VALENTINA Y …GUIDO CREPAX

El 31 de julio de 2003, hoy hace once años, falleció uno de los grandes de la cultura marginal de los años 60-70. Guido Crepax, milanés de 1933.

Creador de la inolvidable “Valentina” uno de los mitos eróticos del comic de aquellos años. Valentina era una heroina completamente diferente de sus contemporaneas como Modesty Blaise o Barbarella, mucho más activas. Sus armas eran la pasividad y la belleza lo cual resultaba contradictorio pero fascinante.

Crepax creo otros personajes significativos, como Blanca o Belinda, pero ninguno llegaría a alcanzar la trascendencia de Valentina.

Su creación fue revolucionaria en el mundo del comic no solo por el caracter de la protagonista sino también por la técnica utilizada, que fue llamada cinematográfica por la incorporación inteligente de flashbacks y primeros planos impactantes.

Valentina estará siempre en el recuerdo de los aficionados a ese arte considerado menor pero que no lo es en absoluto.

 

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La mujer enamorada del hombre enamorado…

‘…y de pronto , como por algo salido de la nada, me llenaba una sensación de felicidad salvaje y exorbitante. Era libre, completamente libre, la vida era fantástica. De tarde en tarde solía venírseme encima ese sentimiento, quizá una vez cada medio año, era intenso, duraba unos minutos, y luego se desvanecía. Lo curioso era que esta vez no desaparecía. Me despertaba y seguía feliz, eso era algo que no me pasaba desde que era pequeño. Me sentaba en la azotea a cantar bajo la pálida luz del sol, cuando escribía no me importaba si estaba mal, había otras y mejores cosas en el mundo que escribir novelas, cuando corría, mi cuerpo era ligero como una pluma, mientras que la conciencia, que normalmente estaba preparada para aguantar y poco más en mis carreras, miraba a su alrededor y disfrutaba del verde y denso follaje, del agua azul de los numerosos canales, de la multitud de gente por todas partes, de los edificios hermosos y menos hermosos. Volvía a casa y después de ducharme comía sopa y pan crugiente…’

Un hombre enamorado’ de Karl Ove Knausgard

 

Y sigo allí…, meciéndome con él, sintiéndome enamorada a través de él, por él y de él.

Ese sentir es tan reconocible y tan poco explicable! , sin que parezca una tontería, un estado alterado de la conciencia, aun que, evidentemente, también lo es. Pero, también, es la esencia de la vida misma, es el redescubrimiento del todo a través de un sentimiento que abre el corazón y  lo expande hasta la punta de los pelos. Y es un estado único que pertenece a uno mismo, al margen del ser amado que lo provoca.

No hay cursilería, ni fantasías, ni esperanzas. Hay lo que hay, puro placer de estar vivo.

El acto de sentarse delante del ordenador y poder escribir y escribir, hasta destilar este texto. La solidez y cercanía que tiene, es lo que lo hace único.

Puedo sentir el sabor de la sopa y masticar su pan. Así de deslumbrada estoy con él, con su escritura.

 

Siete relatos, siete palabras i Guillermo

De nuevo en este mismo lugar. Con la silenciosa agilidad de un leopardo, el péndulo endemoniado regresa una y otra vez. Subido a él paso por el punto en que ya estuve. Así, repito la ceremonia que, ahora, por no resignarme, trato de imaginar diferente. La revisto de payaso, de ángel, de cactus, de pajarera o de espiga de trigo dorado, la engalano de confeti, con un arte de prestidigitador  inagotable, confiando en que ese movimiento letal que ascendió, se convierta en único e irrepetible. Eso, o dejarme caer. Y en esa esperanza sigo, mientras el muelle, implacable, lo hace oscilar con una rapidez cada vez menor a medida que la tensión del fleje se agota. Solo que hoy algo ha cambiado. En mi caminar por Lanzarote, en el recuerdo de Guillermo, piso la lava sólida que atravesamos años atrás. El viento fuerte me empuja a sujetarme, como nos obligaba entonces. Y por un instante se, que esta lava ya nos es la misma lava, ni yo soy ya el que fui. Y que nada se repite.

