La anguila de Montale

Habla Joseph Brodsky en “La marca del agua” del olor a algas heladas de su infancia a orillas del Báltico, el mismo hogar de la sinuosa sirena del poema de Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981). Y yo busco a la sirena y me encuentro con esta anguila.

La anguila, la sirena
de los mares fríos que deja el Báltico
para alcanzar nuestros mares,
nuestros estuarios, los ríos
que remonta profundamente, bajo corriente adversa,
de ramal en ramal
y luego de cabello en cabello,
siempre más adentro, siempre más hacia el corazón
de la piedra, filtrando
en acequias de fango, hasta que un día
una luz arrojada desde los castaños
enciende su serpenteo en charcos de agua muerta,
en las zanjas que bajan
de los saltos de los Apeninos a la Romaña;
la anguila, antorcha, fusta,
flecha de amor en la tierra
que solo nuestros barrancos o disecados
arroyitos pirenaicos reconducen
a paraísos de fecundación;
el alma verde que busca
vida donde solo
muerde la aridez y la desolación,
la centella que dice
todo comienza cuando todo parece
carbonizarse, rama seca sepultada;
el iris breve, gemelo
del que engastan tus pestañas
y haces brillar intacto en medio de los hijos
del hombre, inmersos en tu fango, ¿puedes tú
no creerla, hermana?

Y yo digo: la creo, Eugenio, la creo.

Ana

Yo habito con frenesí la luna

Leo acerca del silencio en este “Fin de Poema” de Juan Tallón. Dice que conviene tener cuidado, que el silencio es un vicio. “Si por cualquier motivo se acumula demasiado, acaba apoderándose de uno y ya nunca más es posible interrumpirlo”. Y se asoman Pavese y Piznarik y Anne Sexton y Ferrater, todos ellos suicidas, todo esto, en este “Fin de Poema”, en este día, que fue vivo y fue exultante. Habrá que dejar la lectura para otoño.

Ana

El realismo mágico (se escribe con ese de Lusía)

