizando el programa Espacio abierto”. Sé que este es el programa donde la entrevistan hoy, porque al salir ella de casa casi sin despedirse, como siempre, se lo he preguntado.

– ¡Hoy es el “97.4”!me ha gritado – “Espacio abierto”, sobre las cuatro, esta tarde. La sección “La Moda al día”. ¡Recuerda “97.4”¡!Tengo prisa. ¡Adiós!. Hasta la noche.  

Ahora oigo con claridad la voz de la locutora: “Con nosotros un grupo de empresarias dedicadas al diseño y la moda”. Como colofón final realizaremos un pase de modelos de cuya descripción se encargará Rosa Tulipa. ¡Mi mujer!

Su voz es limpia, directa y modulada, con una dulzura que me recuerda el primer día que la conocí. Sin embargo, algo me tiene preocupado últimamente.  

Ella siempre ha sido un poco especial. ¡Vamos! que tiene esas ideas tan fijas y tan propias que a veces, cuando se pone tan pesada con su punto de vista, me entran ganas de dar media vuelta y dejarla ahí plantada. Una de sus manías desde el inicio de nuestra relación fue la de que ésta la debíamos sellar con un pacto. Un pacto de sinceridad. Pero eso sí, una sinceridad a su manera. Sin matices.

– Enrique – me dijo ya desde el principio que nos pusimos a vivir juntos – Para mí la confianza es fundamental y esa confianza no es posible si no somos totalmente sinceros uno con otro.

– Claro, yo pienso igual, hemos de ser sinceros – le dije.

– Si alguna vez me dejas de querer, me lo has de decir inmediatamente. Imagínate que te enamoras de otra – me dijo – eso querrá decir que ya no me quieres. Entonces no esperes a decírmelo, no soporto un tiempo de mentiras, ni de engaños.

– Pero eso no siempre se sabe con certeza – le dije – A veces las cosas no son tan claras. No todo es blanco o negro.  

Claro que, siendo como es,  ella no cedió ni un milímetro. Así que sellamos nuestro pacto. Nos comprometimos a declararnos, desde el primer instante en que sucediera, ese momento en que dejásemos de querernos.  

Después, ocurrió lo de su prima Carmen. Se tuvo que venir a vivir con nosotros. Un día, cuando Carmen llevaba unas semanas en nuestra casa, Rosa, me sorprendió con una frase que me soltó así de golpe, mientras desayunábamos solos en la galería:

– Creo que mi prima Carmen, está enamorada- me dijo – se le nota.

– No se, no me he fijado. ¿No serán imaginaciones tuyas? – le contesté.

– ¡Eso se nota! Tu porque estas ciego, como todos los hombres. Pero eso las mujeres lo notamos.

Al cabo de unos días, Carmen, dijo que se iba. Había encontrado un apartamento nuevo que iría amueblando poco a poco y nos dejaba. Yo desde la frase de mi mujer sobre lo del enamoramiento de Carmen, miraba a esta con detenimiento, le dedicaba tiempo, trataba de descubrir si estaba enamorada y de quien, pero sin preguntárselo. Deseaba poder detectarlo por mi mismo y participar de esa especial cualidad de adivinar lo que a otros les sucede, sin que te lo digan, que parecía tener mi mujer y de la que yo, y al parecer todos los hombres, carecíamos. Por eso acompañaba a Carmen siempre que podía, le ayudaba en las compras y en los cambios que debía realizar en su apartamento nuevo, le sugería modificaciones en la decoración. Aprovechaba algunos momentos en los que Rosa aparecía en los programas de radio, pasaba por su nueva casa y estaba con ella hasta que el programa concluía. Y así he continuado, siempre tratando de descubrir si era capaz de adquirir esa cualidad de Rosa, la de adivinar las cosas. De hecho esa obsesión mía se ha convertido en una dependencia que no he podido abandonar. Tampoco Carmen, que desde el principio parecía encontrarse muy entusiasmada con mi compañía. Incluso parecía que siempre tuviera alguna cosa que hacer en su nuevo apartamento que justificara mi presencia. El caso es que, durante todo este tiempo, se ha ido creando entre nosotros una cierta complicidad, no lo niego.

Ahora acaba el programa. He de irme.

– ¡El programa de radio está llegando a su fin! – digo alzando la voz.  

Hasta mi llega el sonido del pequeño televisor desde el salón. También la voz de Carmen:  

– ¿Ya te vas cariño?

– ¡Si, es tarde!

Se acerca hasta la habitación y antes de salir a la calle, me da un beso. Lleva puesto únicamente un albornoz. Se suelta el cordón, le paso el brazo entre la tela y la piel, rodeándole cintura, y la acerco hacia mí.   