Enrique

Siete relatos con siete palabras (trigo, jaula, ascendió, pajarera, cactus, leopardo, ángel) y Guillermo

3La jaula no era una pajarera de barrotes finos, espejito y columpio para el canario. No, era una puta jaula redonda de hierro colado, resistente, grande como para encerrar a un leopardo. La encontramos medio enterrada en la arena de aquel desierto que sin duda acabaría con nosotros si no encontrábamos agua pronto. Habíamos acabado las provisiones, sólo nos quedaban las galletas de trigo y frutos secos que nos había dado el tío Guillermo antes de salir para el Rally, todo lo demás había ardido con el coche tras el accidente.
No nos atrevíamos a acercarnos a aquella enorme estructura oscura y siniestra. ¿Qué estaba haciendo allí? Quizás la había abandonado la caravana de un circo, o era el resto de un rodaje. Parecía muy antigua, parecía que hubiera estado siempre. Ni Paul ni yo mismo nos atrevíamos a ir hacia ella, estábamos tan cansados y hacía tanto calor.
Fue el resplandor, al principio creímos que era el sol, un espejismo. Una extraña luz ascendió de la arena hasta posarse en la anilla que llevaba la jaula en lo alto. Pensamos que era una señal, sí, como la estrella de Navidad, como el ángel en el árbol del belén. Eso nos decidió a ir. Caminamos exhaustos, de lejos se veía la puerta abierta. Había algo dentro. Entramos. Así salvamos la vida.
Bebimos y comimos de él hasta que un coche de la organización pudo rescatarnos. Por eso ahora que participamos otra vez llevamos como emblema el dibujo de un cactus.

Carme

2.

Concursos y el ego

Lector enfurecido

Con mayor o menor cadencia, llevo presentándome a concursos literarios desde hace años. Con exactitud, desde el verano del noventa y cinco. Y el último el mes pasado, El folio en blanco, de los hermanos Posadas, Carmen y Gervasio. A excepción de una vez que gané en el concurso de mi pueblo y otra que quedé finalista en otro  que organizaba mi querida escuela de Narrativa (vayan ustedes a saber de quién fue el mérito) me he especializado en la corriente perdedora del sistema. Y eso que me los curro. Da igual que sea libre o cuál sea el tema, como si me dijeran que debo encadenar siete palabras tan absurdas como leopardo, ascendió, jaula, trigo, ángel, pajarera y cactus. Yo me pongo y me lo tomo a conciencia, las ordeno alfabéticamente ángelascendiócactusjaulapajareratrigo, me disfrazo de leopardo y las devoro hasta que deglutidas, ese cuento (porque siempre me presento a concursos cuentistas, si uno va a perder, al menos que sea corto) salga vestido para ganar el concurso en cuestión. Mi orgullo herido, mi vanidad ultrajada, al menos, dejan a salvo mi ego, que sigue convencido de que el cuento, mi cuento, era de premio, y que los concursos no se ganan por la calidad, sino porque uno conoce al alcalde del pueblo, porque le cae bien al director de la escuela, o porque el vencedor o vencedora se acuesta con el presidente o presidenta (póngalo uno en el orden que quiera) del concurso en cuestión (no conjugo en pretérito porque entonces seguro que no se gana el concurso ni en sueños, aunque sí que lo podría conjugar en futuro deseo). Desde mi humilde experiencia, tan solo un consejo, uno solo, por favor, por favor, no leer el cuento ganador. Yo acabo de cometer por enésima vez ese error leyendo el cuento ganador  de mi último intento: ‘La monedad “C V”’ de una tal Begoña Bolaños (espero que el apellido sea cierto y no una plural gracia para esconderlo, aunque lo de la doble “B” y “Ñ” hiede que no veas).

Lo que es incuestionable es que yo, GUILLERMO, acabo de pecar de soberbia de nuevo.

Imagen

Siete relatos con seis palabras y Guillermo

Ana Pujols

Vendrán leopardos de dientes grises y no los verás

Llegarán blandiendo cactus como testículos hirientes

y por sus fauces vomitarán trigo y gritarán: ¿queréis pan?

 

Yo, que no profano mi poza en mi nido vacío

Que ahuyento las horas y mando callarle el grito al último ángel caído

Yo, que en mi boca dejada persigo el rastro de tu beso mordido

Vendran leopardos y tú no estarás, te habrás ido

 

(ascendió desde Barcelona el Prat y buen vueling, a mi no me pareció bonito)

 

No te preocupes si me viste temblar bajo el granizo

Que de esta pajarera mía echo el cerrojo y ahora mismo hallo cobijo

bajo aquella bouganvilla que recién te robo de prestado, ¿has visto?

No te preocupes, amor, son solo leopardos de dientes grises

Y a esos yo, a esos los veo venir yo de largo y los finiquito

 

Ahora cómprate ese dichoso billete y vuelve

 

Ana

 

 

 

 

 

Siete relatos con siete palabras…. y Guillermo. (trigo, jaula, ascendió,angel, pajarera, cactus y leopardo))

De lo que visto y vivido en Madrid es saber que cuando en las noticias dicen “ola de calor” en el centro significa que puedes quemarte los pies con el asfalto.