Cuando yo tenía dies años, si me hubieran contado que había un duende, yo nunca lo hubiera creído, en cambio lo he visto. Lucía habla despacio mientras todavía mastica un nosequé de la comida. Papá y yo la escuchamos, sentados a la sobremesa. Éramos cuatro niños: mis dos primos, un amigo de ellos y yo. Cuatro, cuatro niños. Estábamos pastando un cabrito… ¿Cómo se llamaban?, interrumpo yo. Mi primo se llamaba Lorgio, se llamaba Victor, y el otro no me acuerdo qué se llamaba el amigo. Yo: la Lusía, dice con orgullo. Pasa que estábamos jugando. Había una casa (titubea, mastica) sin tejado, abandonada; era una casa derruida y estábamos jugando a las escondidas. Pasa que, entre nosotros, los jugadores, el que tenía que encontrar al escondido… Lucía corta el relato y exclama indignada: ¡nos echaban tierra! Y yo desía: oyes, ¿me has echado tierra tú? Y el otro desía: no, no he sido yo, pero a mí también me han echado. Y a los cuatro nos han echado tierra, pero nos hemos culpado a nosotros y, sin embargo, el duende ya estaba jugando con nosotros pero no nos dábamos cuenta. Cuando estuvimos más a la acampada, a este lado, más en una planisie más grande, de este lado había un horno para haser ladrillo, pero estaba también derruido. Entonses, de la puerta de ese horno de haser ladrillo, nos ha llamado un niño, así, de nuestro mismo tamaño. Llevaba la ropa blanca, hecha girones y con un sombrero. Solamente se le veía de aquí,  muestra Lucía, de las sejas pabajo, pero tenía color en la cara y labios rojos tenía. Era un niño pequeñito, así como nosotros, y sabía nuestros nombres. A mí me muestra una muñeca, de cabellos amarillos, y a mis primos y al otro niño les ha mostrado unos camionsitos, juguetes pa que nosotros vayamos. Pero, cuando quieres ir, te dan ganas de ir hasia allí porque con un imán te atrae, pero algo te sujeta, ¡RAS!, y no puedes moverte. Entonses yo pienso que el ángel de la guarda que tenemos nos sujeta, porque sabe que estamos en peligro. Entonses, mi otro primo, el mayor, dise: ese no es niño, ese es un diablo. Porque se ha dado cuenta, porque llevaba el sombrero así grande. Entonses, el otro, el pequeño, mi primo, le dise: ¡has crus! O sea, la señal de la crus, aclara Lucía. Y el otro no entendía (levanta la voz) ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, desía, y serraba los ojos el muy tonto (se ríe). Yo estoy mirando y desía también: ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, cuando el niño a empesado a creser, se ha hecho claro. No estábamos lejos, estaba como a veinte pasos de nosotros, veintisinco, treinta pasos (aumenta) de nosotros, ¿qué le pasa a ese niño? Entonses ha empesado a haserse delgado, angosto el cuerpo, y se ha hecho así, grande, y nosotros seguíamos viéndolo y el otro seguía adelgasando y adelgasando hasta formarse como un hilo y desapareser en el aire. En ese momento hemos gritado, un grito como “cuhéte” (así pronuncia Lucía la palabra cohete), y, ¿sabe qué hemos hecho? (mi padre escucha a Lucía con atención) Entre los cuatro, como estábamos pastando un cabrito, los cuatro hemos cogido la soga del cabrito (explica al borde de la risa) y hemos sacado el hierro que está ahí clavado, todo eso hemos sacado, y hemos corrido hasta la casa, con el cabrito. Y el cabrito, hemos visto que tenía sangrando las rodillas. ¡Es que al cabrito no le hemos dejado que corra!, exclama Lucía saltándole las lágrimas, porque le hemos arrastrado. Yo también río, Lucía continúa: Yo me he metido dentro de la cama, el amigo de mis primos, bajo la cama, mi otro primo, bajo, no, dentro la cama, corrige, y el otro tras la puerta. Llo-ran-do. Gritábamos de tal manera… Mi madre viene, y primero, antes de preguntar, me hase: ¡sas!, ¡sas!, ¡sas!, me pega en la cara. ¿Qué te han hecho?, ¿qué te han hecho? Ella pensó que me había hecho daño alguna persona, como soy niña, podían haberme hecho alguna cosa mala. Lo primero, me pega, y sin preguntar. El niño, extrañado, sale de debajo la cama y le dise a mi mamá: señora, no le pegues a tu hija, que hemos visto un diablo. Entonses, de ahí mis primos salen y le cuentan a mi mamá y mi mamá dise que no puede ser, diablo no hay. Ese día se ha pasado así, desde que me hayan pegado, dice bien rabiosa Lucía, llega mi papá del trabajo a comer, al mediodía, a la casa de mi abuela y yo le cuento a mi papá. Y mi papá le hiso mala cara a mi mamá porque me había pegado. Si le habían hecho alguna cosa, ¿por qué la has pegado?, no entiendo como a tu hija todavía la pegas, mi papá se enojó con mi mamá. Bueno, al día siguiente, con mi papá hemos ido. Era sábado al día siguiente. El día viernes, mi papá tenía que volver a su trabajo, así que mi papá se fue (justifica así Lucía que su padre no investigase el mismo día de los acontecimientos). Pero al día siguiente hemos ido a ver el sitio, donde estábamos jugando con los niños. Donde estábamos parados nosotros estaban nuestras huellas de los sapatos, porque días antes había llovido y el barro estaba húmedo y habíamos dejado nuestras marcas, y mi papá dise: ¿dónde fue, dónde han visto al niño? ¡Allí!, dice con convencimiento Lucía, eso es, con énfasis en el acentito de la “i”. Y hemos ido. La huella de un niño no hemos visto, y la huella, en ves de ser de un niño, era una huella, una pisada, pero de un pollo, de un pollo grandote. Era así, como una estrella, así (papá tose, calladito hasta ahora) como pisa la gallina, así de igualita era. ¿Y por qué, si era un niño?, ¿y por qué estaba la huella de un pie de pollo? Y mi papá resién nos dijo que sí, es verdad, han visto duende, no han visto diablo. Era el duende. Y cuando mi papá se sersioró qué había más pisadas allí donde estaba el poso derruido, en las cuatro esquinas, había habido agua, más o menos de esta altura, señala Lucía. Papá se remueve en su silla, incrédulo. A los cuatro nos metía de cabesa y nos ahogaba, nos mataba, el duende (¡uuuuummmhhh!, digo yo). Y nosostros hubiéramos aparesido allí como duende, también, porque el duende mata pa que le ayuden a seguir hasiendo la maldad. O para tener compañía, bromeo yo. Y papá, tímidamente, emite un suspirillo de risa como un yaseacabó. Eso me pasó, Don Joaquín, finiquita Lucía. Y yo digo: salgamos, que está bonita la tarde. Y salimos. Y nos vamos a la presentación del libro de un buen amigo. Pero esa ya es otra historia. De bombardeo y poca gente. De otro realismo.

