EN RECUERDO DE MIGUEL HERNANDEZ

“La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.”
Así empiezan las famosas “Nanas de la cebolla”, el poema que Miguel Hernández Gilabert compuso para su esposa y su hijo desde la cárcel de Alicante donde moriría de tuberculosis con sólo 31 años.
Miguel Hernández considerado por Dámaso Alonso como el epígono de la Generación del 27 (aunque no era la suya desde el punto de vista histórico) fue el Poeta del Pueblo.
Autodidacta, leía los clásicos mientras cuidaba las cabras del rebaño familiar: Góngora en primer lugar, pero también Lope de Vega, Calderón o Garcilaso eran sus maestros e inspiradores.
Creador de un conjunto de poemas impresionante en poco tiempo y en una época extremadamente convulsa, su obra pervive en los libros publicados en plena Guerra Civil: “Cancionero y Romancero de ausencias”, “Viento del Pueblo” o “El rayo que no cesa” entre otras.

80

Uno de sus poemarios

(Fragmento de ¿Recuerdas aquel cuello…?, 1935)

“Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.
Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.”

Los temas amorosos y los de talante surrealista dieron paso a temas mucho más comprometidos con el pueblo que sufría la contienda en aquellos años. Miguel era la voz de los desheredados no limitándose a coger un lápiz y un papel sino también el fusil.

23

Miguel en el frente

 

31

Miguel con su esposa Josefina Manresa

(Canción última , 1938)

“Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.”

.
En Orihuela se conserva la casa donde vivió con su familia y es un lugar de peregrinación poética. En ella se conservan recuerdos y fotografías familiares. Es una casa típica de Orihuela, de una sola planta con un pequeño huerto en la parte trasera. En ella creció Miguel y es especialmente emotiva la higuera que todavía existe y en la que él se apoyaba y escribía sus primeros poemas.

50

 

 

54

La higuera

 

Serrat versionó en 1972 uno de los más estremecedores poemas de Miguel: “El niño yuntero, 1937”

 

Anuncios

XAVIER GOSE: ILUSTRADOR ENTRE EL “ART NOUVEAU” Y EL “ART DÉCO”

Pasar un rato en la exposición que el Museo d’Art Nacional de Catalunya ha organizado en torno a la obra de Xavier Gosé es como sumergirse en el ambiente mundano de principios de siglo, en los años anteriores a la Gran Guerra. Es como deambular entre la gente guapa que poblaba las ciudades cosmopolitas europeas en aquellos años. Artistas, modelos, alta costura, Gosé nos lleva de la mano y nos enseña como era la vida en los círculos de poder poco antes de quedar truncada por la violencia de las armas.

Xavier Gosé volvió de París para morir en su país. Él, como otros de su entorno, pensaba que el conflicto que se avecinaba no sería ni muy largo ni muy duro. La historia ha demostrado que se equivocaba, pero él no lo pudo constatar. Falleció en Lleida en 1915, en casa de su madre, tenía solo 39 años y nos dejó, con lo que salía de sus manos y de su corazón, un legado magnifico de esta época mítica: fin de siécle. Durante los primeros años del siglo XX, en Europa se vivía como en el siglo anterior y con una explosión artística muy importante. Gosé lo vivió de primera mano y lo plasmó en su obra. Después ya nada sería igual aunque él no lo pudo ver.

Esta es una pequeña muestra de su obra.

gose-2-

 

gose-3-

 

 

 

 

 

 

gose-6-

 

 

gose-4-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Icult Exposicion de la obra de Xavier Gose en el MNAC      LE MANTEAU BLEU

 

gose-7-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

gose -9-

Voltar el món i tornar al Born

Salimos a la calle abrigados hasta las orejas, mi padre, a pasos pequeños, con su bastón decorado de cachemir, sombrero de señor y bufanda a lo boa constrictor, guantes siberianos y sobretodo de lana, parece un clic de playmobil en cuanto a limitación de movimientos; yo, empujando la silla de ruedas y tiritando una inoportuna febrícula. ¡Taxi! Mientras me dirijo al maletero, un joven taxista desciende para ayudarme con la silla. Papi, espera, que ahora te ayudo. Pero papi es impaciente, y no espera, y cuando me doy cuenta ya está a media pirueta y el culo malcolgando en el asiento delantero del vehículo. Yo le empujo un poco el fardo que es todo él hasta que se coloca bien y le abrocho el cinturón y al joven conductor le informo, en tono de travesura: nos vamos de concierto. A Santa María del Mar, por favor. Pues allá vamos, se apunta a la aventura, les dejaré lo más cerca que pueda, en el paseo del Born. ¿De qué casa es este coche?, pregunta mi padre al taxista. Es un Toyota, le contesta el joven. ¿Sabe usted?, continúa mi padre, es que yo ya tengo 95 años y comprarme ahora un coche… Debe haber conducido mucho, se interesa el taxista. Sí, mucho, hasta el año pasado. El joven me busca a través del retrovisor. Desde la parte trasera del coche, le sonrío. No voy a ser yo quien le arruine las memorias a mi padre, al fin y al cabo, somos lo que recordamos y esa es la única verdad que ahora, dentro de este taxi, importa. Y mi padre habla y le cuenta que él era doctor, y sigue siéndolo, corrige el chico. Papá se ríe a lo perro pulgoso ese de los dibujos animados de mi infancia y la hace chipichape con su mano izquierda enguantada y añade: trabajé hasta los ochenta y pocos (y esto no lo sonrío, porque es cierto). En Princesa, él pregunta: ¿no es esta la calle Ferran? No, le corrige el joven, bueno, en realidad sí, apunta seguidamente, es la continuación de Ferran al otro lado de Vía Laietana, se orienta muy bien doctor, acaba por felicitarle. Cuando nos despide, (¿quiere que trate de acercarles más?, no, pasearemos un poco), el taxista le tiende la mano a mi padre, mucho gusto doctor, está usted muy bien, disfrute del concierto. Yo le ofrezco silla o paseo, y papá elige silla. Y el paseo del Born se me hace corto y pequeño como el mismo mundo al mando de esta silla, el sombrerito de señor de mi padre, las luces de las farolas, el empedrado, los callejones que, a sus jóvenes ojos de anciano caminante, se le ofrecen llenos de posibilidades: nena, has vist quin palau?

