TRAGEDIA

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“La tragedia es una forma dramática cuyos personajes protagónicos se ven enfrentados de manera misteriosa, invencible e inevitable contra el destino o los dioses. Las tragedias acaban generalmente en la muerte o en la destrucción física, moral y económica del personaje principal”. Así define Wikipedia (la enciclopedia más a mano en vacaciones) el significado de tragedia.

Cada vez que leo esta definición, más claro veo que lo que voy a contar tiene todos los ingredientes de una tragedia griega, en este caso catalana. Si elimino la parte puramente literaria de la definición, ¿qué nos queda?: un personaje enfrentado de manera inevitable contra el destino que acaba en la destrucción moral.

En este verano lluvioso de lecturas, no ha habido ninguna historia más potente que esta que exprimen y retuercen diariamente los periódicos este agosto otoñal que nos ha tocado.

El personaje en cuestión, el protagonista principal de esta tragedia, tuvo una revelación de joven, subiendo una montaña: debería liderar la liberación de su pueblo oprimido (he aquí la parte mitológica, la intervención de los dioses que requiere toda tragedia). Para alcanzar la arcadia será capaz de los mayores sacrificios, la persecución, el encarcelamiento y el dolor, por eso es un héroe elegido, y la pérdida, incluso, de compañeros de viaje. Hasta que llegó su momento y comenzó a brillar como una estrella en el firmamento. Todo aquello que soñó estaba al alcance de sus manos. El esfuerzo se prometía hercúleo, pero estaba bien acompañado. Como en toda tragedia que se precie, a su lado tenía el sustento de una mujer y de unos mandamientos sólidos, los que los dioses le habían otorgado. Una mujer que también había tenido una revelación, ese hombre sería rey. Y lo fue. Pero esto que acabo de relatar solo es el primer acto.

El segundo, aunque pueda parecer tedioso, literariamente hablando, es donde se labra la tragedia. Donde confluyen todos los elementos para el desenlace final. Los triunfos, el ego, la devastación de los fieles que quizá cayeron en desgracia por indicar que el camino se torcía en algún lugar, que la solidez de los mandamientos se diluía. O la vanidad del que ya no quiere más sombra que la de su propio pedestal. Y de pronto, esas dos voces, la de su interior: y yo que he dado tanto, ¿no tengo derecho a parte de esa gloria material? Y la de ella, la de su mujer, la que ha sido su soporte, ¿por qué no creerla?: tu familia, tus hijos y yo, ¿qué tendremos cuando ya no estés? ¿No nos merecemos algo a cambio de habernos sacrificado todo por tu país? ¿Dónde estabas tú cada día, cada mañana, cada enfermedad, cada noche? El personaje trágico, ablandado por todas las comodidades de lo alcanzado, silenciadas las voces de los dioses entre tanto oropel, acepta. No sabemos si voluntariamente o inconscientemente, se enfunda la cinta de la justicia y decide volverse ciego al germen de la tragedia, a la traición de los seres más queridos.

El desenlace, el tercer acto, lo conocemos todos, trágico. Trágico para el personaje. Tan solo dos peros. Para que esta tragedia sea canónica, clásica, es preciso que la confesión sea voluntaria y que la inmolación, la renuncia a la gloria eterna en los libros de la Historia (con mayúscula), sea para salvar a los hijos, la mujer. La familia. Porque no hay patria más grande que esta. ¿Qué le queda al hombre cuando le han abandonado los dioses?