“TOOTS” THIELEMANS

La armónica es un instrumento que, en el mundo del jazz, no tiene el pedigree del saxo o la trompeta. Parece un instrumento infantil y se puede tocar de oido, sin saber una nota de solfeo. No obstante, escuchando la armónica de “Toots”, como la toca y el sonido que consigue de ella nos hemos de descubrir.

Nos dejó a los 94 años, el mes pasado y nos queda su música en el cine, en “Midnigth Cowboy” o en “Bagdad Café” entre otras y acompañando a músicos de la talla de Stevie Wonder o Pat Metheny. Era un armonicista extraordinario.

Este es un post pequeñito, solo para calentar motores pero no os perdáis este video, grabado en Suecia en 1969 con “Toots” acompañando a una deliciosa Elis Regina en plena juventud (tenía 24 años), una de las mejores interpretes de la música de Brasil, que lamentablemente falleció doce años después. Os fascinarán los dos.

CINE Y LITERATURA: “EL EXORCISTA”

En 1971, un escritor norteamericano llamado William Peter Blatty publicó una novela sobre un tema vidrioso y poco conocido: el exorcismo.
Su novela se llamaba “El exorcista” y estaba basada en un hecho real ocurrido en Maryland en 1949 y enseguida se convirtió en un éxito de ventas.

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William Peter Blatty, el autor

 

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Exorcismo es el ritual religioso o espiritual que se realiza con la finalidad de expulsar una fuerza maligna que se ha instalado en una persona sometiéndola y controlándola en contra de su voluntad. La fuerza maligna puede ser un demonio o un espíritu que se mueve y habla a través de la víctima.
El ritual consiste en la repetición de oraciones y el uso de objetos sagrados que puedan repeler al ente maligno, como agua bendita o reliquias.
En el evangelio se encuentran varios episodios de exorcismo, lo cual da legitimidad a los rituales practicados por miembros de la Iglesia Católica con la finalidad de expulsar a las fuerzas malignas del poseído.

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San Francisco de Asis exorcisando a los demonios de Arezzo (Giotto)

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San Francisco de Borja, exorcista

 

En 1973, En Hollywood deciden llevar a la gran pantalla la novela de Blatty, para ello lo contratan como guionista de su propia novela y escogen a un joven y prometedor realizador para que la dirija: William Friedkin que dos años antes había renovado los estilemas del cine policíaco con la popular “The French Conection” (en España conocida como “Contra el imperio de la droga”).
La película se llamó igual que la novela: “El exorcista” y constituyó un éxito mundial, siendo considerada la mejor película de terror desde la aparición del cine sonoro. Sólo “El resplandor” de Stanley Kubrik se le puede comparar.
Después de la explosión cinéfila de esta película, un tema, el del exorcismo, que no había formado parte de los mitos terroríficos cinematográficos creo escuela siendo innumerables las secuelas posteriores sin llegar a alcanzar nunca la excelencia de la película de Friedkin.

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William Friedkin, el director

Hay una lectura de género en la historia, una lectura feminista. En la revista de cine “Dirigido” del mes de julio, Luis Pérez Ochando da las pistas de por dónde pueden ir los tiros al respecto cuando dice:
“Podemos entender que la entrada del demonio en el hogar sucede en ausencia de la ley del padre –la madre es agnóstica, soltera y profesional de éxito- y que solo puede ser expulsado trayendo a la casa el orden patriarcal por antonomasia: la Biblia en manos de dos sacerdotes”
La historia que subyace en la película que vemos y el libro que leemos es la de una niña a un paso de la adolescencia que se resiste a convertirse en una buena chica convencional y respetuosa siguiendo los pasos de su madre, modelo perfecta pero a la que ella no quiere parecerse y se revuelve con todas sus fuerzas contra los símbolos de la cultura patriarcal.

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JAVIER KRAHE, TE RECORDAMOS

Hoy hace un año que nos dejó un cantautor entrañable: Javier Krahe. Sirva este post como recuerdo.

Uno de sus muchos amigos: Pablo Carbonell dijo entonces:
“No digáis se nos fue el mejor de todos,
malogrose el cumplido cantautor,
era bueno, tenía suaves modos…”
D.E.P Javier Krahe.

Y esto es lo que le escribió Iñaki Alonso en la publicación digital “LQSomos” con motivo de su muerte. Lo incluyo porque me parece muy respetuoso y muy acertado para conocer a Krahe.