– Te llamaré – le digo, después de besarla.

Por el camino, mientras conduzco hacia casa, pienso en todo esto. Me pregunto si debería decirle algo a Rosa. Si estaré incumpliendo nuestra promesa. Y no lo sé. No lo se, porque aún siento que la quiero, que no he dejado de quererla, lo noto cuando escucho su voz por la radio, cuando regreso a casa y me encuentro con ella. La verdad es que estoy hecho un lío

Enrique .   

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Un ruiseñor se cuela en el Margarita Blue

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Fue así, como lo cuento. Debían ser alrededor de las doce, aunque no puedo precisar, pero sobre esa hora, porque Albert junto a mí no paraba de mirar el reloj para no perder el último metro. Habíamos acabado de cenar y Teresa había acercado unas copas de un delicioso licor. Íbamos por la tercera cuando el mago nos hizo el juego de la araña que se mueve. Al final del número, todos gritamos asustados. Luego me dijo que cerrara los ojos que iba a comenzar otro juego. Lo hice. Entonces recordé que por la mañana había estado viendo la película “Matar a un ruiseñor”. Me había impresionado la escena del resultado final del juicio, cuando el negro “Tom Robinson”, acusado injustamente de matar una mujer blanca en el condado “Monroeville”, en el profundo sur americano del estado de Alabama, es condenado a muerte. Y cómo, los vecinos de color que han acudido permanecen en silencio, esperando a que el abogado “Aticus Finch”, que interpreta “Gregory Peck”, abandone la sala, en señal de respeto a ese hombre justo.

Y de pronto supe cual era el verdadero motivo de que me encontrara cenando con mis amigos. En realidad, mi intención había sido la de entrar en la sala donde se celebraba el juicio de “Tom”, al otro lado de la calle.Me tenía preocupado ese juicio, tenía interés en saber cómo se desarrollaba, porque el estado de “Alabama” estaba levantado en gritos contra las proclamas  de “Lincoln” y lo que ellos llamaban su maldita igualdad de derechos. Pero no había sitio, así que, mientras esperaba el resultado, había entrado al Margarita a tomar unas copas. Daba vueltas a todo eso en mi cabeza, cuando de golpe se abrió la puerta y una veintena de granjeros comenzaron a entrar en el local, todos alababan al jurado y hablaban de la condena de “Tom”. En medio de ellos iba “John Tres Vías”, un hombre alto delgado como una caña, con un genio del demonio, uno de los alguaciles del juez “Thomson”. Al parecer había acabado el juicio y el tal “John” traía alguna novedad. Se acercó a la mesa donde estábamos nosotros. Todos le miramos sorprendidos. El resto de los que habían entrado y los clientes que estaban en el local, se acercaron y se agolparon alrededor nuestro.

– Cuando salí – comenzó a decir “John” – después de recoger los papeles del juicio. Me di cuenta de que todos los negros estaban aún allí ¡Que me lleven los demonios si no digo la verdad!

Yo sabía a qué se refería, hablaba de ese momento en el que se quedaron todos los de los pasillos de arriba, esperando que el abogado del negro “Tom” abandonara la sala.

–  ¿Y dices que no se habían ido? – preguntó “Adam”, un pelirrojo pecoso que se había subido a una silla para poder escuchar.

– Si así fue – dijo “John” – esos malditos estaban aún allí, como si no tuvieran bastante.

– Teníamos que haberlos sacado a patadas – afirmó “Adam” levantando los puños.

– Eso mismo pienso yo – dijeron otros.

– Vi cómo el abogado se dirigía a la salida – continuó “John” – miré a los bancos de abajo, que estaban vacíos, y después levanté la vista hacia los corredores de arriba y los vi. Ni uno de esos negros se había movido. Allí estaban todos, de pie, esperando, con sus caras desaliñadas, como bestias que quisieran dar compasión, con ese aire de sorpresa, como animales vencidos. Escupí en el suelo. ¡Maldita sea! No tenían perdón. No mostraban ni pizca de vergüenza en sus rostros, Parecía que trataran de ocultar su propia culpa, sin un ápice de arrepentimiento. Cualquier que no los conociera, que no supiera como son, hubiera estado tentado de darles la mano. Luego, cuando “Aticus” abandonaron la sala, fueron bajando en silencio.

– ¡Mientras quede uno solo de ellos, no estaremos seguros ninguno de nosotros! – gritó “Jonathan” un granjero malcarado.

– ¡Teníamos que haber esperado a esos malditos! Así hubieran aprendido – gritó otro del grupo.

