Las 2caras

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Los Srs. músculos de la cara de Elena se pusieron en huelga un día de repente. Así, un día dijeron, estamos en huelga como si fuera posible para ellos no moverse. Pues eso, no se movieron nada de nada, la cara de Elena se quedo poco a poco estancada en una expresión dudosa. Hasta que se miró mas adentro, y vio que dos caras luchaban por salir.

A veces los músculos dejan que salga una a veces otra, pero Elena es Elena siempre.

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LA MASACRE DEL ZOO DE FRANKFURT

 

No era la primera vez que pasaba. Alguien, aprovechando la oscuridad de la noche, entraba en el espacio en donde dormían los flamencos tranquilamente apoyados sobre una pata y decapitaba a unos cuantos dejando sus restos esparcidos por la jaula. No podía ser, se plantearon los responsables del área de aves africanas, se tenían que poner cámaras de vigilancia para apresar al desaprensivo, incluso guardias de seguridad camuflados, cualquier cosa.

Este sábado pasado, según La Vanguardia de hoy, la trampa funcionó. Ante los ojos atónitos de los vigilantes un zorro (o zorra, no especifican) entró taimadamente en la jaula y se zampó seis de un golpe. Era ella (o él), se ve que en aquellas latitudes es normal que  vivan por allí.

La noticia es preocupante, pero yo me pregunto: ¿Qué va a pasar con la zorra? ¿Qué le van hacer? ¿Matarla? ¿Castigarla por hacer de cánido? Pobre, y ella que sabe, que culpa tiene de haber descubierto una colonia de suculentos Phoenicopteros cerca de su casa cuando deberían de estar en Tanzania. Pobre, quizás la encierren en una jaula  enfrente de la de los flamencos para que sufra cada vez que los vea y piense: ¡Con lo ricos que estaban! Estoy por escribirles y preguntar por ella.

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NÉMESIS de Jo Nesbo

NÉMESIS de Jo Nesbo

Una novela negra nórdica no es una novedad. Aficionado a la literatura negra en general y en particular amirador de Mankell, de Asa Larsson y especialmente de sus personajes, me lancé hace poco a la aventura de un nuevo autor, este Jo Nesbo, más joven que Mankell y un poco mas viejo que Larsson (Asa no Stieg). Empecé con el primer libro de la trilogía de Oslo “Petirrojo”, he continuado con esta “Némesis” de la mano del protagonista, el poli Harry Hole (muy bien dibujado) y ahora estoy impaciente por leer la tercera “La estrella del diablo”.
Son apasionantes y adictivas y con una profundidad inusual en el género negro.

Una cita a voleo podría ser esta:

“-Albert Camus decía que freitod, el sucidio, es el único problema realmente grave de la filosofía-dijo Aune levantando la nariz hacia el cielo gris de Bogstadveinen-. Porque la decisión sobre si la vida vale la pena vivirla o no, es la respuesta a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones o si la mente nueve o diez categorías, es secundario”

Francamente recomendable esta “trilogía de Oslo”

El libro que nunca acabé

Ni tan siquiera puedo decir que lo dejara a medias, en realidad no pude pasar de las primeras páginas. No fue por aburrimiento, ni por no gustarme el tema, ni por estar mal escrito, sino por todo lo contrario. Nada más entrar en él me extasié, me distraje en una frase y luego en otra, y esas frases me llevaron a un sitio tan conocido y  tan profundo de mí que tuve miedo a seguir. Sí, fue por eso, por puro miedo.

Lo empecé hace veinte años y lo retomé ayer. No fue casual, acababa de llegar de Tívoli y de visitar la Villa Adriana, el libro vino a mis manos como vienen a recibirte los cachorros cuando llegas a casa, corriendo y con alegría por volverte a ver. Puedo decir que saltó a mí.

Hoy me ha vuelto a suceder, esta vez ha sido en la página trece, con una reflexión que me ha puesto la carne como se les pone a las gallinas.

“Comer un fruto significa hacer entrar en nuestro Ser un objeto viviente, extraño nutrido y favorecido como nosotros por la tierra; significa consumar un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente a las cosas. Jamás mordí la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de que ese amasijo pesado y grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso en valentía. ¡Ah! ¡Por qué mi espíritu, aún en sus mejores días, sólo posee una parte de los poderes asimiladores de un cuerpo!”