“Ahora serás querido por todos, lo siento, pero en las largas ausencias en este país se beatifica al ausente, es más, alguno se quedará con las ganas de dar y asistir a una misa en tu honor… 35 años sobre los escenarios, más de 1.500 conciertos, catorce discos y la composición de 150 canciones. Un infarto, cabrón y traicionero, se nos ha llevado a un personaje de Libre Expresión, a un terco y entrañable trovador. “Es cansado, por eso al llegar la noche ella descansa a mi lado y mi voz en su costado”
Conseguiste, hiciste, fuiste… Porqué ya no estás ¿No? Creaste canciones inteligentes, para que fueran entendidas por los más simples mortales, por los más selectos ignorantes ¡creaste! Qué grande fuiste… un creador. Incluso tus letras y estribillos fueron siempre asequibles, y eso que tu música, tu creación era muy intelectual, como muy “chic”, distinguida, estilo propio. “No todo va a ser follar, ya follé el año pasado a la orillita del mar con una mujer sin par que después me dio de lado”.
Compartiste escenarios, letras, compañeros, pero nunca te dejaste llevar por “cantos de sirena”. A tu manera mantenías tu austeridad, tu alejamiento de lo mundano y comercial. Cada actuación fue un momento único, sin repeticiones, performance, sinceridad, y directo, siempre fuiste de los del ‘directo’. “San Cucufato, te enciendo este cirio. Devuélveme el amor, aquel viejo delirio”.
Como buen hombre “patrio” sufriste la censura, con tu “Cuervo ingenuo”, el corte en la televisión pública de Felipe González fue tercermundista, nos dejaron en negro la caja tonta, imposible de olvidar, aunque para ti lo peor fue no poder grabar y la anulación de tus actuaciones programadas. “Tú mucho partido, pero ¿es socialista, es obrero, o es español solamente?”
Más de risa fue lo de juzgarte por un delito de ofensas a los sentimientos religiosos por el corto ‘Cómo cocinar un crucifijo’…
Y poco más, pues hay para mucho pero sonaría a alabanzas ¡y no! eso sí que no, tú no te mereces ese trato “post”. Simplemente no me podía reprimir la necesidad de decirte algo, cuando he pensado que ya no estarás en el “Central”, sé que seguirán sonando tu letras siempre que queramos escucharlas ¡es lo que hay!
Javier Krahe, no ha muerto, todo es un burdo rumor…”

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Ian Fleming, el autor literario.

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la primera novela

En 1953, un antiguo diplomático británico, de nombre Ian Fleming, publicó una pequeña novela del género de espionaje llamada “Casino Royale”. Seis décadas después, poca gente en el mundo desconoce el nombre de su protagonista. Un personaje con pocas virtudes morales pero muy atractivo y carismático. Un personaje misógino, machista, violento rozando el sadismo, cínico y despiadado que respondía al nombre de James Bond.

Su creador, Ian Fleming, había trabajado como asistente en los servicios secretos británicos de manera que conocía los ambientes y los mecanismos donde se movían los personajes de sus libros.
No fue un autor prolífico, solo escribió doce novelas largas y nueve cortas en las que aparecía su personaje. Escribió también algunos cuentos infantiles y juveniles, pero durante los años cincuenta el éxito de sus novelas de espionaje, le permitió vivir sus últimos años en un espléndido retiro jamaicano: su finca Glodeneye, lugar donde escribió toda su obra. Falleció de una crisis cardiaca en el 64, a los 56 años.

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El primer y más genuino Bond: Sean Connery

No obstante la eclosión, a nivel mundial, de su personaje no llegó a verla en toda su dimensión, ya que es obra del cinematógrafo y Fleming falleció solo dos años después de que se proyectara la primera película de Bond: “Agente 007 contra el doctor No” y no sería hasta la tercera “Goldfinger” en la que se dio el paso decisivo en la universalización del personaje. Desde entonces hasta la más reciente “Spectre” del año 2015 han sido un total de 26 películas (24 de la productora oficial: EON y 2 de productoras diferentes). Las películas han constituido una escalada cada vez más espectacular con difusión mundial pasando por altibajos en cuanto a calidad y fidelidad a los parámetros del personaje original.

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El rostro de Bond como lo veía Ian Fleming

En estos altibajos tiene importancia la selección del actor escogido para interpretar al personaje y también las políticas de estudio y adecuación al público objetivo. No son iguales las versiones interpretadas por Roger Moore (mucho más cómicas y adecuadas para un público familiar) que las interpretadas por el primer Bond (Sean Connery) o el último (Daniel Craig), ambas mucho más ajustadas al carácter y la personalidad definidos por Fleming, siendo Bond mucho más cínico y violento.

Es importante destacar que Fleming supo crear a lo largo de sus novelas, mediante sutiles informaciones, toda una vida de su personaje así como gustos y aficiones y forma de ser, incluso su aspecto físico. Valga de ejemplo que en su primera novela “Casino Royale” la protagonista femenina dice una frase que basta para que veamos muy bien como era el Bond de Fleming. Ella dice de Bond: “Me recuerda mucho a Hoagy Carmichael pero tiene algo frío y despiadado”. Carmichael era un músico de jazz muy conocido en los años 50 y con los calificativos “frío y despiadado “ y la cara de Carmichael ya teníamos al Bond de Fleming. El cine se encargó de modificar su aspecto a través de los diferentes actores que lo encarnaron, siendo el más parecido y el más fiel, el primero: Sean Connery, considerado como el mejor de todos, obviamente.

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Hoagy Carmichael, pianista de jazz e inspirador del personaje de Bond

El personaje todavía está muy vivo después de sesenta años y forma parte de la cultura popular del siglo XX y ya del XXI, al igual que otros personajes traídos a este blog: Tarzán, Sherlock Holmes o Drácula. El cine, principalmente, en este caso más que la literatura, pero también el comic y la televisión se han encargado de dar vida, forma y color, a este espía universal.

 

 

 

 

 

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George Lazenby, el más efímero

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Timothy Dalton, el más intelectual

 

 

 

 

 

 

 

 

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Roger Moore, el más familiar

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Pierce Brosnan, el más elegante

 

 

 

 

 

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Daniel Craig, casi tan genuino como Connery y el último Bond hasta ahora.

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James Bond en el comic

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Portada de un comic de los años 50. “Agente 007 contra el Dr. No”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este video con el archiconocido tema musical de James Bond nos lo recuerda. Parece mentira que hayan pasado sesenta años.

