AQUÍ SE DAN…

A veces pasear por Barcelona  sube la moral.

No tanto por lo que hay ni por  lo que ves, sino por las posibilidades infinitas de poder conseguir cualquier cosa.

Y es que ayer encontré algo que me encantó de entrada, pero luego pensé: no sé si quiero. No, no de cualquiera. Pero, en el fondo,  quizás esté bien así porque sí, así sin más. ¿Por qué no arriesgarme?  ¿Y si me gusta?

No entré, no me atreví, pero me han quedado ganas de probar. Sí, lo he decidido, hoy vuelvo.

Ya os lo explicaré.

la foto (55)

EL PRIMERO

Lo puedo tocar. Lo miro. Lo huelo.

No pesa mucho. Es suave. Negro, brillante.

Tiene el dibujo de un ojo en el centro.

Sigo sus contornos angulados con el dedo.

 

Es tan nuevo… Es un recién nacido que empieza a respirar.

Lo sostengo en una mano. Lo acuno en mi pecho. Lo beso.

Le hago una foto para cerciorarme de que no es una ilusión.

No. Es su primera vez y la mía también.

 

¡Qué extraña magia hace que los pensamientos se transformen en símbolos blancos y negros!

Que con sólo veintiocho de ellos puedan formarse palabras, ideas, historias y cuentos.

 

Desde que tú eres tú sé que ya no te tengo.

Desde que te di nombre y apellidos sólo espero que alguien se entregue a ti, que disfrute contigo tanto como yo lo hice cuando te escribí.

                                                                                       

EL OJO DE LA SERPIENTE

 

 

Sábado 23 de Abril en Barcelona.

Plaza Villa de Madrid esquina calle Canuda de 16 a 18 horas.

Taula de ACEC (Associació Col.legial d’ Escriptors de Catalunya)

SHERLOCK HOLMES: INVESTIGADOR DEL SIGLO XX

En 1887, la editorial británica Ward, Lock & Co. publicó en su revista Beeton’s Christmas Annual, una historia de misterio escrita por un autor escocés desconocido: Arthur Conan Doyle. La historia se llamaba “Un estudio en escarlata” y en ella aparecía un personaje que, con el tiempo, sería universal: Sherlock Holmes.
Un año más tarde, la misma editorial, la publicó en formato de novela cobrando el autor 25 libras esterlinas por todos los derechos.

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Arthur Conan Doyle era médico de carrera y aficionado a la escritura. Hasta la aparición de “Un estudio en escarlata” apenas tenía obra publicada. Como consecuencia del éxito popular de su personaje, decidió continuarlo escribiendo tres novelas más y cincuenta y seis narraciones cortas teniendo como protagonistas a Holmes y el Doctor Watson.

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Arthur Conan Doyle

 

 

Holmes es el arquetipo de investigador que utiliza preferentemente su inteligencia y su capacidad de observación y deducción para solucionar los complicados casos que se le presentan. Influyó decisivamente en la ficción detectivesca desarrollada a lo largo del siglo XX.

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Ilustración de la primera edición

 

 

 

 

 

 

 

 

El escritor creó a su personaje con unas características determinadas que le hicieron popular, muy querido por los lectores: excéntrico, misógino, excelente actor y también boxeador, toca un Stradivarius con maestría, experto químico y ligeramente cocainómano (cuando se aburre). El compañero de Holmes, el Dr. Watson, médico militar, es su contrapunto: racional, lógico y enamoradizo. Se da la circunstancia que Doyle le da el papel de cronista de la mayoría de las historias holmesianas, con la excepción de cuatro. Vemos a Holmes a través de Watson, es su punto de vista el que nos llega por lo que se trata de un personaje mediatizado por otro.

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Basil Rathbone, uno de los Holmes más populares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conan Doyle no solo escribió las aventuras de Holmes, su obra es extensa incluyendo temas de ciencia ficción, novela histórica, poesía y teatro. En relación con su personaje estrella se da la circunstancia de que, en pleno éxito, se encontró agobiado por el personaje y decidió acabar con él, en el relato “El problema final” describe su muerte a manos de su archienemigo, el doctor Moriarty. Fue tal la presión que tuvo que sufrir por parte de los adictos que, después de diez años de aguantar súplicas y amenazas, lo hizo reaparecer en el relato “La casa vacía”.

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Sherlock Holmes protagonista de un cómic

 

 

Sherlock Holmes nació en una revista de finales del siglo XIX pero se trata de un personaje completamente del siglo XX. Son incontables las versiones sobre él, en todos los medios audiovisuales: Cómics, Seriales de Radio y Televisión y por descontado películas. Es un personaje sumamente cinematográfico y, al igual que otros arquetipos literarios comentados en este blog, como Tarzán o Drácula tiene cuerda todavía.