Entonces el mago quitó la mano de mi cara. Carmen estaba diciendo algo sobre un OKI con ojos de nácar y se dispuso a darnos un obsequio. Me encontré en mi mano, un pez de cera sólida y suave. Teresa invitó a una ronda

– Venga, paga la casa – dijo.

Todos bebimos. Todos menos “John” que ya no estaba allí, ni el mago que se había acercado a otra mesa, ni lo vecinos de Alabama. Sólo nosotros, Carmen, Ana, Albert, Elena, Teresa y Yo.  Luego, Albert dijo que llegaba tarde al metro y todos nos fuimos. Al salir miré el edificio de enfrente. Todo estaba cerrado. Me fui feliz pensando que “Monroville” era de otra cosa, otra época que había quedado atrás. Y comencé a caminar, contento por tener esos amigos.

 

Enrique

NUNCA ESTAS SOLO

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Su cuerpo había tomado una forma tan encorvada que necesitaba apoyarse continuamente en un bastón. Hacía tiempo que la presión de sus débiles  huesos le obligaba a inclinarse mirando al suelo, en una postura que el definía como de reverencia a los años vividos. Pero eso no era lo más penoso, sabía que no era sino una consecuencia de la edad. Lo doloroso resultaban ser las primeras horas del día, al levantarse por las mañanas y ponerse en pie y darse cuenta de que ya no podía divisar el horizonte a través de los barrotes de su celda, su encorvado cuerpo le obligaba a prescindir del único motivo que le había ayudado a soportar los años de reclusión. Mirar por esa ventana había representado para él una esperanza; a través de ella podía divisar la ribera del rio cuyas aguas corrían presurosas hasta abrazarse con el mar, en cuyas playas tanto había jugado en su juventud; contemplaba los chopos que crecían altivos a su orilla, las bandadas de gorriones que se perseguían unos a otros, y la luz del sol que jugaba con las sombras de las hojas. Pero todo eso había ya desaparecido de su vista, y con su desaparición le invadía el desaliento y a la desesperación. Tanto era así, que había pensado en el suicidio. Ahora, con el deterioro de su cuerpo, todo se venía abajo. Ya no merecía la pena vivir.

Llamó a su abogado y le conminó a que retirase los recursos presentados. La vida había dejado de tener interés para él. Deseaba que todo acabase lo antes posible, y que la sentencia de ejecución que pesaba sobre él, se llevase a cabo cuanto antes.

Un día, mientras sus torpes dedos anudaban los cordones de los zapatos, descubrió la piel desgastada de estos y las trazas que los años habían dejado en la superficie del cuero. Pidió betún para limpiarlos. Esa mañana se entretuvo en el pulido, los repasó una y otra vez hasta que las marcas desaparecieron por completo. Desde entonces los observaba, lo hacía por la mañana nada más levantarse, cuando se calzaba, pero también durante el día, mientras caminaba. Aunque lo hubiera deseado, no le hubiera sido fácil hacerlos desaparecer de su vista obligado por esa forma que su cuerpo y sus huesos habían tomado. Junto a ellos, durante los paseos diarios, esos nuevos compañeros, parándose aquí, dilatando su estancia allá, o girando inesperadamente, le mostraban las hojas de los árboles que arrastradas por el viento se colaban en la penitenciaría y que, al contemplarlas, le transportaba a lugares imaginarios donde, tal vez, con su sombra, habrían arropado algún velador refugio de enamorados; descubría migas de pan amasadas por un nocturno panadero; se fijaba en las baldosas de elaboradas diferentes formas y dibujos, las juntas en las que refugiaban infinidad de diminutos objetos, descubría alfileres, hebras de variados colores, se fue acostumbrando a interesarse por esos objetos a los que antes no prestaba atención; encontraba monedas que acercaba al oído, imaginando que estas le contaban infinidad de historias de las que habían sido testigo, mientras pasaban de mano en mano; retazos de papel con notas apenas visibles, que se entretenía en descifrar; pequeños insectos; cicatrices de un mundo que como a él le sucedía, permanecía olvidado para la mayoría. Esos zapatos le guiaban a través de un nuevo paraíso. Y como antes le sucediera con el paisaje o con los pájaros, se sentía de nuevo seguro. Ya no echaba de menos su antigua postura. Gracias a esos zapatos recuperaba la curiosidad por lo que le rodeaba y el deseo de vivir.

Poco a poco comenzó a mirarlos de manera diferente, diría que comenzaba a verlos con cariño, como si se tratase de sus nuevos y fieles compañeros. Únicamente los perdía de vista por la noche, cuando se acostaba, pero aún así los dejaba a su lado, junto a la cama, como si alejarse de ellos representara su mayor soledad.