DOROTHY PARKER POETA EN NUEVA YORK

parker -2-Dorothy Parker fue una cuentista, dramaturga, crítica teatral, humorista, guionista y poeta estadounidense. De ascendencia judía, era muy conocida, en los años entreguerras, por su cáustico ingenio, su sarcasmo y su afilada pluma a la hora de captar el lado oscuro de la vida urbana en el siglo XX.

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Dorothy Parker odiaba todo, incluso la vida, sobre todo la vida.
Quien fuera la mujer más ingeniosa de la capital del mundo era, como invita a adivinar su amarga mordacidad, adicta a las turbulencias.
La parte más importante de la obra de Parker la constituyen sus cuentos. Aunque a menudo jocosos, eran sobrios y punzantes, y guardaban un fondo más agridulce que cómico. Sus amistades encontraban en ellos fuente de gozo y de tristeza al mismo tiempo. Logró que revoloteasen a su alrededor no solo las figuras más brillantes de su época —desde Scott Fitzgerald, George S. Kaufman a Dos Passos pasando por Hemingway— sino todas las emociones genuinas: se la veneraba, temía, amaba y odiaba con idéntico fervor por parte de sus víctimas, que eran todos. Publicó en las mejores cabeceras, se empapó en los mejores (y también los peores) destilados y dejó para la posteridad las inmortales frases cáusticas que hacían que ningún tugurio de Nueva York amaneciera sin que la muletilla «como dijo Dorothy Parker…» se pronunciara una decena de veces. Incluso Cole Porter encabezó con ella la canción «Just One of Those Things».

2 poemas de Dorothy Parker

Reclusa en las Blue Mountains

Vine por la calma
No me preocupa el frío
Pero las brumas espesas
Los vecinos espesos
Y el celibato involuntario
Inducen a beber tanto
Como el humo de los coches, el alquiler caro
Y los policías corruptos
No me gustan los paseos por el bosque
Ni los tés de Devonshire
Ya no recuerdo qué gusto tiene
La adrenalina
Necesito Sidney
Necesito un trabajo nuevo
Inventario

Cuatro son las cosas que conozco y me hacen más sabia:
Pereza, pena, un amigo y un enemigo.
Cuatro son las cosas sin las cuales todo hubiera estado mejor:
Amor, curiosidad, pecas, dudas.
Tres son las cosas que nunca lograré:
Envidia, profundidad y suficiente champagne.
Tres son las cosas que tendré hasta la muerte:
Risa y esperanza y un ojo en compota.
Coincidencia desafortunada
Desde el momento en que jures que soy suya,
Temblando de emoción, suspirando,
Y él jure que su pasión es
Infinita, que está siempre encendida.
Mi querida, anótate esta:
Uno de los dos está mintiendo.

LȈ

Desde 1919 fue la principal animadora del grupo de intelectuales conocido como mesa redonda del Algonquín (1919-1929). Llamado así porque las reuniones se celebraban en el Hotel Algonquin. Era un grupo consagrado a acuñar maldades, chistes y comentarios cáusticos sobre estrenos y temas de actualidad durante sus comidas y partidas de póker.
Fueron miembros de esa tertulia, tan temida como admirada, entre otros: Noël Coward, Margaret Leech, Robert Benchley, Harold Ross, Robert E. Sherwood, Edna Farber e incluso Harpo Marx y muchos más.

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Algunos miembros de la Mesa Redonda del Algonquin.

Después del cambio de década, en 1930, empezó su decadencia como escritora y al mismo tiempo su dedicación a la política como defensora de los derechos civiles llegando a aparecer como afiliada al Partido Comunista en las listas negras de Hollywood. Alcohólica y con tendencias suicidas, lo intentó hasta tres veces, falleció un día como hoy, 7 de junio, del año 1967 a los 73 años. En su sepulcro se puede leer un epitafio propio y personal, que describe su mordacidad: “Excuse My Dust” (Perdonen el polvo)

¿DONDE ESTA IRVINE?