Haciendo cola frente a Santa María del Mar nos esperan mi hermana y mi cuñado. Cristina pregunta:¿papi, qué tal ha ido el entierro? Pero papá ya no se acuerda, y me mira a mí, en busca de su memoria. Yo le digo que ha ido bien, que mucha gente le ha conocido, ¿ah, sí?, se sorprende él, y moviendo la cabeza dice, no me’n recordo, pero añade: ara només queda l’Estevet. L’Estevet, pienso yo, que apenas unos meses antes le confesara a mi padre que,si en sus manos estuviera, ya firmaba su muerte, porque “ja ho he vist tot, Joaquim, i les coses no són tan maques com eren abans”. Unas japonesas nos piden permiso para hacerse una foto con papá, ¿papá, tú quieres? Y papá dice sí y se deja fotografiar antes de entrar en la basílica. Una vez dentro, conduzco veloz la silla para coger un buen sitio en las primeras bancadas y esperamos cuarenta minutos. ¿Ha dormido la siesta?, pregunta inquieta Cristina. Durante el concierto, mi hermana no deja de echarle el ojo a papá que parece hipnotizado ante ese cardumen de voces y bocas que es el coro y por el que se eleva el Lacrimosa, día de lágrimas aquél en que el pecador resurgirá, ¡oh!, Jesús misericordioso, concédeles el eterno reposo, dona sis réquiem. Amen. Yo me abrazo a mi hermana y las dos nos confortamos el réquiem y el amén.

M’ha agradat molt, nenes, moltes gràcies. Sóc molt feliç. Dice eso y que tiene hambre. No, pipí no tiene. Y con unas tapas nos bebemos un vinito y mi cuñado brinda con un “per molts anys”, y de camino al coche, que está aparcado delante del Set Portes, Cristina conduce la silla y dice, ¡mira, sin manos!, mientras papá ríe y rueda contento las calles pequeñas, y en el trayecto a casa le pedimos que nos cuente cosas, aquel amigo tuyo que atropelló a nosequién y tú ibas de copiloto, ¡ay!, nenes, no me’n recordo. Yo saco mi teléfono y grabo. Titulo la nueva grabación “Papi Cena Réquiem Coche”, a continuación de “Estaba sola en el pipí-can”. Nos despedimos de mi hermana y de mi cuñado que nos dejan delante de casa de papá. Mi casa, dice él a lo E.T, mi casa. Atravesamos una desierta calle Balmes, mi padre con su bastón decorado de cachemir, yo empujando la silla vacía. Nena, vaig tort, dice. Sí, va torcido. Y entonces truena en castellano: ¡era fuerte este vino negro! Cuando abrimos la puerta de casa, Lucía sale a nuestro encuentro. ¿Lo pasaron bien, Don Joaquín? Vaig una mica trompa, se ríe. Y ahí le dejo, con Lucía haciéndole carantoñas y mandándole a ponerse el pijama y con mi beso en la mejilla y un buenas noches, papi, y ya de camino a casa pienso que voy a pilotar esa silla cientos, tal vez miles de veces, y que volveré al Born, y a ese paseo corto y pequeño como el mundo, siempre que le eche de menos, cuando él falte, hasta el día en que mi padre venga a buscarme. Porque me lo prometió.

Eso es lo que pienso. No sé, quizá sea cosa del réquiem.

Ana.

IMG_0761

Esperando el  Réquiem de Mozart en Santa María del Mar

ODALISCA EN GRIS

En el campo de lavanda

“Grisalla: técnica pictórica basada en una pintura monocroma que produce la sensación de ser un relieve escultórico. Fue puesta de moda por diversos pintores en el siglo XIV, quienes la emplearon en bocetos y dibujos preparatorios para lograr un efecto de relieve mediante un claroscuro muy matizado, haciendo diversas gradaciones de un solo color, generalmente gris o amarillo oscuro, buscando un color lo más cercano posible al de la piedra.”

Fue difícil conseguir entradas para ver la exposición de Ingres en el Museo del Prado. Hacer cola en la taquilla, esperar a la hora asignada para entrar a la exposición temporal, más colas… Oh, no, al entrar la gente se amontona delante de las primeras obras, claro, todos hemos entrado juntos. Corro, me adelanto a la turba y poco a poco, como por embrujo la gente se diluye, los cuadros aparecen casi íntimos, sublimes, sólo para mí. Me cuesta concentrarme…

Ver la entrada original 305 palabras más