El calor ascendió hasta la planta de mis pies y se quedó en ella como un decreto ley: porque sí y sin permiso. Ahora ando como un pingüino que se prostituiria por un recambio de pies, en vez de por rocas para su nido. Porque aquí en Madrid también he aprendido que los pingüinos se prostituyen por rocas de nido. Sexo por piedras, yo daría pies por sexo. Ahora mis plantas de los pies se han hinchado, son blancas y acumulan liquido en su interior como los cactus.

Aunque Madrid me haya cambiado los pies por cactus he visto un reloj-pajarera color trigo. Era una jaula bañada en oro y en su base había un reloj. Estaba en un palacio laberíntico donde hay una cripta para los reyes muertos. Pero antes de entrar en ella tienen que esperar 40 años en una sala de al lado. Allí hacia frío y tenían una lampara de araña para las visitas de los vivos. Mármol negro y cantos dorados, letras oro en cada feretro. Todos redondos, iguales. Hechos en serie.

Luego pasamos a una zona donde estaban los infantes. Las tumbas de los infantes custodiadas por estatuas de ángel con cara de Guillermo como yo de altas. Eramos iguales pero ellas llevaban recogidos y túnicas y yo unos shorts y una camiseta estampado pop con puntitos de leopardo.

de losblublu Publicado en Elena

SIETE RELATOS con SIETE PALABRAS y Guillermo : JULIO, CACTUS, PAJARERA, ÁNGEL, LEOPARDO, TRIGO, ASCENDIÓ

EPIFANÍA 

Recuerdo que era a mediados del mes de julio, justo cuando al cactus se le había secado la flor que se había mostrado carnosa y roja, como para comérsela, por unos días.

Y también sé que era a mediados de julio, porque el trigo había adquirido aquel tono entre el oro y la paja y sonaba a maraca pequeña, como la que llevaba mi amigo Ángel siempre que escuchaba música cubana, se la acercaba a la oreja derecha y sonaba a campo de trigo en verano, cuando soplaba el vientecillo de la tarde, aquel que en la región llamaban ‘Marinada’. A mi, siempre me pareció imposible que un lugar tan seco y apartado del mar pudiese recibir ni siquiera un pensamiento que sonara a playa, pero así se llamaba.

Como iba diciendo, era una tarde de verano en un patio, cerca de Calatayud, soplaba el viento y las cigarras habían dejado su carraqueo, como descansando del sol vertical de la mañana. Era como si el bosque entero estuviera echando la siesta.

De pronto se oyó el ronquido de una motosierra y poco después las tórtolas, Gatita y Leopardo, así se llamaban esa parejita de plumíferos, empezaron a agitarse inquietas en su jaula. La pajarera que, en sus buenos tiempos, había albergado a una docena de aves exóticas, regalo de mi abuelo Guillermo a mi abuela Trini, a su vuelta de las Americas, en aquel momento albergaba a ese par de palomas de jaula.

Fue en ese preciso momento, cuando se oyó un gemido procedente de la habitación del segundo piso, la del balcón, la que sólo se abría cuando nos visitaban invitados ilustres. Yo nunca conocí a ninguno, así que nunca la vi, pero me habían contado de ella. Sabía que las paredes estaban forradas de seda roja y que tenía una enorme cama con dosel. También, me contaron que había dormido allí el barón de Matafallida, amigo del rey Alfonso XII, y que en esa misma alcoba, decían, habían tenido lugar algunos encuentros que hicieron que cambiara el rumbo del país, no sé deciros hacia adonde.

El caso es que después del primer gemido, vinieron los demás, como en cascada y en orden ascendente. Hasta que el patio se llenó de una tórrida algarabía que hizo que se despertasen incluso las ranas.

Fue como si un enorme fuego sonoro me quemara por dentro. Pasaron unos minutos, que no lo parecieron, ya que el tiempo parecía haberse parado . Y allí todos estábamos pensando en lo de ‘cada oveja con su pareja’ , pero es que no habían ni ovejas, ni parejas, porque en el patio éramos tres : Rosa, la del pan, su abuela Rosario y yo, que, en aquel momento, no sabía muy bien quien era, porque era puro fuego, puro deseo animal, de ese que se encarama por la pernera y parece que te va a hacer explotar si no encuentras alivio inmediato.

En eso, con gran estruendo, se abrió el balcón y vi cómo ascendió a los cielos la viva imagen de Raquel Welch envuelta en una fina capa de tules blancos que resaltaban sus formas y sugerían tersuras.

Ella subió y subió hasta que ya no pude ver más que la luz del sol, que, por suerte, a esa hora de la tarde, no llegó a quemarme la retina, pero sí a dejarme deslumbrado por unos días. No pude constatar la aparición, ya que Rosa y su abuela no quisieron hablar y se mostraron más preocupadas por mi y mi ceguera repentina que asombradas por lo que acababa de suceder. Intenté comentarlo con las tórtolas, pero ni caso.