La anguila de Montale

Habla Joseph Brodsky en “La marca del agua” del olor a algas heladas de su infancia a orillas del Báltico, el mismo hogar de la sinuosa sirena del poema de Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981). Y yo busco a la sirena y me encuentro con esta anguila.

La anguila, la sirena
de los mares fríos que deja el Báltico
para alcanzar nuestros mares,
nuestros estuarios, los ríos
que remonta profundamente, bajo corriente adversa,
de ramal en ramal
y luego de cabello en cabello,
siempre más adentro, siempre más hacia el corazón
de la piedra, filtrando
en acequias de fango, hasta que un día
una luz arrojada desde los castaños
enciende su serpenteo en charcos de agua muerta,
en las zanjas que bajan
de los saltos de los Apeninos a la Romaña;
la anguila, antorcha, fusta,
flecha de amor en la tierra
que solo nuestros barrancos o disecados
arroyitos pirenaicos reconducen
a paraísos de fecundación;
el alma verde que busca
vida donde solo
muerde la aridez y la desolación,
la centella que dice
todo comienza cuando todo parece
carbonizarse, rama seca sepultada;
el iris breve, gemelo
del que engastan tus pestañas
y haces brillar intacto en medio de los hijos
del hombre, inmersos en tu fango, ¿puedes tú
no creerla, hermana?

Y yo digo: la creo, Eugenio, la creo.

Ana

Yo habito con frenesí la luna

Leo acerca del silencio en este “Fin de Poema” de Juan Tallón. Dice que conviene tener cuidado, que el silencio es un vicio. “Si por cualquier motivo se acumula demasiado, acaba apoderándose de uno y ya nunca más es posible interrumpirlo”. Y se asoman Pavese y Piznarik y Anne Sexton y Ferrater, todos ellos suicidas, todo esto, en este “Fin de Poema”, en este día, que fue vivo y fue exultante. Habrá que dejar la lectura para otoño.

Ana

El realismo mágico (se escribe con ese de Lusía)