Charles Baldry cumplió los 100 años el 23 de abril de 1999. Tenía la mente en perfecto estado, pero no se podía decir lo mismo de su cuerpo. Desde los noventa años no podía valerse de sus piernas y utilizaba para desplazarse una silla de ruedas que manejaba su sirviente, Kabir Shamad, un pakistaní de veintinueve años nacido en Karachi pero que vivía en Londres desde los cinco.
Una tarde cálida del mes de mayo, después de un largo paseo por los caminos que atravesaban Hyde Park, ordenó a Kabir que le llevara al número uno de Kensington Gore, donde estaba la sede de la Royal Geographical Society. Allí, ante la puerta principal, se podía ver un cartel apoyado en un soporte de madera anunciando una conferencia que, con el título La carrera por la cima del Everest: Mallory vs. Hillary, pronunciaba el profesor numerario de Geología de la Escuela Tecnológica de Massachussets, James K. Ryan. El anciano hizo una seña a su sirviente para que empujara la silla hacia el interior del edificio. La conferencia estaba a punto de empezar. Subieron en un ascensor hasta el segundo piso y un ordenanza les abrió una gran puerta de madera con remaches de bronce por la que penetraron en una sala en penumbra que se adivinaba completamente abarrotada. Se quedaron en el fondo de la sala, el inválido sentado en su silla y el sirviente a su espalda, inmóvil, oscuro y silencioso.
Durante el desarrollo de la conferencia, Charles Baldry no dijo nada. Sólo se le vio negar, moviendo la cabeza con energía, cuando se proyectó una película filmada por Michael Westmacott durante la ascensión del grupo de Hillary a finales de mayo del 53.
Al terminar de hablar, el conferenciante, un hombre joven de poca estatura pero en buena forma física, invitó a los concurrentes a iniciar un turno de preguntas a las que respondió con soltura y seguridad con un acento marcado que delataba su procedencia. Durante el coloquio, Charles Baldry no preguntó nada, pero atendió a su desarrollo con gran interés.
Cuando se dio por terminada la sesión, el señor Ryan recogió sus papeles y las transparencias que había utilizado y los introdujo ordenadamente en un archivador verde que cerró con una enorme goma elástica. Después guardó el proyector en un pequeño armario pegado a la pared. Los asistentes fueron saliendo tranquilamente al tiempo que comentaban detalles de la conferencia.
El conferenciante se puso una chaqueta de paño gris oscuro y bajó de la tarima con su archivador bajo el brazo dirigiéndose a la salida. Antes de llegar a la puerta se fijó en que no habían salido todos los asistentes. Dos personas inmóviles, una sentada en una silla de ruedas con una manta sobre las piernas y detrás una figura de la que apenas se veían las facciones, parecían esperarle. Avanzó por el pasillo central en dirección a la salida y al llegar a la altura del inválido se detuvo. Charles Baldry le miró a los ojos mientras le decía con voz ronca:
– ¿De verdad cree usted que fue Hillary el primero en llegar al Everest? –y después de un momento de vacilación continuó– fue Mallory quien pisó el Everest antes… veintinueve años antes. Yo estuve allí.

Charles Baldry, su criado y James K. Ryan entraron en la mansión del primero en silencio. Era uno de los grandes palacetes construidos a lo largo de Kensington Road, al estilo de los que levantó Christopher Wren, pero menos suntuoso. Las campanas del Imperial College daban las diez cuando se acomodaron en la inmensa biblioteca. Kabir avivó el fuego de la chimenea y puso un par de secos tocones de madera de fresno. Su señor tenía siempre frío, incluso en las noches templadas como aquella.
–Siéntese cerca del fuego –ordenó el señor Baldry a su invitado– esta noche es especialmente fría.
–No, ¡por Dios! –respondió éste inmediatamente, negando con la cabeza– en esta habitación hace mucho calor. ¿Le importa que me quite la chaqueta?
–Póngase cómodo, amigo James –se rindió su anfitrión–. ¿Le puedo llamar James? Esta será una noche muy larga.
El anciano se arrebujó bajo una manta escocesa. Estaba sentado en un sillón tapizado con motivos florales, negros y azules, muy cerca de la lumbre. Kabir lo había trasladado desde la silla de ruedas con gran delicadeza y sin esfuerzo.
– ¿Le apetece beber algún licor, James? ¿Un brandy, quizás? ¿Un sherry?
–Si no fuera un atrevimiento por mi parte tomaría un bourbon. ¿Usted me acompañará?
–No, el alcohol no me está permitido. Haría una excepción de buena gana pero mejor que no –y dirigiéndose al pakistaní le ordenó– Kabir, tráele a nuestro invitado una copa y la botella de Four Roses.

James Ryan volvió a su habitación en el Hotel Derby pasada la medianoche con la sensación de haber tenido un sueño. Un sueño real y muy vívido. Antes de que la inconsciencia comenzara a atraparle decidió que, para no perder el menor detalle, lo mejor era dejar por escrito todo lo que Charles Baldry le había explicado en su biblioteca al calor del fuego. Se levantó, se puso un batín y se sentó en la mesita auxiliar. Le gustaba escribir a mano y especialmente con pluma estilográfica. Utilizaba una Cross de oro que le habían obsequiado su esposa y su hija las pasadas navidades. Cogió del cajón de la mesita un cuaderno con membrete del hotel y comenzó:

»Recuerdos e impresiones desgranados por el propio Sr. Charles Baldry al respecto de la Tercera Expedición Británica al Everest en junio de 1924. El Sr. Baldry afirma que participó personalmente en dicha expedición aunque no constara oficialmente su presencia. Confirmo esta circunstancia, ya que en ninguno de los documentos que han obrado en mi poder he podido constatar que en la expedición hubiera un quinto escalador británico por encima del Campamento 6. Solo encontré información de Mallory, Irvine, Odell, Hazzard y cinco sherpas.
»Habla el Sr. Baldry:
»Dejaré al margen el motivo de mi presencia, así como todos los preparativos, y me referiré exclusivamente a lo realmente importante: el ataque a la cumbre del Everest por parte de Mallory e Irvine en el día 8 de junio de 1924.
»Aquella mañana mis dos compañeros iniciaron el ascenso final desde el último campamento, el C6, a 8160 metros. En el C6 quedó, como grupo de apoyo, el resto de la expedición. A través de unos prismáticos potentes se pudo seguir su progresión hasta el segundo escalón rocoso, un paso difícil a unos trescientos metros de la cumbre. A partir de allí su avance quedó oculto por las agudas aristas y las nubes que formaba el viento en la cumbre.
»Mallory, con 38 años, sabía que estaba agotando su última oportunidad para conseguir el sueño de su vida. Estábamos seguros de que haría todo lo humanamente posible e incluso lo imposible por coronar la cima. En cambio Irvine… Irvine era muy joven, nadie podría culparle de que el miedo le hubiera paralizado y no hubiera podido seguir
»Irvine llevaba una cámara Kodak, muy manejable, con la que esperábamos que quedara inmortalizada la gesta en el momento en que se produjera. La noche anterior al ataque a la cumbre, Mallory me había mostrado una fotografía de su esposa Ruth que llevaba siempre encima con la finalidad de cumplir una promesa. Debía colocar la imagen de Ruth en la cima del mundo.
»Transcurrió todo el día y las condiciones meteorológicas fueron empeorando. No obstante, desde el C6 se estuvo escudriñando la zona del escalón rocoso donde habían sido vistos por última vez, aunque sin suerte.
»Terminó el día sin noticias de ellos. Una ventisca nos hizo temer lo peor. Pasamos la noche en vela, apretujados en el interior de la tienda, con el corazón en un puño. Sabíamos que para Irvine y Mallory sería muy difícil sobrevivir a la intemperie. Nuestro único consuelo, por otra parte preñado de egoísmo y vanidad, era el convencimiento íntimo de que habían conseguido coronar.
»El día amaneció calmado y el cielo sin nubes. Nos equipamos con rapidez e iniciamos el ascenso hacia el escalón. Todos estábamos muy afectados anímicamente, y también físicamente. Hazzard estaba perdiendo el tacto en los dedos de los pies, y Odell sufría una afección respiratoria que posteriormente evolucionó hacia una bronquitis aguda. Los dos se vieron obligados a detenerse a un centenar de metros del C6. Yo estaba solo.
»El altímetro indicaba que me encontraba a 530 metros de la cumbre cuando le vi en el suelo, al pie del escalón rocoso. Estaba inmóvil y por el cabello reconocí a Mallory. Blancos nubarrones empujados por un fuerte viento que venía del norte me rodearon. El tiempo estaba cambiando de repente. Tuve tiempo de buscar entre la ropa de Mallory la fotografía de su mujer. No la encontré, lo cual me produjo una extraña e incómoda satisfacción. En cambio, encontré las gafas de sol en la mochila. Esto me confirmó lo que sospechaba. Mallory descendía de noche y probablemente se despeñó, lo cual significaba que habría tenido tiempo de llegar a la cima. Pude comprobar que tenía la pierna izquierda partida, vi también que llevaba una cuerda de escalada atada a la cintura cuyo extremo se perdía debajo de su cuerpo. Pero ¿y Irvine? Era muy importante encontrar a Irvine y la Kodak con las fotografías que demostrarían al mundo la consecución de la hazaña. El mundo tenía que saber que se había alcanzado, por primera vez, la cumbre de las cumbres.
»No encontré nada más y no pude saber qué pasó exactamente, solo conjeturas. Tuve que dejarle para salvar mi propia vida. Durante el descenso tomé la decisión de no informar del hallazgo, un sentimiento de culpabilidad me apretaba en el pecho. Después de regresar al C6 el tiempo se volvió feroz e implacable. Odell y Hazzard ya habían sido rescatados por un equipo de salvamento y se recuperaban en el hospital de campaña del campamento base. Yo esperé unos días con la esperanza de que la enorme ventisca remitiera. No fue así y poco después abandoné definitivamente la montaña. Triste y derrotado regresé a Inglaterra. Mis compañeros aún tardaron dos semanas en volver. Yo jamás revelé mi secreto. No estoy seguro de haber hecho todo lo posible. Aunque ahora, en las puertas de la muerte, creo que mi deber es pasar esta información a alguien que la pueda dar al mundo, o no. Mi responsabilidad termina aquí y ahora. Nunca regresé a la montaña, no solo a ésa, a ninguna.
»Hasta aquí se transcribe el testimonio de Charles Baldry.