Una mañana, al despertar, el carcelero le entrego un sobre en el que le confirmaban el cercano e inapelable cumplimiento de su sentencia de muerte. Se entristeció. Puso los pies en el suelo, y su mirada se encontró con sus silenciosos compañeros. No le dolía la muerte, le dolía la separación, la despedida, el tener que abandonar a sus amigos; un dolor más fuerte que todo lo demás. Y sus  ojos se llenaron de lágrimas. Se anudó los cordones con delicadeza, y desde entonces no los abandonaba ni un instante. Dormía con ellos puestos, los embetunaba varias veces al día, no hacía más que pensar en cuál será su destino cuando él faltase.

El día que debía cumplirse la sentencia, atravesó el patio donde debía llevarse a cabo la ejecución y con ritmo cansino recorrió, uno tras otro, los escasos metros que le separaban del cadalso. Uno a uno subió con lentitud los escalones que le conducían al lugar donde iba a morir. Cuando llegó a lo alto, oyó el bullicio de todos los que habían venido a contemplar la ejecución. Pero el no les prestaba atención. Tenía la mirada fija únicamente en sus fieles compañeros. Y cuando la soga rodeó su cuello, se despidió de ellos por última vez.

 

Enrique

 

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MI RINCON

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Las había visto llegar a cientos, a media noche, en la oscuridad de cada año allá en playas lejanas, hasta completar su ciclo vital. Me pregunto si seré como ellas, una más con mi caparazón a cuestas. Estoy de nuevo aquí, con mi instinto infantil renaciendo una y otra vez, después de que mi ciclo se hubiera interrumpido por un tiempo. La distancia me había obligado a recalar en otros lugares, a posar la vista en otros paisajes. Este con el que me voy encontrando, ¿Habrá cambiado? ¿Seguirán las olas golpeando las barcas amarradas en las boyas? ¿Erosionando las rocas? ¿Tiznando de blanca espuma el paisaje de pinos y crestas rocosas? ¿Lamiendo la arena de la pequeña y entrañables playas? Insistente, mi caparazón me obliga a continuar. Los recuerdos se apilan bajo él. Ahí se almacenan los minutos pasados junto al mar, las horas sentado frente a la playa, escuchando como las olas acunaban las barcas en la tranquilidad de la noche. Los recorridos en barca, las mañanas junto a los amigos a la orilla del mar y el baño en los calurosos días estivales.  

El desvío hacia el faro señala el inicio de la sinuosa carretera que me obliga a aminorar la velocidad. El mar se descubre entre pinos, a merced de las curvas que se suceden de manera regular. Tras el indicativo que anuncia la entrada a la población, nada más pasar la curva, el pequeño muro separa la carreta de las primeras casas. Los últimos revuelos anticipan el final que obliga a decidir si dirigirse a la derecha, a la playa, o enfilar el camino de la izquierda, que se desvía por el interior. En ese punto detengo el vehículo. Aparco y camino hasta el paseo junto al mar. Los parasoles llenan la arena. Los turistas toman el sol. Hoy los niños se divierten con las olas que braman contra la orilla. La bandera amarilla indica precaución. Lo veo cambiado. Ligeramente cambiado. Pero ¿Quién no ha cambiado? ¿No he  cambiado yo mismo? ¿No han cambiado muchos de los que entonces compartíamos las cartas, los juegos en la terraza aprovechando el silencio de la noche, o las copas compañeras hasta el amanecer?  

Llego a casa. Por la ventana entra un sol resplandeciente. Destacados en el horizonte, los pinos se elevan majestuosos, con sus troncos torcidos y solitarios que se abrazan en las copas. Centinelas del paisaje, de las olas, del mar oscurecido de azul. Por fin estoy aquí después de tantos años. Regreso a la guarida, a mi rincón, a mi refugio infantil. Entro en la cocina. Preparo un poco de café. Desde este lado de la casa la visión es diferente. Tras las onduladas láminas de vidrio, que completan las cuadriculadas hojas de las puertas del balcón, el pueblo queda a mis pies. Las calles perfilan un dibujo rotulado entre paredes blancas y tejas rosadas, por el que pequeñas figuras caminan sin prisa. Es la hora de la playa. El sonido de la cafetera alcanza mis oídos. Apago el fuego, vierto un poco de café en la taza y busco entre los libros. Salgo a la terraza. Sentado en la hamaca, releo las páginas en las que se mencionan numerosos detalles sobre este lugar. Me apetece descansar mientras disfruto de los recuerdos vividos. De las cosas que ya no cambiarán. Hoy es mi primer día después de tantos años. Esta noche las horas pasarán sin darme cuenta, se hará tarde y acabaré de madrugada, jugando y tomando copas en compañía de los viejos amigos.

 

Enrique

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