Marguerite Yourcenar.” Memorias de Adriano”

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Los pollos de Pedro Zarraluki son Margarit@s (si mi memoria es amable conmigo)

ImagenEl miércoles me encontré con Pedro Zarraluki en el jardín romántico del Ateneu (porque el jardín del Ateneu no se entiende sin su adjetivo). Estaba contento. Y es que acaban de publicar su libro de cuentos “Te espero dentro”, el que había comenzado a escribir cuando fue profesor mío de Cuento II. Mira, hoy sale mi entrevista en el periódico, me mostró el diario con una de esas sonrisas suyas de inútil descifrado y que abarcan esa amplia escala que va desde la timidez más infantil a la socarronería más encubierta y que él remata, además, con una desconcertante risa sincopada y respirada para adentro (Teresa Margarit@ dice que comparto eneagrama con Pedro, ahora no recuerdo cuál) Hablamos un poco, debía llamar al orden a sus pollos, eso dijo (en realidad no sé si fue exactamente ese el término que utilizó para hablar de sus alumnos -un conocido mío acaba de inaugurar una tienda de pollos y quizá confundo las ideas-, pero vaya, que en líneas generales venía a decir que debía ejercer de mamá gallina o perro ovejero o de PepitoPalotes con sus palotes). Me preguntó si todavía nos reuníamos. Nosotros, los Margarit@s (a excepción de Enrique Margarit@ que tiene palabras para un largo recorrido y se nos fue a novela), también fuimos sus pollos años atrás. Le dije que seguíamos reuniéndonos todos los martes en el Margarita Blue. Pude resumirle esos cinco años en pocas líneas, de la misma forma que lo había hecho con Teresa Martín Taffarel, este mismo martes: durante los dos primeros años escribimos mucho y nos criticamos mucho, luego, cuando ya no teníamos nada más que decir de la escritura del otro, cuando ya nos habíamos aceptado los vicios y no importaba que Mengano pecara de esto o Zutana de lo otro, nos hicimos amigos.

Pude resumirle, pero no lo hice, con Pedro hay cierta periodicidad de encuentros casuales y no lo creí necesario, aunque si mi memoria fuera más amable conmigo le hubiera recitado “Amistad a lo largo” de Gil de Biedma, que para eso una es puta (poética) y lo de recitar debería ser lo  mío, sin embargo únicamente recordaba el “pero callad, quiero deciros algo” y no era cuestión de hacerle callar la alegría al “Zarra” para luego no decir nada. Ahora, releyéndolo, me doy cuenta de lo interiorizado que está en mi vida (sí, niños y niñas, subrayar a lápiz sirve de algo) y que el breviario que le hice de nuestros cinco años margariteros a Teresa Martín Taffarel era “Amistad a lo largo” en versión Mengano-Zutana…

Pero me he dejado a Pedro en el jardín romántico del Ateneu. No importa, sé que nos volveremos a encontrar. Después de los rigurosos besos, ahí le dejé, en busca de sus pollos (¿eran pollos?), mientras yo pensaba si no hubiera sido mejor que los esperara dentro, con su periódico doblado bajo el sobaco, caminando con esa parsimonia elegantona que poco tiene que ver con mamá gallina o con perrito ovejero; no sé si con Pepito de los Palotes. Quizá mi eneagrama me dé alguna pista; eso sí, cuando recuerde cuál era.

AMISTAD A LO LARGO

Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.
Mirad: somos nosotros.

Un destino condujo diestramente
las horas, y brotó la compañía.
Llegaban las noches. Al amor de ellas
nosotros encendíamos palabras,
las palabras que luego abandonamos
para subir a más
empezamos a ser los compañeros
que se conocen
por encima de la voz o de la seña.

Ahora sí. Pueden alzarse
las gentiles palabras
-esas que ya no dicen cosas-,
flotar ligeramente sobre el aire;
porque estamos nosotros enzarzados
en mundo, sarmentosos
de historia acumulada,
y está la compañía que formamos plena,
frondosa de presencias.
Detrás de cada uno
vela su casa, el campo, la distancia.

Pero callad.
Quiero deciros algo.
Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.
A veces, al hablar, alguno olvida
su brazo sobre el mío,
y yo aunque esté callado doy las gracias,
porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.
Quiero deciros cómo todos trajimos
nuestras vidas aquí, para contarlas.
Largamente, los unos a los otros
en el rincón hablamos, ¡tantos meses!
que no sabemos bien, y en el recuerdo
el júbilo es igual a la tristeza.
Para nosotros el dolor es tierno.

¡Ay, el tiempo! Ya todo se comprende.

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La tumba de Virgilio

Mantua me genuit, Calabria rapuere, tenet nunc
Parthenope: cecini pascua, rura, duces.