Cuando yo tenía dies años, si me hubieran contado que había un duende, yo nunca lo hubiera creído, en cambio lo he visto. Lucía habla despacio mientras todavía mastica un nosequé de la comida. Papá y yo la escuchamos, sentados a la sobremesa. Éramos cuatro niños: mis dos primos, un amigo de ellos y yo. Cuatro, cuatro niños. Estábamos pastando un cabrito… ¿Cómo se llamaban?, interrumpo yo. Mi primo se llamaba Lorgio, se llamaba Victor, y el otro no me acuerdo qué se llamaba el amigo. Yo: la Lusía, dice con orgullo. Pasa que estábamos jugando. Había una casa (titubea, mastica) sin tejado, abandonada; era una casa derruida y estábamos jugando a las escondidas. Pasa que, entre nosotros, los jugadores, el que tenía que encontrar al escondido… Lucía corta el relato y exclama indignada: ¡nos echaban tierra! Y yo desía: oyes, ¿me has echado tierra tú? Y el otro desía: no, no he sido yo, pero a mí también me han echado. Y a los cuatro nos han echado tierra, pero nos hemos culpado a nosotros y, sin embargo, el duende ya estaba jugando con nosotros pero no nos dábamos cuenta. Cuando estuvimos más a la acampada, a este lado, más en una planisie más grande, de este lado había un horno para haser ladrillo, pero estaba también derruido. Entonses, de la puerta de ese horno de haser ladrillo, nos ha llamado un niño, así, de nuestro mismo tamaño. Llevaba la ropa blanca, hecha girones y con un sombrero. Solamente se le veía de aquí,  muestra Lucía, de las sejas pabajo, pero tenía color en la cara y labios rojos tenía. Era un niño pequeñito, así como nosotros, y sabía nuestros nombres. A mí me muestra una muñeca, de cabellos amarillos, y a mis primos y al otro niño les ha mostrado unos camionsitos, juguetes pa que nosotros vayamos. Pero, cuando quieres ir, te dan ganas de ir hasia allí porque con un imán te atrae, pero algo te sujeta, ¡RAS!, y no puedes moverte. Entonses yo pienso que el ángel de la guarda que tenemos nos sujeta, porque sabe que estamos en peligro. Entonses, mi otro primo, el mayor, dise: ese no es niño, ese es un diablo. Porque se ha dado cuenta, porque llevaba el sombrero así grande. Entonses, el otro, el pequeño, mi primo, le dise: ¡has crus! O sea, la señal de la crus, aclara Lucía. Y el otro no entendía (levanta la voz) ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, desía, y serraba los ojos el muy tonto (se ríe). Yo estoy mirando y desía también: ¡Dios mío!, ¡Dios mío!, cuando el niño a empesado a creser, se ha hecho claro. No estábamos lejos, estaba como a veinte pasos de nosotros, veintisinco, treinta pasos (aumenta) de nosotros, ¿qué le pasa a ese niño? Entonses ha empesado a haserse delgado, angosto el cuerpo, y se ha hecho así, grande, y nosotros seguíamos viéndolo y el otro seguía adelgasando y adelgasando hasta formarse como un hilo y desapareser en el aire. En ese momento hemos gritado, un grito como “cuhéte” (así pronuncia Lucía la palabra cohete), y, ¿sabe qué hemos hecho? (mi padre escucha a Lucía con atención) Entre los cuatro, como estábamos pastando un cabrito, los cuatro hemos cogido la soga del cabrito (explica al borde de la risa) y hemos sacado el hierro que está ahí clavado, todo eso hemos sacado, y hemos corrido hasta la casa, con el cabrito. Y el cabrito, hemos visto que tenía sangrando las rodillas. ¡Es que al cabrito no le hemos dejado que corra!, exclama Lucía saltándole las lágrimas, porque le hemos arrastrado. Yo también río, Lucía continúa: Yo me he metido dentro de la cama, el amigo de mis primos, bajo la cama, mi otro primo, bajo, no, dentro la cama, corrige, y el otro tras la puerta. Llo-ran-do. Gritábamos de tal manera… Mi madre viene, y primero, antes de preguntar, me hase: ¡sas!, ¡sas!, ¡sas!, me pega en la cara. ¿Qué te han hecho?, ¿qué te han hecho? Ella pensó que me había hecho daño alguna persona, como soy niña, podían haberme hecho alguna cosa mala. Lo primero, me pega, y sin preguntar. El niño, extrañado, sale de debajo la cama y le dise a mi mamá: señora, no le pegues a tu hija, que hemos visto un diablo. Entonses, de ahí mis primos salen y le cuentan a mi mamá y mi mamá dise que no puede ser, diablo no hay. Ese día se ha pasado así, desde que me hayan pegado, dice bien rabiosa Lucía, llega mi papá del trabajo a comer, al mediodía, a la casa de mi abuela y yo le cuento a mi papá. Y mi papá le hiso mala cara a mi mamá porque me había pegado. Si le habían hecho alguna cosa, ¿por qué la has pegado?, no entiendo como a tu hija todavía la pegas, mi papá se enojó con mi mamá. Bueno, al día siguiente, con mi papá hemos ido. Era sábado al día siguiente. El día viernes, mi papá tenía que volver a su trabajo, así que mi papá se fue (justifica así Lucía que su padre no investigase el mismo día de los acontecimientos). Pero al día siguiente hemos ido a ver el sitio, donde estábamos jugando con los niños. Donde estábamos parados nosotros estaban nuestras huellas de los sapatos, porque días antes había llovido y el barro estaba húmedo y habíamos dejado nuestras marcas, y mi papá dise: ¿dónde fue, dónde han visto al niño? ¡Allí!, dice con convencimiento Lucía, eso es, con énfasis en el acentito de la “i”. Y hemos ido. La huella de un niño no hemos visto, y la huella, en ves de ser de un niño, era una huella, una pisada, pero de un pollo, de un pollo grandote. Era así, como una estrella, así (papá tose, calladito hasta ahora) como pisa la gallina, así de igualita era. ¿Y por qué, si era un niño?, ¿y por qué estaba la huella de un pie de pollo? Y mi papá resién nos dijo que sí, es verdad, han visto duende, no han visto diablo. Era el duende. Y cuando mi papá se sersioró qué había más pisadas allí donde estaba el poso derruido, en las cuatro esquinas, había habido agua, más o menos de esta altura, señala Lucía. Papá se remueve en su silla, incrédulo. A los cuatro nos metía de cabesa y nos ahogaba, nos mataba, el duende (¡uuuuummmhhh!, digo yo). Y nosostros hubiéramos aparesido allí como duende, también, porque el duende mata pa que le ayuden a seguir hasiendo la maldad. O para tener compañía, bromeo yo. Y papá, tímidamente, emite un suspirillo de risa como un yaseacabó. Eso me pasó, Don Joaquín, finiquita Lucía. Y yo digo: salgamos, que está bonita la tarde. Y salimos. Y nos vamos a la presentación del libro de un buen amigo. Pero esa ya es otra historia. De bombardeo y poca gente. De otro realismo.

Ana (y Lucía)

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Don Joaquín y Lucía