Ana (y Lucía)

IMG_1113

Don Joaquín y Lucía

Voltar el món i tornar al Born

Salimos a la calle abrigados hasta las orejas, mi padre, a pasos pequeños, con su bastón decorado de cachemir, sombrero de señor y bufanda a lo boa constrictor, guantes siberianos y sobretodo de lana, parece un clic de playmobil en cuanto a limitación de movimientos; yo, empujando la silla de ruedas y tiritando una inoportuna febrícula. ¡Taxi! Mientras me dirijo al maletero, un joven taxista desciende para ayudarme con la silla. Papi, espera, que ahora te ayudo. Pero papi es impaciente, y no espera, y cuando me doy cuenta ya está a media pirueta y el culo malcolgando en el asiento delantero del vehículo. Yo le empujo un poco el fardo que es todo él hasta que se coloca bien y le abrocho el cinturón y al joven conductor le informo, en tono de travesura: nos vamos de concierto. A Santa María del Mar, por favor. Pues allá vamos, se apunta a la aventura, les dejaré lo más cerca que pueda, en el paseo del Born. ¿De qué casa es este coche?, pregunta mi padre al taxista. Es un Toyota, le contesta el joven. ¿Sabe usted?, continúa mi padre, es que yo ya tengo 95 años y comprarme ahora un coche… Debe haber conducido mucho, se interesa el taxista. Sí, mucho, hasta el año pasado. El joven me busca a través del retrovisor. Desde la parte trasera del coche, le sonrío. No voy a ser yo quien le arruine las memorias a mi padre, al fin y al cabo, somos lo que recordamos y esa es la única verdad que ahora, dentro de este taxi, importa. Y mi padre habla y le cuenta que él era doctor, y sigue siéndolo, corrige el chico. Papá se ríe a lo perro pulgoso ese de los dibujos animados de mi infancia y la hace chipichape con su mano izquierda enguantada y añade: trabajé hasta los ochenta y pocos (y esto no lo sonrío, porque es cierto). En Princesa, él pregunta: ¿no es esta la calle Ferran? No, le corrige el joven, bueno, en realidad sí, apunta seguidamente, es la continuación de Ferran al otro lado de Vía Laietana, se orienta muy bien doctor, acaba por felicitarle. Cuando nos despide, (¿quiere que trate de acercarles más?, no, pasearemos un poco), el taxista le tiende la mano a mi padre, mucho gusto doctor, está usted muy bien, disfrute del concierto. Yo le ofrezco silla o paseo, y papá elige silla. Y el paseo del Born se me hace corto y pequeño como el mismo mundo al mando de esta silla, el sombrerito de señor de mi padre, las luces de las farolas, el empedrado, los callejones que, a sus jóvenes ojos de anciano caminante, se le ofrecen llenos de posibilidades: nena, has vist quin palau?