James Ryan cerró su estilográfica y después de apagar la luz de la mesita intentó conciliar el sueño, lo consiguió de una manera intermitente hasta que el alba iluminó la estancia. Había algo extraño en aquella historia, tal vez los desvaríos de un anciano. Su avión salía de Gatwick al mediodía. Cuando llegó a su casa en Boston, después de un viaje en el que estuvo inquieto y preocupado, besó a su mujer y a su hija y por fin pudo descansar. Era consciente de que Charles Baldry no le había dado pruebas de nada, pero sabía cosas que solo alguien que hubiera estado allí podría saber. Decidió guardar todo lo escrito y esperar.
No tuvo apenas tiempo de madurar sus ideas. El día dos de junio le llegó la constatación de que las cosas que ocurren en el mundo tienen, a veces, una lógica interna, unas casualidades y azares que no podemos comprender. Ese día comenzó con un hecho que le volvió a situar en la cima del mundo. Desde que era estudiante en la Universidad de Harvard, tenía la costumbre de desayunar, invariablemente, un café con leche y un trozo de tarta de arándanos, al mismo tiempo que daba un vistazo rápido a los titulares del Boston Globe o el Post. En la página de curiosidades del Globe un titular le llamó inmediatamente la atención. Decía así: “La expedición de Simonson encuentra el cuerpo de Mallory después de setenta y cinco años”. Leyó el artículo con atención y pudo constatar que confirmaba, exactamente, todo lo que Charles Baldry le había contado en Londres hacía escasamente veinte días.
Habían encontrado a Mallory cerca del segundo escalón. Estaba boca abajo y tenía fracturados la tibia y el peroné de la pierna izquierda. En la noticia se mencionaba la ausencia de la fotografía de Ruth y la presencia de las gafas de sol en uno de los bolsillos de la mochila que hallaron cerca del cuerpo. También destacaban que el hallazgo se había dado en un lugar donde el hielo se había descongelado parcialmente.
Pensó en llamar a Londres para comentarle la información al anciano, pero decidió hacerlo desde su casa a primera hora de la tarde por la diferencia horaria. Cuando llegó a casa su mujer le dijo que el Servicio de Correos le había traído una carta de Londres. Se sentó en su sillón favorito y miró el remitente. El nombre de Kabir Shamad destacaba con letras poderosas y negras. La abrió con nerviosismo y en el interior encontró una pequeña misiva, en la que Kabir le informaba del fallecimiento de Charles Baldry durante la noche del sábado anterior. Había muerto de una forma dulce y sin sufrimiento. Simplemente se acostó y ya no despertó. Le informaba, también, que las cenizas del cuerpo incinerado iban a ser esparcidas desde un helicóptero sobre la cima del Corno Nero, siguiendo los deseos expresados en vida por el anciano escalador. Se trataba de una montaña alpina cercana al Monte Cervino y culminarla fue la primera vez que superó los 4.000 metros con apenas dieciséis años. James Ryan sostuvo entre sus dedos aquella carta y no pudo evitar sonreír al recordar a Charles Baldry, el compañero anónimo y guardián del secreto de Mallory e Irvine. ¡Irvine…! De repente volvió a su mente una pregunta sin respuesta. ¿Dónde estaba el cuerpo de Irvine? y otra más ¿cómo sabía Baldry del miedo de Irvine? Intentó recordar cual era el aspecto físico de Irvine pero ninguna imagen le venía a la memoria. No se había dado cuenta, hasta ese momento, de que no había visto documentos gráficos sobre él. Irvine y su imagen habían desaparecido en el Himalaya, una noche de junio de 1924.

Albert.

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Expedición británica de 1924 al Everest. De pie, el primero de la izquierda es Irvine, a su lado Mallory

 

“LA PUERTA DEL CIELO” UNA PELICULA A RECUPERAR

En el Hollywood de los años 70, se había afianzado un sistema de producción en el que primaban los autores por encima de los productores. Era la época en la que realizadores como Coppola con “Apocalipsis Now”, Hal Ashby con “Shampoo” o Robert Altman con “Nashville” y “Popeye”, se excedían en los presupuestos sin importarles la relación coste-beneficio. “No molesten con facturas, el director está creando” era la frase que flotaba en el aire de la Meca del Cine antes de los 80.
No es casualidad que Ronald Reagan llegara a la Casa Blanca en el 81 para que todo cambiara.
Las productoras necesitaban recobrar el control de las películas quitándoselo a los directores-estrella que les estaban llevando a la ruina, bueno tampoco a la ruina, pero no producían los beneficios que el capital quería obtener y de paso tocaban temas comprometidos que al capital no le gustaba.

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Los padres de United Artists: Fairbanks, Pickford, Chaplin y Griffith

Una de las principales productoras era United Artists. Su origen se encontraba en la época anterior al sonoro, había sido fundada por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D.W.Griffith con la intención de plantar cara a los grandes estudios de Hollywood. El camino de esta productora, un camino de éxito ya que era una de las principales desde la Edad de Oro del cine, se truncó violentamente con la película que comentamos aquí: “La puerta del cielo” de Michael Cimino. Se trata de una película que resultó ser muy cara, aunque nada comparado con las de años posteriores, no obstante el fracaso fue de tal magnitud que llevó a la ruina a la United Artists. Todo se confabuló en contra de ella, su coste, la baja recaudación, las críticas demoledoras a pesar de que se trata de un film excelente.

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Cimino era un director joven que había dado en el clavo con una película del año 78: “El cazador” con éxito de crítica y con grandes recaudaciones.
“La puerta del cielo” por el contrario naufragó, por las circunstancias comentadas pero probablemente también porque su fracaso le iba de perlas a la industria del cine, en general, e incluso a la sociedad norteamericana. Durante los años 60 y gran parte de los 70, el cine, aupado por las revoluciones culturales hippies le dio la manija a un grupo de directores que apostaban por el Arte en mayúscula, cuando el arte y la taquilla iban de la mano. Fue quizás la última época en la que el cine era arte. A partir de “La puerta del cielo” y su naufragio, los productores tuvieron las manos libres para la infantilización cinematográfica que todavía nos inunda.

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El director Michael Cimino y el protagonista masculino Kris Kristoferson

“La puerta del cielo” muestra la cara sucia del sueño americano tomando como argumento principal la plasmación en la pantalla de un oscuro episodio histórico de exterminio de emigrantes por parte de los grupos aposentados con el consentimiento de las instituciones. Se trataba de un argumento arriesgado que Hollywood no hubiera demonizado sólo un par de años antes, pero los ochenta ya había llegado y como hemos dicho, Reagan a punto de aparecer y con él un cambio considerable en la sociedad.

La película tenía todos los ingredientes para ser lo que es en realidad, una magnífica película que nació en un momento equivocado. La realización es exuberante pero excelente igual que las interpretaciones, la música, la fotografía, la decoración. Planos llenos de figurantes, lentas y largas secuencias construidas sobre música y bailes, cine en estado puro que se convierte en fracaso por razones que no son cinematográficas.