‘Mantua me dio la vida, Calabria me la arrebató. Ahora me posee
Parténope; canté a los prados, los campos, los héroes’.

No se puede ser más conciso y, al mismo tiempo, más preciso. En 12 palabras está toda la vida de Virgilio. Nació en Mantua en el 70 a.C. murió en Calabria en el 19 a.C. y su cuerpo reposa en Nápoles, la antigua Parténope. La leyenda dice que él mismo escribió su epitafio. Su obra está resumida en las tres últimas palabras: trata sobre prados, sobre campos y sobre héroes. Su tumba está en una ladera impresionante y desde allí se puede ver el mar y también el Vesubio.

Nabokov entre apóstrofes

Descubro afinidades al visionar la bizarre entrevista al gran Vladimir Nabokov que Bernard Pivot le hizo para su programa Apostrophes allá por los setenta. Y digo extraña y en francés pronunciado con “egue”, por no decir, menuda tomadura de pelo con signo de exclamación que me provocaron los primeros veinte minutos de entrevista (y digo entrevista por no decir soliloquio leído y recitado con mucha gracia, qué gran orador y qué gran cazador de mariposas, el tipo). Extraño ver a uno grande refugiado tras sus notas, sí, qué grande Nabokov, qué limpia su oratoria, si pareciese que fuera extraída de alguna de sus trabajadas novelas… Mas el engaño dura poco y se desvela cuando el propio autor confiesa, en ese recorrido por su biografía, el momento exacto en el que descubre el horror que le produce hablar en público y así es como revela sus triquiñuelas para conferenciar ante una magistral chuleta sin que se note demasiado y que son las mismas que emplea ahora ante unos carcajeantes Pivot, un crítico de orejas aladas pseudo-sarkozy y un público que recién descubrimos al abrir el cámara un poco más su ángulo. “No me equivocaba nunca, y el público recibía el producto puro de mi saber aunque el estudiante despierto pronto se daba cuenta de que los ojos del profesor subían y bajaban al ritmo de su respiración. La gran ventaja era que la persona que no había entendido algo, podía recibir de mis manos el papel aún caliente…”

Descubro afinidades, decía, con el genio, porque genial siempre será Nabokov. Afín a ese horror a la desnudez que produce el pensamiento volátil y no escrito, a ese 23 de abril para asomarnos a nuestras vidas. Lástima que sólo sean eso, afinidades, y que el genio ya esté muerto.

Nos dejó en 1977, por lo que descarto con profundo desánimo su reencarnación en mi persona, aunque sé que desde entonces las mariposas son más felices en su efímera existencia.

Verde Agua, un color

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Literatura fragmentaria la de Marisa Madieri en Verde Agua (un clásico contemporáneo, séptima edición leo). Esta mañana los copos de avena me los desayuno con la compota de manzana del Bio Center que no me pude tomar ayer. ¿No lleva azúcar, verdad?, le pregunté al italiano de acento arrastrado mientras me la entregaba en una bolsa de plástico, te encontré una, me sonrió el mago del birlibirloque, atento, riente, el italiano: no lleva azúcar. Azúcar lleva el libro de la Madieri, pensé, recién llorada a escondidas, mis ojos gachos hacia el menú completo, crema de verduras, buffet de ensaladas y mijo con algas y verduras (la compota para llevar). Azúcar esa frase culpable de tan repentina tristeza la mía, “la niña que partió de Fiume llegó a Trieste ya adolescente”.  Me despedí del atento italiano y al guapo cajero le di mis diez euros veinte. Él me reconoció: la chica de los ojos bonitos. Y quiso saber de qué color eran, aunque yo no se lo dije.

Ana

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VERDE AGUA

VERDE AGUA

“Junto a una ventana, yo hojeo estas páginas, que de improviso, pequeñas gotas en el océano de lo vivido, me parecen pobres e inadecuadas hasta para transcribir ni siquiera este momento de serenidad.
Fuera, la noche clara, rebosante de estrellas, guarda rostros y palabras que no sabré decir jamás.” p.184

No tenía razón Marisa Madieri, sus palabras no son pobres ni tampoco inadecuadas, al contrario.  Con sus palabras ves el transcurrir del tiempo sin escuchar el reloj y sin pasar las hojas del calendario. Ves el dolor del exilio y su aceptación silenciosa, sin quejas. Ves las personas, sus rostros, sus almas y las comprendes. Y por debajo, como si fuera el suelo, el soporte de todo, el mar.