Haciendo cola frente a Santa María del Mar nos esperan mi hermana y mi cuñado. Cristina pregunta:¿papi, qué tal ha ido el entierro? Pero papá ya no se acuerda, y me mira a mí, en busca de su memoria. Yo le digo que ha ido bien, que mucha gente le ha conocido, ¿ah, sí?, se sorprende él, y moviendo la cabeza dice, no me’n recordo, pero añade: ara només queda l’Estevet. L’Estevet, pienso yo, que apenas unos meses antes le confesara a mi padre que,si en sus manos estuviera, ya firmaba su muerte, porque “ja ho he vist tot, Joaquim, i les coses no són tan maques com eren abans”. Unas japonesas nos piden permiso para hacerse una foto con papá, ¿papá, tú quieres? Y papá dice sí y se deja fotografiar antes de entrar en la basílica. Una vez dentro, conduzco veloz la silla para coger un buen sitio en las primeras bancadas y esperamos cuarenta minutos. ¿Ha dormido la siesta?, pregunta inquieta Cristina. Durante el concierto, mi hermana no deja de echarle el ojo a papá que parece hipnotizado ante ese cardumen de voces y bocas que es el coro y por el que se eleva el Lacrimosa, día de lágrimas aquél en que el pecador resurgirá, ¡oh!, Jesús misericordioso, concédeles el eterno reposo, dona sis réquiem. Amen. Yo me abrazo a mi hermana y las dos nos confortamos el réquiem y el amén.

M’ha agradat molt, nenes, moltes gràcies. Sóc molt feliç. Dice eso y que tiene hambre. No, pipí no tiene. Y con unas tapas nos bebemos un vinito y mi cuñado brinda con un “per molts anys”, y de camino al coche, que está aparcado delante del Set Portes, Cristina conduce la silla y dice, ¡mira, sin manos!, mientras papá ríe y rueda contento las calles pequeñas, y en el trayecto a casa le pedimos que nos cuente cosas, aquel amigo tuyo que atropelló a nosequién y tú ibas de copiloto, ¡ay!, nenes, no me’n recordo. Yo saco mi teléfono y grabo. Titulo la nueva grabación “Papi Cena Réquiem Coche”, a continuación de “Estaba sola en el pipí-can”. Nos despedimos de mi hermana y de mi cuñado que nos dejan delante de casa de papá. Mi casa, dice él a lo E.T, mi casa. Atravesamos una desierta calle Balmes, mi padre con su bastón decorado de cachemir, yo empujando la silla vacía. Nena, vaig tort, dice. Sí, va torcido. Y entonces truena en castellano: ¡era fuerte este vino negro! Cuando abrimos la puerta de casa, Lucía sale a nuestro encuentro. ¿Lo pasaron bien, Don Joaquín? Vaig una mica trompa, se ríe. Y ahí le dejo, con Lucía haciéndole carantoñas y mandándole a ponerse el pijama y con mi beso en la mejilla y un buenas noches, papi, y ya de camino a casa pienso que voy a pilotar esa silla cientos, tal vez miles de veces, y que volveré al Born, y a ese paseo corto y pequeño como el mundo, siempre que le eche de menos, cuando él falte, hasta el día en que mi padre venga a buscarme. Porque me lo prometió.

Eso es lo que pienso. No sé, quizá sea cosa del réquiem.

Ana.

