Un ruiseñor se cuela en el Margarita Blue

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Fue así, como lo cuento. Debían ser alrededor de las doce, aunque no puedo precisar, pero sobre esa hora, porque Albert junto a mí no paraba de mirar el reloj para no perder el último metro. Habíamos acabado de cenar y Teresa había acercado unas copas de un delicioso licor. Íbamos por la tercera cuando el mago nos hizo el juego de la araña que se mueve. Al final del número, todos gritamos asustados. Luego me dijo que cerrara los ojos que iba a comenzar otro juego. Lo hice. Entonces recordé que por la mañana había estado viendo la película “Matar a un ruiseñor”. Me había impresionado la escena del resultado final del juicio, cuando el negro “Tom Robinson”, acusado injustamente de matar una mujer blanca en el condado “Monroeville”, en el profundo sur americano del estado de Alabama, es condenado a muerte. Y cómo, los vecinos de color que han acudido permanecen en silencio, esperando a que el abogado “Aticus Finch”, que interpreta “Gregory Peck”, abandone la sala, en señal de respeto a ese hombre justo.

Y de pronto supe cual era el verdadero motivo de que me encontrara cenando con mis amigos. En realidad, mi intención había sido la de entrar en la sala donde se celebraba el juicio de “Tom”, al otro lado de la calle.Me tenía preocupado ese juicio, tenía interés en saber cómo se desarrollaba, porque el estado de “Alabama” estaba levantado en gritos contra las proclamas  de “Lincoln” y lo que ellos llamaban su maldita igualdad de derechos. Pero no había sitio, así que, mientras esperaba el resultado, había entrado al Margarita a tomar unas copas. Daba vueltas a todo eso en mi cabeza, cuando de golpe se abrió la puerta y una veintena de granjeros comenzaron a entrar en el local, todos alababan al jurado y hablaban de la condena de “Tom”. En medio de ellos iba “John Tres Vías”, un hombre alto delgado como una caña, con un genio del demonio, uno de los alguaciles del juez “Thomson”. Al parecer había acabado el juicio y el tal “John” traía alguna novedad. Se acercó a la mesa donde estábamos nosotros. Todos le miramos sorprendidos. El resto de los que habían entrado y los clientes que estaban en el local, se acercaron y se agolparon alrededor nuestro.

– Cuando salí – comenzó a decir “John” – después de recoger los papeles del juicio. Me di cuenta de que todos los negros estaban aún allí ¡Que me lleven los demonios si no digo la verdad!

Yo sabía a qué se refería, hablaba de ese momento en el que se quedaron todos los de los pasillos de arriba, esperando que el abogado del negro “Tom” abandonara la sala.

–  ¿Y dices que no se habían ido? – preguntó “Adam”, un pelirrojo pecoso que se había subido a una silla para poder escuchar.

– Si así fue – dijo “John” – esos malditos estaban aún allí, como si no tuvieran bastante.

– Teníamos que haberlos sacado a patadas – afirmó “Adam” levantando los puños.

– Eso mismo pienso yo – dijeron otros.

– Vi cómo el abogado se dirigía a la salida – continuó “John” – miré a los bancos de abajo, que estaban vacíos, y después levanté la vista hacia los corredores de arriba y los vi. Ni uno de esos negros se había movido. Allí estaban todos, de pie, esperando, con sus caras desaliñadas, como bestias que quisieran dar compasión, con ese aire de sorpresa, como animales vencidos. Escupí en el suelo. ¡Maldita sea! No tenían perdón. No mostraban ni pizca de vergüenza en sus rostros, Parecía que trataran de ocultar su propia culpa, sin un ápice de arrepentimiento. Cualquier que no los conociera, que no supiera como son, hubiera estado tentado de darles la mano. Luego, cuando “Aticus” abandonaron la sala, fueron bajando en silencio.

– ¡Mientras quede uno solo de ellos, no estaremos seguros ninguno de nosotros! – gritó “Jonathan” un granjero malcarado.

– ¡Teníamos que haber esperado a esos malditos! Así hubieran aprendido – gritó otro del grupo.

Entonces el mago quitó la mano de mi cara. Carmen estaba diciendo algo sobre un OKI con ojos de nácar y se dispuso a darnos un obsequio. Me encontré en mi mano, un pez de cera sólida y suave. Teresa invitó a una ronda

– Venga, paga la casa – dijo.

Todos bebimos. Todos menos “John” que ya no estaba allí, ni el mago que se había acercado a otra mesa, ni lo vecinos de Alabama. Sólo nosotros, Carmen, Ana, Albert, Elena, Teresa y Yo.  Luego, Albert dijo que llegaba tarde al metro y todos nos fuimos. Al salir miré el edificio de enfrente. Todo estaba cerrado. Me fui feliz pensando que “Monroville” era de otra cosa, otra época que había quedado atrás. Y comencé a caminar, contento por tener esos amigos.

 

Enrique

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