“La puerta del cielo” fue la última y mejor gran película desmitificadora de un estilo de cine que ya no existe. Es importante recuperarla. Si no la habéis visto no os la perdáis.

Estas dos secuencias musicales, sin palabras, están filmadas espléndidamente y dan una idea de la calidad lírica de las imágenes de Cimino.

HÔTEL DE LA GARE

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Para Julio Mateo, los jueves siempre habían sido especiales. En jueves nació, en jueves se casó, y el día que su mujer le dejó por un pediatra también era jueves. En verano, todos los días, después de comer, tenía la costumbre de dormir una ligera siesta. Aquel jueves de finales de septiembre, pocos minutos después de quedarse dormido, el ruido impertinente del timbre de la calle le despertó. Se levantó maldiciendo y, a través del visor, la sonrisa del cartero le saludó desde el otro lado de la puerta. Llevaba un paquete para él.
Julio Mateo buscó en el exterior del envoltorio un remitente que no encontró. Por el franqueo, dedujo que estaba expedido desde algún lugar de Francia que no pudo identificar. El paquete era del tamaño de un disco compacto. Todavía somnoliento, lo abrió con unas pequeñas tijeras. No había carta ni nota alguna, sólo una cinta de Super 8 protegida por una funda de plástico de color anaranjado. Sentado en su sillón, un tanto perplejo, trató de ver al trasluz el contenido de la película. No lo consiguió, los fotogramas eran demasiado pequeños para su vista. Con gesto de fastidio, dejó la cinta sobre la mesita de centro y se arrellanó, sin poder conciliar de nuevo el sueño. La cinta misteriosa le mantuvo atento y lo suficientemente preocupado como para no pensar en nada más. Al poco, se levantó decidido a visionar la enigmática película.
Sacó del fondo del armario el antiguo proyector, colocó el carrete en el rotor y lo conectó. No se molestó en sacar de su escondite la pantalla, la pared del salón era blanca y serviría para la ocasión.
Había algo en la película que le fascinó de inmediato. No tenía sonido y durante los cinco minutos que duró su proyección sólo pudo ver a un hombre, de espaldas a la cámara, caminando por las calles desiertas de una ciudad que le era desconocida. El caminante, vestido con un chaquetón azul oscuro de los llamados de marinero, le era vagamente familiar. Andaba lentamente, sin enseñar el rostro nunca, y por mucho que Julio Mateo intentaba descubrir algo que le permitiera identificar el lugar o el tiempo en que se había hecho la filmación, no lo consiguió. Sólo al final de la proyección se podía ver un rótulo en grandes letras azules, en la parte superior de la fachada de un edificio, al cual parecía dirigirse directamente el caminante. En él se leía con claridad “Hôtel de la Gare”. El imponente edificio, con aspecto de balneario de estilo art nouveau, tenía forma angular con fachada en dos avenidas. En la parte frontal, en cada uno de los pisos, destacaba un balcón ornamentado, ventanas y balcones rectangulares llenaban las dos fachadas y en el tejado negro, buhardillas con persianas en el frontal. Tres escalones salvaban el desnivel desde la calle, hasta llegar a una puerta giratoria de cristal esmerilado y marco oscuro que constituía la entrada principal. Cuando el desconocido llegó al tercer y último de los escalones, la cinta se terminó con un chasquido. Unos segundos antes, se había vuelto mirando fijamente al objetivo que le filmaba. Sus ojos, en primer plano, fueron lo último que se vio de la película. La pared se puso intensamente blanca. La proyección había terminado y Julio Mateo quedó literalmente aplastado en el fondo de su sillón. Aquellos ojos eran los suyos.

A la semana siguiente, primer jueves de octubre, Julio Mateo regresaba a su casa lentamente, disfrutando de las primeras sombras de la noche. Al llegar a la altura de la catedral reparó en las luces mortecinas del Mercado de Anticuarios y, tras un momento de duda, cruzó la calle para internarse por entre los tenderetes. Había poco público y en los altavoces sonaba la voz en sordina de Georges Brassens cantando Les copains d’abord. A pesar de los avisos que prohibían tocar los objetos, cogió alguno, siempre con respeto, para mirarlo más de cerca. Un libro de comunión nacarado, que le trajo a la memoria un domingo de primavera en la iglesia de los maristas, o una fina boquilla de marfil, que llevó su imaginación a una boquita pintada de un carmín muy intenso. Sus ojos vagaban por encima de los objetos expuestos cuando se quedaron inmóviles sobre uno de ellos y ya no vieron nada más. Apoyada en un candelabro de siete brazos, una fotografía enmarcada en escayola dorada le mostraba un edificio que él conocía muy bien. Las grandes letras azules con las palabras “Hôtel de la Gare” y la oscura puerta giratoria eran inconfundibles. Brassens había terminado de cantar su canción y sonaba la voz peculiar de Aznavour. Compró el cuadro sin discutir el precio. Sin mirar nada más se fue a su casa.