IMG_0761

Esperando el  Réquiem de Mozart en Santa María del Mar

Karaoke y bidé

Y celebrando el fin de año chino me dicen, coño, que soy buey, el segundo animal que llegó a Buda, pero habría sido el primero si la rata no se le hubiera adelantado después de una larga travesía en la cual la llevó en su lomo, víctima de su irresistible seducción. Eres la eterna segunda, rematan. Y ahí estoy yo, torito siempre y ahora buey, rumiando la información, mientras como gelatinas y cartílagos en sus diversas versiones y patas de pollo a la fría vinaigrette  y casquería toda en la mesa para exóticos (chino silencio a nuestra entrada al local) en el bello centro del Gran Palacio Chino de la Badalona marítima y poligonera, donde los niños corretean a su libre albedrío y queman la bandeja de espaguetis a la boloñesa que se zamparon (boloñesa, sí, que yo lo vi), y que hostia puta, que me levantes, dice la chinita al chino, y el chino le dice ¿cómo?, a lo que la chinita le responde ¿cómo que cómo?¡comiendo lomo! ¡Ah! hermoso chino carabancheliano el que aquí se habla. ¿Cuándo la celebración? ¿Dónde se van todos?, preguntamos los exóticos al ver desaparecer a toda la comunidad. Los camareros dicen que ellos, en China, pum, pum, pero que aquí no, que aquí karaoke. Pum, pum, nos suena a echar un polvo y preguntamos si podemos ir al karaoke, a cantar y a beber. La camarera dice que no, que a cantar no, porque está lleno y solo chino y solo inglés ¿Y a beber? No, beber tampoco. ¿Y a beber? No, beber no. ¿Y a beber? No, no, beber no. Que insistamos no da resultado. ¿Y a beber? No importa, conseguimos enmarcarnos en un corazón (yo no, que ser buey tiene estas cosas) y que nos retraten dos adolescentes, xīn nián kuài lè, xīn nián kuài lè, (feliz año nuevo, feliz año nuevo repetimos recién enseñados) Y por fin, se cumple nuestro deseo con rebaja al 95% y la camarera nos acompaña al karaoke A VER, no a beber. Beber no, dice. Y atravesamos en festiva comitiva salas, salones y cocinas y nos enseñan habitaciones con mesas, sillas, televisión karaokiana y bidé y nos dicen serios: el año que viene, reservar habitación, 200€. Que esto del karaoke es cosa privada en el Gran Palacio Chino de Badalona. Nada como un bidé con karaoke o un karaoke con bidé para olvidarse de que, lejos, en China, pum, pum. Salta el radar en la Gran Vía, de regreso a casa. Hay que aparcar en la calle a estas horas de la madrugada. Y a la primera encuentro sitio.

Será que no había rata.

IMG_0362

Festiva comitiva

新年快乐!

Ana

The young ones

the-young-ones

Rik Mayall murió este verano y aquí parece ser que nadie se enteró porque, y perdonen el exabrupto, ¿quién cojones conocía a Rik Mayall? En todo caso, lo conocerían allí en su tierra los que fueron jóvenes británicos durante los primeros años del tatcherismo. Aquí, en la televisión española, teníamos a Fortunata y Jacinta y a Kiko Ibañez Serrador (¡al suelo todo el mundo!); allí, a los costumbristas eastenders y a los transgresores young ones. Lo británico, a pesar de la Tatcher, molaba más. Había que estudiar inglés.

216469-668ba754-f032-11e3-8da8-726202433ee0.jpg

Yo, a principios de los ochenta, hacía la comunión en mi Barcelona natal con un vestido sencillito de El Corte Inglés y aguantaba el cirio, el misal, y la cara de buena para que me inmortalizasen con la boca cerrada, siempre con la boca cerrada. Lo que nadie sabía es que a Cristo me lo había comido yo mucho antes, colándome a hurtadillas junto a mi hermana, un poco mayor que yo, en la capilla del colegio de monjas y metiendo mano a las hostias que se guardaban en el sagrario. Bueno, lo sabíamos yo y mi hermana; Cristo, es un misterio. Mientras yo rezaba el geil meri ful of greis de loriswidis en la clase de Missis Rita, nuestra nativa y anciana profesora de inglés que sufría de parkinson, Rik Mayall era Rick el anarquista y le rebuznaba afeminado su sabiduría pretenciosa de estudiante de sociología a sus tres compañeros de piso: Neil, un sufrido hippie, el violento punk Vyvyen y Mike el ¿carismático pijopequeño? Yo no era ni joven ni británica, pero en Catalunya teníamos TV3 y aquí veíamos “Els Joves”(allí “The young ones”), una serie surrealista con cambios de argumento de lo más incongruentes. Neil se bañaba en mierda y se hartaba a lentejas, Vyvyen, con esas tachuelas en la frente, en continuo enfado (tanta tachuela no debía ser buena,no) descargaba su ira en Rick cada vez que este rebuznaba (sí, ya lo dije antes, pero es que rebuznaba), con sus dos trencitillas, sus solapas rezumando chapas reivindicativas y llevándose las manos a los riñones todo marisabidilla. Sí, era para darle bien, Vyvyen. Y habían ratas y zanahorias que hablaban y el retrete vociferaba y se negaba a que le limpiaran la mierda, había mucha mierda en esa casa compartida, y tipos con guitarras y canciones que se colaban por algún agujero en esa casa que se caía a trozos que montaban improvisados conciertos en mitad de alguna trifulca. Y habitando toda esa rebeldía, estaba el pequeño Mike con sus gafas de motero, apaciguando y avivando a las fieras.

