JOAQUIN SOROLLA: El color del mar

sorolla_01Un día cualquiera del verano de 1905 en la playa del Saler. Ella se llama Paquita y el niño Viçentet. El sol es fuerte esta mañana y la madre, precavida, le tapa el cuerpo al niño con una ropa blanca. En la arena hay una barca que todavía conserva el olor del pescado que, muy temprano, se ha vendido en la Lonja de Valencia. El hijo mayor, Tonet, se está bañando entre las olas y el viento.

Sorolla estaba allí y lo captó todo. Se huele el mar, se nota el viento y el sol parece que me quema aunque no tenga la protección que me presta el lienzo blanco. O si y soy el niño al que su madre mira como hechizada. Se aparta ligeramente, para verme bien.

Crea un espacio entre los dos que se llena de cariño con su mirada.

 

En Caixaforum se puede ver la exposición de Sorolla: El color del mar. Es altamente recomendable. No os la perdáis

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PODA DE DESAYUNO

De nuevo es el escandaloso tubo de escape del autobús quien me despierta; observo como los empleados suben al vehículo de la empresa con signos de inevitable conformidad. Rápidamente echo una ojeada al reloj situado en lo alto de la torre de la iglesia y mi presentimiento se confirma: es ya muy tarde. Con precipitación recojo lo poco que tengo y corro tratando de llegar a tiempo. Cuando alcanzo la fila, el último de los que la formaban está a punto de marchar, con desaliento escucho el roce del cazo en el fondo de la perola al rebañarla. Es el segundo día que me sucede lo mismo, dos mañanas consecutivas sin desayunar. ¡Maldita sea!, el ayuntamiento ha iniciado la poda en la arboleda donde paso las noches y los pájaros cantores que me despertaban temprano se han mudado a otro lugar.     

Enrique  

de losblublu Publicado en Enrique

LA MUJER harta del HOMBRE ENAMORADO … y van tres !

‘ Las interminables noches de verano, tan luminosas y abiertas, cuando nos deslizábamos entre distintos bares y cafés de distintos bares en taxis negros, solos o con otros, cuando la embriaguez no era amenazante ni destructiva, sino una ola que nos elevaba cada vez más alto, empezaron lenta e imperceptiblemente a oscurecerse, como si el cielo se pegara a la tierra, lo ligero y lo efímero tenían cada vez menos margen de maniobra, algo empezó a llenarlo y a mantenerlo aplastado, hasta que la noche por fin se quedó quieta, una pared de oscuridad que descendía por la tarde y se levantaba por la mañana, y de repente resultó imposible imaginarse la ligera noche de verano que se lanzaba de un lado para otro, como un sueño que en vano intentas recuperar al despertarte por la mañana’

‘Un hombre enamorado’ de Karl Ove Knausgard

Me pasa lo mismo a mi contigo que a ti con tu amor, tu vida y tu rutina, mi querido Karl Ove Knausgard…

La ambivalencia forma parte de nosotros mismos y entiendo que me la expliques como haces y, aún ahora, consigues conmoverme. Pero Karl Ove, por Dios!, salte un poco de en medio y déjame ver a Linda y a Geir y a Vanja…

A veces recuerdo que este magno proyecto de más tres mil páginas,  ¡ TRES MIL!, se llama ‘ MI LUCHA’ y me pregunto si tu lucha es tu vida o tu pesadez o las dos cosas. A medida que va transcurriendo se va espesando y aparece tu magma como un espiral que se cierra y espesa. Quizás esta es la cosa…

Me gustó conocer a tu padre, te vi de niño, me quedé muy sola cuando acabé tu libro anterior. Pero ahora, de ‘Hombre enamorado’, a veces, a menudo, eres terriblemente fatuo y no te creo y me aburre llevarte a cuestas todo el verano.

Ya sólo nos quedan ciento cincuenta páginas juntos y, o cambias de rollo, o acabaré tirándote a la basura y no hablaré más de ti, ni mi perra tampoco.

Flush after siesta con tele de fondo

 

El perrito Flush tiene nombre de vaciado de retrete. Flush, bonito, no me chupes la boquita con esa lengua, que vete tú a saber por que traseros la has paseado. Y digo traseros, aunque mi genealogía me grite ancestrosa ella  que use lo escatológico y ponga agujeros negros con seca sustancia en derredor de lo más interesante, al menos interesante para Flush que insiste en sus lametones, quita, quita de aquí. Es que me quiere de una manera muy mala, mi Flush, y me limpia la boca amoroso y lloriquea celoso cuando el que me lo hace es mi señor Marroning en gerundio. Yo me dejo, claro. Limpiarme la boca. Por el señor Marroning en gerundio, quiero decir. A Flush siempre le regaño. Que a mi no me gusta la mierda, le digo y le mando (pero qué valiente es Jennifer López, y qué ligera se restriega la anaconda con el gordo de Jon Voight en su tripa) a  mover la cola a otro sitio. A Flush, se lo digo a Flush que tiene unas costumbres muy malas. Cada vez que mi señor Marroning en gerundio y yo intimamos, se entera todo el barrio. Flush, con sus ojos atónitos color avellana, aúlla lastimero la injusticia. Que se enteren todos, que a él le dejas sorberte los agujeros más sabrosos mientras que a mí me torturas con el dulce olor que desprende ahí donde hay pelo, ahí donde a veces dejas que me asome, eso sí que te gusta, mi hocico húmedo bajo tu falda, no lo niegues, no, desagradecida, ¡¡¡¡¡ auuuuuuuuu!!!!!  ¡¡¡¡¡¡auuuuuuuu!!!!!! En momentos como esos, yo me cago en sus cacas calientes y recién hechitas, ingrato, que se me gira la tripa entera, la textura, ese olor dulzón, el calor en mi mano enguantada en bolsa de supermercado, que la calle entera huele a chorizo perruno, no importa cual sea su consistencia. Adiós Flush. Se acabó Flush. Este es the end, mi friend, de mi ensoñación. Flush, flush. A no ser que venza mi animadversión a las plastas caninas, jamás podré tener un perro (ríete genealogía ancestrosa). Si al menos no cagasen…

Y es que me levanté de la siesta con ganas de perro, eso es todo. La culpa la tiene Virginia Woolf. Ahora perdonen, habrán de disculparme, tengo una urgencia.

¡Flush, flush!

¿Qué les dije?

¿Ancestral?

Ana