Aquella noche tomó la decisión de hacer un corto viaje a Lyon. Al desmontar el marco había podido leer, al pie de la ampliación, que correspondía a una fotografía tomada en 1935 en el “Hôtel de la Gare” de ésa ciudad. Estaba casi seguro de no haber estado jamás en Lyon, pero recordaba un viaje, diez años atrás por el sur de Francia con Cristina, una buena amiga de la época en que ambos eran estudiantes en la Facultad de Derecho. La llamó para confirmarlo y Cristina, cuya memoria era excelente, le explicó el itinerario exacto. Estuvieron en Avignon e hicieron una escapada a Nice y Marseille, pero a Lyon no, a Lyon no llegaron.
El miércoles siguiente, a las nueve en punto de la mañana, Julio Mateo subía al talgo de París en la estación de Sants. Pasaban diez minutos de las cinco de la tarde cuando bajó del tren en el andén de Lyon Perrache. Julio se encaminó al Hôtel Berlioz, a cuatrocientos metros de la estación. Allí tenía reservada una habitación hasta el sábado. Iba solo. Había intentado convencer a Cristina de que lo acompañara, pero ella no podía. Una enfermedad de su madre la obligaba a permanecer en Barcelona.
Al día siguiente, jueves, Julio se dirigió a la Oficina de Turismo con la intención de averiguar algo acerca del Hôtel de la Gare. Una chica muy amable, en castellano, le informó de que, en la actualidad, no había, en Lyon ni en los alrededores, ningún hotel llamado así. Julio le pidió la dirección de la Biblioteca Municipal y se dirigió hacia allí. Estaba seguro de obtener la información necesaria acerca del desaparecido hotel. Efectivamente, pudo averiguar que el Hôtel de la Gare había sido un lujoso establecimiento inaugurado a principios de siglo. Estaba situado en la calle principal del centro histórico de la ciudad, el cours Charlemagne, muy cerca del lugar donde el Saône y el Rhone mezclan sus aguas. Julio se dirigió hacia aquel lugar con la impresión de estar llegando al final del camino. Lo reconoció de inmediato. La escalera con los tres peldaños, la puerta giratoria, la fachada pintada exactamente del mismo color con el que aparecía en la película, blanco y beige. Aparentemente, la única diferencia estaba en el gran letrero que coronaba la entrada. En lugar de “Hôtel de la Gare”, en las grandes letras azules se podía leer “Hôpital Gériatrique du Rhone”. Subió la escalera con lentitud y miró hacia atrás, justo antes de desaparecer en el torbellino de la puerta giratoria.

Albert

 

EN RECUERDO DE MIGUEL HERNANDEZ

“La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.”
Así empiezan las famosas “Nanas de la cebolla”, el poema que Miguel Hernández Gilabert compuso para su esposa y su hijo desde la cárcel de Alicante donde moriría de tuberculosis con sólo 31 años.
Miguel Hernández considerado por Dámaso Alonso como el epígono de la Generación del 27 (aunque no era la suya desde el punto de vista histórico) fue el Poeta del Pueblo.
Autodidacta, leía los clásicos mientras cuidaba las cabras del rebaño familiar: Góngora en primer lugar, pero también Lope de Vega, Calderón o Garcilaso eran sus maestros e inspiradores.
Creador de un conjunto de poemas impresionante en poco tiempo y en una época extremadamente convulsa, su obra pervive en los libros publicados en plena Guerra Civil: “Cancionero y Romancero de ausencias”, “Viento del Pueblo” o “El rayo que no cesa” entre otras.

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Uno de sus poemarios

(Fragmento de ¿Recuerdas aquel cuello…?, 1935)

“Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.
Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.”

Los temas amorosos y los de talante surrealista dieron paso a temas mucho más comprometidos con el pueblo que sufría la contienda en aquellos años. Miguel era la voz de los desheredados no limitándose a coger un lápiz y un papel sino también el fusil.

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Miguel en el frente

 

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Miguel con su esposa Josefina Manresa

(Canción última , 1938)

“Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.”

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En Orihuela se conserva la casa donde vivió con su familia y es un lugar de peregrinación poética. En ella se conservan recuerdos y fotografías familiares. Es una casa típica de Orihuela, de una sola planta con un pequeño huerto en la parte trasera. En ella creció Miguel y es especialmente emotiva la higuera que todavía existe y en la que él se apoyaba y escribía sus primeros poemas.

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La higuera

 

Serrat versionó en 1972 uno de los más estremecedores poemas de Miguel: “El niño yuntero, 1937”

 

XAVIER GOSE: ILUSTRADOR ENTRE EL “ART NOUVEAU” Y EL “ART DÉCO”

Pasar un rato en la exposición que el Museo d’Art Nacional de Catalunya ha organizado en torno a la obra de Xavier Gosé es como sumergirse en el ambiente mundano de principios de siglo, en los años anteriores a la Gran Guerra. Es como deambular entre la gente guapa que poblaba las ciudades cosmopolitas europeas en aquellos años. Artistas, modelos, alta costura, Gosé nos lleva de la mano y nos enseña como era la vida en los círculos de poder poco antes de quedar truncada por la violencia de las armas.

Xavier Gosé volvió de París para morir en su país. Él, como otros de su entorno, pensaba que el conflicto que se avecinaba no sería ni muy largo ni muy duro. La historia ha demostrado que se equivocaba, pero él no lo pudo constatar. Falleció en Lleida en 1915, en casa de su madre, tenía solo 39 años y nos dejó, con lo que salía de sus manos y de su corazón, un legado magnifico de esta época mítica: fin de siécle. Durante los primeros años del siglo XX, en Europa se vivía como en el siglo anterior y con una explosión artística muy importante. Gosé lo vivió de primera mano y lo plasmó en su obra. Después ya nada sería igual aunque él no lo pudo ver.

Esta es una pequeña muestra de su obra.

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Icult Exposicion de la obra de Xavier Gose en el MNAC      LE MANTEAU BLEU

 

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