Éstos cuatro me fascinaban, de igual forma que me fascinaba ese tipo con mostacho, suetercillo rosa y minifalda de cuero pasando el aspirador y que clamaba por ser libre, o ese otro con ojos de colores dispares que nos decía vamos a bailar, let’s dance, todo elegancia, él.

Así, de la misa semanal a la caja tonta, mi infancia discurrió perpleja hacia mi juventud, de igual forma que mi juventud se adentra ligera ahora en mi madurez, pero ya sin misa ni caja tonta. Es lo que tiene cumplir años, que una se va quitando complejos.

Sucede, a veces, que cuando hablo en alto me ocurren cosas. Hace un par de noches, recordábamos con unos amigos series que nos habían marcado de algún modo y yo mencioné, por supuesto, “The young ones”. Pocos catalanes en la mesa, casi nadie había oído hablar de ellos. Como estábamos de celebración, decidimos ir al Coleccionista, un bar del barrio de Gràcia y allí, en la pared estaban proyectando episodios de la serie, allí estaban esos cuatro desfilando ante mi mirada atónita. La última vez que había visto esas imágenes era la niña que se había comido a Cristo sin permiso. Y entonces, a esas imágenes mudas, le siguió la banda sonora de mi infancia y también la de mi juventud más temprana. Todas mis fascinaciones comulgando ante mí. También el tipo del mostacho y el de los ojos de colores dispares que esta vez hablaba de héroes me regalaron sus voces y mientras bailaba asomaron rebeldes unas lágrimas que, ahora lo sé, eran la celebración de esa inesperada juventud mía a la que me regresaban todas ellas. Bailé hasta que echaron la persiana. Hacía tiempo que no lo hacía. La vida es hermosa.

Ryk Mayall, Rick, el anarquista, murió este verano.

Y esto lo escribo hoy,  de igual forma que los delfines pueden nadar.

Hablen en alto y que tengan un bonito día.

Ana.

NO QUEDAN CHICAS SALVAJES

 

… y tú me das a escoger entre dos vertederos y yo escojo el de Vallecas y esperando allí la hora mágica yo te digo, voy a Tánger en busca de Saint-Exúpery, el del Principito, ¿conoces el pasaje del zorro? Y tú me pides que te lo cuente y yo sonrío, no sé si lo haré bien, así que intento poner orden a mis pensamientos, empiezan con un rosal, tú me dijiste que el camino a mis labios estaba lleno de espinas y yo te hablé de ciertas rosas que necesitan su tiempo para abrirse y lucir hermosas y tú de rosas que se marchitan y cogí un avión y ahora estoy subida en la aureola de esta teta, la teta de Vallecas, apenas un murmullo es Madrid, apenas unos minutos la hora mágica, y trato de ordenar mi caos y explicarte el pasaje del zorro. Pues bien, digo, el principito se encuentra con un jardín de rosas y se pone muy triste porque le recuerdan a la suya, a la que él creía que era única en el universo. Entonces aparece el zorro. El principito le dice que está muy triste y le pregunta si quiere jugar con él, a lo que el zorro le replica que no puede, que no está domesticado. El principito no entiende qué significa estar domesticado y el zorro se lo explica. Entonces el zorro le pregunta al principito si estaría dispuesto a domesticarle a lo que el principito le responde: ¡venga! (yo, en este punto, me hago un poco de lío, tiro de la elipsis y voy a lo que quiero explicar). El zorro le dice que tiene que venir siempre a la misma hora, de esta manera él se pondrá contento una hora antes de la cita y así, cuando al fin aparezca, él será el zorro más feliz de la Tierra. Pero para cuando el zorro está domesticado (y aquí me lanzo al finiquito) el principito se larga, y exclamo: ¡qué cabrón el principito! Y tú dices, sí, qué capullo…