Desde entonces, todos los meses de julio, entre el trece y el dieciocho, me planto, cada tarde, en el centro del patio a mirar el cielo, pero ella ya no ha vuelto. El párroco, al que consulté entonces, me sugirió que pudiera tratarse de una aparición de la Virgen del Carmen, si la fecha hubiese sido exactamente el dieciséis de julio…, pero yo no puedo asegurarlo. Por eso hago guardia, durante cinco tardes, cada año, por si se le ocurre volver. Por que me encuentre allí, dispuesto a lo que necesite.

SIETE RELATOS CON SIETE PALABRAS Y …GUILLERMO

Billy se puso el tanga de imitación de piel de leopardo que formaba parte de su uniforme de trabajo. Se lo ajustó para que el paquete quedara bien recogido, que no marcara ni mucho, para no ser pretencioso, ni poco para no ir de discreto, solo lo justo. Encima se puso los pantalones de lino, ToniMirólaarrugaesbella, de color dorado, un color que recordaba el del trigo a punto de ser segado. Una camisa sin mangas azul cielo y los mocasines Sebago. Gomina en cantidad para dominar los rizos rebeldes y colonia Flor de Cactus número 5 for Men que le había traído su amigo Henry de NY. En la bolsa llevaba una gorra de policía por si era necesaria.
Media hora más tarde ya estaba en el interior del “!Hosanna, Hosanna! filio David” preparándose para su actuación. En el exterior se estaba formando una cola importante de mujeres, la mayoría de edad indeterminada.
Para entrar en calor, le gustaba acercarse a la pasarela antes de que se abrieran las puertas. Ese día había una novedad. Una jaula enorme colgaba de una polea en el techo mediante una gruesa cadena. El director de escena le explico que se trataba de una prueba. El “boy” en la jaula empezaba su actuación bailando dentro de manera que quedara fuera del alcance de las manos ansiosas que habitualmente le asediaban. Billy quiso probar la sensación de estar dentro de un lugar así y entró en la jaula. Una vez dentro le pareció enorme, podría haber sido una pajarera para un pterodáctilo. El director apretó un botón en el mando a distancia que llevaba en la mano y la jaula ascendió lentamente con Billy dentro. Él tuvo la misma sensación de cuando representaba el papel del ángel San Miguel en “els pastorets” de la parroquia de San Judas Tadeo, en aquella época todavía se le conocía como Guillermo.
Cuando llegó la hora de abrir las puertas, Billy ya estaba en la jaula bailando al ritmo de Gorillaz. La masa enfervorizada enseguida entró en calor y le gritaba de todo. Se fue quitando la ropa al compás de la música como siempre y cuando se quedó solo con el tanga el calor de la sala había llegado al máximo. Una de las admiradoras mas exaltada, se subió a la pasarela y se agarró al borde de la jaula cuando empezaba a subir.
Poco a poco fue subiendo el artefacto con Billy dentro en taparrabos de leopardo y la admiradora colgada del borde y cada vez más altos, hasta que la polea no aguantó tanto peso y todo el conjunto cayó sobre la pasarela rebotando hasta una de las mesas cercanas. Como consecuencia del accidente, la mujer resultó con fractura múltiple de tibia y peroné. Una de las espectadoras tuvo que ser ingresada con conmoción cerebral y otra llevó un collarín hasta Navidad. Billy, solo presentó magulladuras generales y un susto de muerte.
Al día siguiente le pidió a su cuñado que le readmitiera en la ferretería donde había trabajado años atrás y volvió a llamarse Guillermo.

 

Albert

POST-ARTE ( Josep Tapiró en el MNAC)

Las mejores cosas en la vida pasan “después de” (aunque seguramente las peores también)

Después de disfrutar de una exposición de pintura siempre salgo como borracha, con sensación de haberme excedido un poco con su néctar delicioso, con la conciencia y la percepción de la realidad modificadas.
Debería de estar prohibido pasarse viendo cuadros, ver muchos juntos hace que sea imposible aprehenderlos, pasearse por ellos. Tendrían que medirle a uno el nivel de pictorémia al acabar.
El otro día saliendo del MNAC, de la expo de Josep Tapiró, aún con la pegatina de colores que te colocan al entrar puesta en la camiseta, bajé las escaleras de paso obligado hacia plaza España tambaleándome un poco. No fui yo sola, a mucha gente le pasó igual. Entre todos contribuimos en el proceso alquímico de convertir una farola en magia, en arte después del arte. Pura inspiración.

la foto (1)