MI RINCON

Imagen

Las había visto llegar a cientos, a media noche, en la oscuridad de cada año allá en playas lejanas, hasta completar su ciclo vital. Me pregunto si seré como ellas, una más con mi caparazón a cuestas. Estoy de nuevo aquí, con mi instinto infantil renaciendo una y otra vez, después de que mi ciclo se hubiera interrumpido por un tiempo. La distancia me había obligado a recalar en otros lugares, a posar la vista en otros paisajes. Este con el que me voy encontrando, ¿Habrá cambiado? ¿Seguirán las olas golpeando las barcas amarradas en las boyas? ¿Erosionando las rocas? ¿Tiznando de blanca espuma el paisaje de pinos y crestas rocosas? ¿Lamiendo la arena de la pequeña y entrañables playas? Insistente, mi caparazón me obliga a continuar. Los recuerdos se apilan bajo él. Ahí se almacenan los minutos pasados junto al mar, las horas sentado frente a la playa, escuchando como las olas acunaban las barcas en la tranquilidad de la noche. Los recorridos en barca, las mañanas junto a los amigos a la orilla del mar y el baño en los calurosos días estivales.  

El desvío hacia el faro señala el inicio de la sinuosa carretera que me obliga a aminorar la velocidad. El mar se descubre entre pinos, a merced de las curvas que se suceden de manera regular. Tras el indicativo que anuncia la entrada a la población, nada más pasar la curva, el pequeño muro separa la carreta de las primeras casas. Los últimos revuelos anticipan el final que obliga a decidir si dirigirse a la derecha, a la playa, o enfilar el camino de la izquierda, que se desvía por el interior. En ese punto detengo el vehículo. Aparco y camino hasta el paseo junto al mar. Los parasoles llenan la arena. Los turistas toman el sol. Hoy los niños se divierten con las olas que braman contra la orilla. La bandera amarilla indica precaución. Lo veo cambiado. Ligeramente cambiado. Pero ¿Quién no ha cambiado? ¿No he  cambiado yo mismo? ¿No han cambiado muchos de los que entonces compartíamos las cartas, los juegos en la terraza aprovechando el silencio de la noche, o las copas compañeras hasta el amanecer?  

Llego a casa. Por la ventana entra un sol resplandeciente. Destacados en el horizonte, los pinos se elevan majestuosos, con sus troncos torcidos y solitarios que se abrazan en las copas. Centinelas del paisaje, de las olas, del mar oscurecido de azul. Por fin estoy aquí después de tantos años. Regreso a la guarida, a mi rincón, a mi refugio infantil. Entro en la cocina. Preparo un poco de café. Desde este lado de la casa la visión es diferente. Tras las onduladas láminas de vidrio, que completan las cuadriculadas hojas de las puertas del balcón, el pueblo queda a mis pies. Las calles perfilan un dibujo rotulado entre paredes blancas y tejas rosadas, por el que pequeñas figuras caminan sin prisa. Es la hora de la playa. El sonido de la cafetera alcanza mis oídos. Apago el fuego, vierto un poco de café en la taza y busco entre los libros. Salgo a la terraza. Sentado en la hamaca, releo las páginas en las que se mencionan numerosos detalles sobre este lugar. Me apetece descansar mientras disfruto de los recuerdos vividos. De las cosas que ya no cambiarán. Hoy es mi primer día después de tantos años. Esta noche las horas pasarán sin darme cuenta, se hará tarde y acabaré de madrugada, jugando y tomando copas en compañía de los viejos amigos.

 

Enrique

Anuncios
de losblublu Publicado en Enrique

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s