Reúno monedas para una propina en la azotea del hotel Muniria o de la pensión Tanger Inn. Abajo, el puerto y los estertores de la medina. Esta ciudad es una maricona vieja, una puta ajada. No quedan chicas salvajes en Tánger y, si las hubo alguna vez, huyeron lejos, a Casablanca, dejando a Juanita Narboni, bien borracha y bien sola, esperar el reposo en Bubana. No quedan chicas salvajes en Tánger. En esta ciudad no hay espacio para las mujeres. Alguien olvidó un cús-cús aquí arriba, posiblemente el joven soñoliento que nos muestra el hotel Muniria o la pensión Tanger Inn, lo mismo da. El almuerzo desnudo, bromean mis compañeros de viaje (son escritores, ellos). Y yo les diría, dejad ya de buscar a Borroughs y a Bowles, ¿acaso es que nadie se ha dado cuenta de que sus fantasmas ya no moran esta ciudad? Y a mi mente loca le vienen los versos de Lord Byron, un romántico, ya ves tú (we’ll go no more a roving, so late into the night), pero soy de guardarme mis pensamientos por desordenados, inagotables compañeros de este otro viaje por los océanos de mi pequeño mundo interior (y los macarrones recién comidos y mi madre muerta) Sin embargo, hace apenas unos minutos me dejé fotografiar en una habitación de sofoco al que le hubiera venido bien uno de esos tristes ventiladores que aspavientan sus aspas en el techo. Posé frente a su única ventana, con una persiana a medio subir pero la hoja echada y cubierta por una cortinita blanca y liviana, qué quieta me pareció la cortinita sin un pálpito de viento hercúleo que la inflara (no more a roving) Sucedió, apenas unos minutos atrás que esbocé una sonrisa para esa instantánea cuando el desierto desde aquí es tan solo un “mirage” y puede, puede que Saint-Exúpery jamás pisara esta ciudad.
Durante la noche, alguien me pedirá que recite aquello de “ya no vienen perros a mearse en mis esquinas, ahora paseo sola o eso escribo en mi biografía”, pero el tiempo de los réquiems ya pasó. Yo ya enterré a un marido, ya marchitó el arrayán que deposité sobre nuestra tumba. Durante la noche bailaré en esta ciudad de hombres; lo haré por tres hermanas que llenaron sus tazas de té con arena del desierto. Y serena y borracha tararearé. Solitaria en mi camino hacia el hotel para europeos donde duermo el viaje, algún joven se acercará para ofrecerme sexo, tea in the Sahara with you, tea in the Sahara with you. Bajo un cielo protector es que ahora paseo, pero eso nadie lo sabe, y me gusta cómo se espira la hache en Sahara, me gusta el desierto sin su acento.
Alguien me pregunta qué he leído últimamente. Respondo que a Chuckry, a Ángel Vázquez, a Paul Bowles y a Borroughs, naturalmente, pero que no he tenido tiempo para Mathias Énard, apenas unas cuantas páginas de su “Calle de los ladrones”. Y luego añado a la Rodoreda: me he leído sus novelas menores. Al final tuve que abandonar su lectura, confieso, me deprimían soberanamente: “m’he passat la vida enterrant enamoraments”, decía la protagonista de “El carrer de les Camèlies”. ¿Qué escribiré sobre este viaje?, quieren saber.

… y los macarrones recién comidos, y mi madre muerta hace ya algunos años y mi padre casado con otra y tú que te acercas descalzo y me coges de la cintura y al oído me susurras: ¿follamos? Y afuera un palomo infla el papo y corteja a la paloma y la monta, con este calor que hace, pienso, y me levanto la falda y te digo, sí, venga, follamos. Y lo hacemos a lo William Borroughs en esta, la siesta de la rana. Pataleo silenciosa en ancadas largas: clavada así en tu anzuelo miro al techo y en el techo no hay nada…

Le entrego la propina al joven soñoliento que nos acompaña a la puerta (que sea hotel o pensión no tiene importancia alguna, y que muera la habitación de Borroughs de aburrimiento, tampoco). Mañana compraré una fotografía antigua de Tánger, en el hotel Continental, le pondré un sello y en ella escribiré una dirección y tres puntos suspensivos. Luego, dejaré esta ciudad.

 

Ana

 

 

DE CORAZONES

 

Desde arriba oigo cómo preguntan a mi padre: avi, téns aigua? Yo me imagino al avi con su cabeza descosida y su fémur bailón acompañando a Valentina y a Alosha a la cocina, despacito, ojo con el bastón, tac, tac, tac. Cuando bajo me los encuentro allí a los tres: anda escasa esta imaginación mía. Volen aigua, me dice mi padre. Les sirvo unos vasos. Alosha, expeditivo, dice: no quiero más. Lleva una pelota blanca de baseball en su mano pequeña; el bate lo lleva Valentina. Sentamos al avi en el tresillo del porche y jugamos. Yo tiro la pelota, Alosha batea y Valentina arbitra. Mal, muy mal, me castiga los puntos a golpe de silbato; Alosha, bien. En casa de mi prima se oye llorar a Blau. La teva germana plora, le digo a Valentina. Ella se encoge de hombros. Es petita, dice con cinco años. Me siento con el señor Joaquim, el avi. Ellos dejan de jugar y desaparecen, de la misma forma que aparecieron, así, en un ¡zas!. Y en un zas vuelven acarreando una sillita cada uno y se sientan en lo fresco del porche y Alosha dice: tengo un corazón de plástico, lo dice así, expeditivamente también. Valentina informa: Blau tenía gana. ¿Dijiste un corazón de plástico, Alosha?, le pregunto yo. Sí, contesta él, y me lo voy a comer. Todos callamos. Esperamos. Él dice: me lo comeré, así mi corazón tendrá un papá. Valentina se ríe, el señor Joaquim también. ¿Alonso te llamas?, pregunta él. Y de repente recuerdo un corazón de madera que un hacedor de llaüts me regaló una vez. En él estaban todos sus anhelos incrustados, mira ves, hay una casita, una mujer embarazada, un hombre, aquí están las llaves que lo abren, parecía hermoso, el corazón, hermosos los anhelos. La muerte también estaba, con su calavera y sus tibias cruzadas, y pies y alas. Supongo que el suyo era un corazón práctico, a prueba de naufragios, no sé el mío. Vine, le dice Valentina a Alosha. Y mientras salen corriendo en dirección adónde mi prima, yo le hago una visita obligada a mi corazón que sin previo aviso ha querido escapar por mi garganta. Y ahí está.

IMG_7970

 

 

Ana

PARASITISMO

El 11 de octubre de 1942 mi padre anotó a lápiz esta fecha junto al tema “parasitismo” de su libro de Biología, en realidad todo el libro está marcado con fechas, muy prolijo mi padre, molt bon minyonet él con sus veinte y uno más, entonces. Googleo la fecha y me encuentro con Hitler y con Ana Frank (de los campos de concentración no hay nada): el primero viajaba en tren y ordenaba correr las cortinas para no tener que saludar a sus soldados; el día anterior, la niña en su escondite incluía una foto de como le gustaría verse todo el tiempo. Papi, le digo, ¿sabes lo que pasaba por ahí mientras tú estudiabas el parasitismo? ¿Qué nena?, abre grandes sus ojos azules. Y yo se lo leo, lo de Hitler, lo de la niña Frank y también lo de los bichos: “…mientras las relaciones entre el agresor y su presa determinan la muerte inmediata de ésta, las que se establecen entre el parásito y su huésped son de tal naturaleza que el perjuicio que la víctima sufre es relativamente pequeño o cuando menos pasa mucho tiempo antes de que sobrevenga la muerte. Más aún, parece como si el parásito tuviera gran interés en conservar la vida del huésped…”

¿Y cuántos años dices que tenía yo?

Joaquim Pujols CostaIMG_7932

Y le dejo reencontrarse con su libro y su juventud y me voy a hacer las manos adónde mi prima y antes le saco una foto y esto lo escribo más tarde, ahora, un 7-VIII-2015.

Ana